Capítulo 2
A las diez de la mañana estaba entrando en el departamento de Gabriel.
El ama de llaves lo esperaba con una gran parte del trabajo hecho.
Ropa limpia, equipaje abierto, vestidor dispuesto.
Lorena, su gran asistente de oficina, además de conseguirle los camarotes, obtuvo la bitácora de actividades que le sirvió de orientación para saber qué tipo de ropa necesitaría.
Tuxedo, por supuesto, uno blanco y uno negro, tres trajes, una docena de corbatas, una docena de camisas, pantalones de jean y de lino, bermudas y shorts de baño, camisetas de manga larga y manga corta, chaquetas, chalecos, relojes, cadenas. ¡Ah! Y su disfraz de jeque árabe.
Hizo rápidamente todo en el vestidor que estaba separado de la habitación.
En una hora tenía tres maletas listas y un bolso deportivo con algo adicional que seguramente le quedaría a su hijo, porque estaba seguro de dos cosas: que tendría al menos un problema con Dan para convencerlo de subirse al crucero con ellos y desde ya descartaba llevarlo de compras para el viaje.
Ya estaba rezando a la Madre María Maggiore para que no detonara su temperamento y en vez del barco siguiera de largo al primer avión a Canadá.
Entró a la habitación de Gabriel y descorrió la cortina más alejada de la cama, para que la luz entrase gentilmente.
—Buenos días… —le dijo, acercándose a los pies de la cama.
—¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí?
—Tenemos una situación…
—¡Oh, por Dios, Paolo! ¡Dame un respiro!
—Necesito que me escuches…
—Y yo necesito que me dejes en paz.
—Todavía estás bajo mi órbita, Grecco. Así que sienta tu culo en la cama y escúchame.
Gabriel se sentó de mala gana, estiró la mano buscando algo…
—¿Dónde está mi vaso de agua? ¡Marietta! —gritó a la puerta.
—No descargues tu ira con Marietta… ella no tiene la culpa.
—Te dejó entrar, ya eso califica de pecado capital.
—Exagerado.
Marietta llegó como si hubiera estado escuchando del otro lado de la puerta, con una bandeja y un vaso alto de agua, seguramente tibia, con unas gotas de limón.
—Gracias, Marietta. Eres un ángel.
El ama de llaves se retiró y los dejó solos de nuevo.
—Bien… —dijo Gabriel, sin salir de la cama, estirándose al otro lado de la cama para alcanzar su teléfono móvil—. Te escucho.
—Nos vamos de viaje.
—¿Nos vamos? ¿Quiénes? ¿A dónde? Y lo más importante… ¿Por qué?
—Nos vamos… tú, yo y la Cassini… a un crucero.
—¿Es una broma?
—¿Me ves pintado de payaso?
—Paolo… yo no voy a ir a ningún crucero. ¿De dónde sacaste esa idea?
—Gabriel… sígueme, por favor. No hay manera de que te explique lo que se desató anoche. Todos los medios del espectáculo del país… que digo el país, de Europa, tienen en primera plana tus fotos con Lean. Es, literalmente, una bola de nieve. Una bola de nieve que viene a salvarte de las habladurías.
—¿Cómo? Es un delirio…
—Vamos a alimentar ese delirio, como quien le mete leña y combustible a una caldera, para mantener funcionando una aceitada maquinaria de hacer dinero. Disculpa que sea tan literal, pero no encuentro otra manera de hacerte entender que necesitas, y mucho, que esto salga bien.
—Ya te dije…
—¿Que solucione lo de la Cassini? Pues bien, conseguí que Janette venga al crucero, porque a qué mujer no le gustaría vivir una semana como una princesa y encima obtener la entrevista de su vida.
Gabriel se quedó en silencio, mirando la nada. Paolo exhaló lentamente, dejando salir el aire de sus pulmones al compás de espera de la respuesta que necesitaba.
—No quiero mentirle a esa chica…
—Escucha. No tienes que hacer nada que no quieras hacer.
No te estoy poniendo al lado del monstruo del lago Ness, Lean es preciosa y sus ojos delatan que no solo por fuera.
Ella ya es feliz con estar a tu lado. Dale esa oportunidad, date la oportunidad de conocerla, y en el ínterin, casualmente alguien los filmará caminando por la cubierta, o tomando el té juntos, cenando en la misma mesa.
Janette atestiguará que están ahí juntos, pero no dirá en ningún momento que son pareja o que hay algo más.
—No entiendo…
—Lo dejaremos fluir, sin ataduras. Janette tendrá que entregarme la entrevista, la aprobaremos y se publicará en una semana o diez días a lo sumo. Eso echará por tierra todos los rumores y tú podrás irte a Norteamérica en paz.
—¿Y mis vacaciones?
—¿Tenías planes de irte a algún lado? —Gabriel inspiró profundo y apretó los molares, tanto, que su mandíbula crujió—. ¿Tanto mal va a hacerte pasar una semana en una ciudad flotante de lujo?
—Ya no basta con que sea un prisionero de los medios, ahora lo seré en alta mar.
—Dramatizas.
Se miraron un segundo eterno. Gabriel finalmente suspiró.
—¿Y si digo que no?
No era una opción para Paolo. Había convencido a Janette, no había manera de que la tipa se bajara del crucero.
Ya había comprado todos los pasajes. Era un gasto enorme, solo para que la causante de todos sus males, además de haberle quitado varios miles de euros a su cuenta corriente, se llevara unas vacaciones por nada.
—Está bien… —dijo, con tanta resignación, que le dio pena— Necesito arreglar algunas cosas antes y preparar…
—¡Gracias! Tu equipaje ya está listo… solo tienes que ocuparte de tus artículos personales y de tocador. Me voy a casa porque todavía tengo que ver cómo decirle a mi hijo que cambiamos de destino de vacaciones.
Gabriel se dejó caer en la cama, con un brazo sobre los ojos, y así como estaba, ladró:
—¿A qué hora embarcamos?