ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

A las once y media de la mañana ya estaba en la cocina de su departamento, preparando un desayuno americano con los panificados favoritos de su hijo.

Dan había dormido casi un día completo, así que esperaba que se levantase con hambre y menos resaca del cambio de horario.

De niño se aclimataba muy rápido a los cambios, ahora era un hombre que había atravesado una gran tormenta en su vida y él sentía que por primera vez podía ser el padre que quería ser y Dan necesitaba.

No había nada que se recriminara, pero le hubiera gustado poder estar a su lado cuando el dolor lo golpeó de la peor manera.

Él sabía lo que era perder un hermano de forma tan horrible y el costo que había acarreado en toda su familia, una desgracia para todos, sus padres, sus hermanas y para él mismo; una tragedia de la que nunca se recuperaron.

Se sacó esas ideas de la cabeza y a lo lejos escuchó el agua de la ducha en el baño secundario. Preparó la mesa para dos y terminó de filtrar el café para que estuviera fresco y a punto cuando llegara.

Dan entró a la cocina, descalzo, con una toalla en la cintura y otra colgando del cuello.

—Buongiorno, figliolo. ¿Descansaste?

—Mucho. Muchas gracias —Dan sacó la toalla de su cuello y miró hacia las hornallas— Oye, eso huele muy bien.

—O estás famélico. Hay que alimentar ese cuerpo de Adonis.

—¿De quién? —Paolo se rio mientras le servía una porción de huevos revueltos y panceta.

Descubrió una canasta con diversos roles de canela y limón, biscotti y cruasanes.

Luego fue hasta la mesada y volvió con la cafetera para servirle una taza de café bien caliente. Se sirvió también y se sentó a su lado.

—Hay leche y mantequilla allí…

—Un servicio de primera —Comió dos bocados de huevos y rompió un cruasán para untarla con mantequilla y dulce. Gimió de placer.

—Me alegro de que te guste.

—De todas las cosas que me gustan de viajar, los desayunos son de mis favoritos.

—¿Sabes dónde sirven los mejores desayunos, según mi experiencia?

—Mnoupmmm —respondió, con la boca llena.

—En los cruceros.

—Ah… —dijo, desentendido— Deberíamos probarlo alguna vez.

—¿Te gustaría?

—¿Por qué no? Nunca lo hicimos… y podría ser divert…

No lo dejó terminar.

—Si estás dispuesto, creo que podríamos hacer algo así de divertido.

—¿Así cómo?

—Pues… podríamos tomar un crucero corto, de Roma a Nápoles, y de ahí ir en automóvil hasta Positano.

—Bueno… yo… ¿No es complicado?

—¿Para mí? Dalo por hecho—Paolo hizo un gesto con la mano como para que se despreocupara, que él se encargaba de todo.

Se sintió culpable porque sabía que lo de Dan no era indiferencia, sino la costumbre de acomodarse a los deseos de los demás.

Tenía que decirle la verdad. Bebió su café caliente con gesto ausente.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí… es solo que… hay algo que necesito contarte.

—¿Qué pasó?

—Surgió algo con Gabriel… —Dan dejó caer la mano y el tenedor sobre la mesa. Paolo bajó la mirada.

—¿Cancelas tus vacaciones por culpa de Gabriel?

—No, no las cancelo. Pero… vamos a tener que reordenarlas.

Le pareció que Dan estaba haciendo su propia matemática y le dio tiempo, hasta que levantó de nuevo la mano, y el tenedor, y volvió a comer hasta terminar todo lo que había en el plato.

Después puso su taza sobre el plato, abrió un cruasán, lo untó con mantequilla y luego lo sumergió en la taza hasta que el café se desbordó; abrió la boca grande y prácticamente lo engulló entero. Con la boca llena, le habló:

—¿Entonces?

—Necesito subir con Gabriel a un crucero que parte hoy, para que le hagan una entrevista y limpie su buen nombre…

cosas del espectáculo que no tienes por qué saber.

Ya tengo los pasajes para los dos, y si todo sale bien, podemos hacer como te dije, de la última parada ir en automóvil a la Villa en Positano.

No voy a tener que trabajar todo el tiempo, hay muchas cosas que podemos hacer en la travesía.

Los cruceros en Europa son sumamente originales y divertidos.

Te aseguro que será un viaje inolvidable.

Dan respiró una vez, profundo, se encogió de hombros y sonrió.

—Si es lo que tienes que hacer…

—Pero… ¿Vendrás conmigo? —Dan asintió, Paolo estiró la mano para apretar su brazo en señal de agradecimiento, cuando en realidad quería estrecharlo en un abrazo— Gracias, hijo.

—¿A qué hora embarcamos?