Capítulo 11
—¿Qué diablos pasó? —exclamó Gabriel cuando todos estaban a salvo en la camioneta ya en movimiento.
—Parece ser que un grupo de fanáticas no acreditadas, irrumpieron en la fiesta y entraron por la fuerza al salón VIP.
—¡Paolo! ¡Me sacaron de ahí como si hubiera entrado un ejército de talibanes!
—Lo siento. Se activó el protocolo de emergencia. Pero de todas formas prefiero lamentar la exageración que una desgracia.
Gabriel echó la cabeza para atrás, agotado.
Harto era una buena acepción, también. Cuando empezó como actor, después de una exitosa carrera como modelo, a Gabriel le encantaba ser reconocido en la calle, tal vez hasta esperaba con ansias que alguien lo detuviera para un autógrafo o una foto.
Entonces algo pasó que todo se volcó para el otro lado, perdiendo paz, intimidad y posibilidad de ser una persona “común”.
La dicotomía del éxito y la fama, los persigues como Ícaro al sol, y cuando los consigues, te quema hasta consumirte.
Escuchó la voz de su manager, baja y cercana.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Una noche larga…
—Dímelo a mí. Soy una especie de preso público. Un rehén de su propio milagro.
—¡Deja de quejarte, por favor! ¡Eres una especie de Dios para esas mujeres!
¡La envidia de todos los hombres! ¡Señalas con un dedo a cuál quieres de ellas y la tendrás arrodillada frente a ti en un cerrar y abrir de ojos!
¡Quién pudiera! Estos son solo pequeños gajes del oficio —Lo miró, queriendo transmitirle toda la rabia que sentía en ese momento.
¿No había ganado ni un gramo de paz para él?
Recordó el momento en que lo arrancaron del Club.
Su rabia transmutó de inmediato en preocupación.
—Las jóvenes de Edimburgo… Lean… ¿Está bien?
—La vi cuando salimos. Estaba sorprendida pero a salvo.
—Confírmalo, por favor.
Paolo sacó su teléfono y envió un mensaje de texto rápido.
Le mostró la respuesta. Habían salido bien del Club y estaban camino a su hotel.
Le agradeció la preocupación y una vez más le daba las gracias por haberle regalado la mejor noche de su vida.
A Gabriel le ardieron los ojos y el corazón, quemados por la culpa.
—Todo salió a la perfección… quedaste como el príncipe azul de los sueños de todas.
—No me siento como el héroe de la película, mucho menos utilizando a una joven enamorada.
—No seas trágico, Gabriel. Fue una situación ganar-ganar. Ella conoció a su ídolo y tú volviste a tu pedestal de símbolo sexual, sin solución de continuidad, en la misma noche. Nadie salió herido. Mañana voy a desayunar con la Cassini para concertar la entrevista.
—Me voy de vacaciones, Paolo, lo último que quiero es ver a esa mujer. Por favor, páctala para mi regreso.
—De ninguna manera, de hecho, tengo una idea loca que va a servirnos a todos.
—Tengo miedo de preguntar.
Paolo le pidió el teléfono a su empleada y le mostró una imagen que lo dejó pasmado.
Era él, dramáticamente editado, junto a la chica de Edimburgo, y varios niños alrededor.
Estaba seguro de que había visto esa toma en algún lugar, y apostaría alguno de sus contratos que era de Brad Pitt junto a Angelina y sus hijos.
Pero los rostros habían sido manipulados, y los de los niños…
mezclados. Gabriel miró a Paolo como pidiéndole explicaciones.
—No fuimos nosotros. Tus fanáticas empezaron a subir fotografías creadas con inteligencia artificial, de cómo se verían tus hijos con Lean.
—Es una locura… ¿Todo ese despliegue por un par de fotografías en las redes?
—Síndrome de Cenicienta… —dijo Carla, alzando las cejas como si fuera una experta.
—Creo que es una gran estafa.
—Y yo creo que es lo que te va a catapultar definitivamente al estrellato —Y dicho eso, le mostró dos mensajes, de casas de ropa y perfumes para mujer, preguntando si podían enviarle un regalo a la nueva novia de Gabriel para que luzca en algún posible evento o salida.
—Está pasando… —canturreó Carla, moviendo la cabeza al ritmo de una música imaginaria.