ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Después del impacto inicial, desborde emocional y alegría sin igual, Lean había encontrado un espacio en la barra central, junto a sus amigos.

Cada uno con su copa en la mano, ella con un Margarita Bernabei, especialidad de la casa, se sentía todavía flotando entre nubes después del encuentro con Gabriel.

—¡Tienes que ir por él!

—¿Por quién?

—¡Andrew! ¡Dale un respiro! —le reclamó Eira.

—Andrew tiene un punto —lo defendió Cat— ¿O acaso tú no viste cómo la miró? ¿No viste cómo la sujetó? Hubo algo ahí… Tiene que tomar la oportunidad.

—Necesito un minuto.

—¡En un minuto ese tipo terminó de firmar y se fue! ¡Reacciona, Lean, por el amor de Dios!

—¡Andrew! —le dijo Lean, sujetándolo de un brazo — Necesito un minuto para pensar y no puedo hacerlo si estás gritando como una loca. Por favor.

Andrew se enderezó, inspiró y cerró la boca.

Lean bebió despacio, necesitaba ordenar sus pensamientos, sus sensaciones.

Fuera lo que fuera que hiciera, necesitaba hacerlo con plena consciencia.

Lo que había pasado en ese escenario no era producto de su imaginación, había sucedido, y como tal, ella tenía que decidir qué hacer con eso.

Aprovecharlo o descartarlo. Era una mujer, no una adolescente.

Podía con eso y podía con las consecuencias, porque cualquier decisión que tomara, tendría efectos en ella.

Levantó la mirada y recorrió los rostros de sus amigos, que esperaban expectantes, y en diferentes niveles de ansiedad, su respuesta. ¿Cuál era la pregunta?

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a llamar a Paolo.

Sacó su teléfono y estaba en la búsqueda del contacto, cuando una muchacha de cabello corto, con un auricular en el oído, carpeta en una mano y dos teléfonos en la otra, se acercó caminando directamente hacia ella, como si la conociera.

—Hola, Lean. Mi nombre es Carla y trabajo en el equipo de Gabriel Grecco. Quisiera saber si te gustaría subir al salón VIP reservado para invitados.

—Bueno —dijo, Jannie— Eso sí que fue rápido…

Andrew le pegó un codazo de costado que la hizo reaccionar.

—Sí… claro… me encantaría —Carla sonrió como toda respuesta y se dio la vuelta para volver al salón VIP con ella. Lean la detuvo—. Pero no puedo dejar a mis amigos aquí.

Carla se dio vuelta y los miró a todos. Se encogió de hombros y les hizo una señal con la cabeza para que la siguieran.

Subieron por una escalera alfombrada a un entrepiso justo en frente al mentado escenario. Había un cartel con el nombre del club y una gran concentración de gente alrededor de ese sector. Otro grupo menos nutrido estaba en la barra privada del VIP.

Lean avanzó como en trance. Atravesó el salón VIP y cuando miró atrás, como un último reaseguro, las cuatro personas que la acompañaban en esa aventura, que se subieron a ese tranvía llamado locura solo para que ella cumpliera su sueño, levantaron sus bebidas en un brindis a su salud.

Fue como una inyección de optimismo, de ilusión, de fuerza vital que la llevó hacia delante.

Se coló entre varias personas y llegó hasta el precario vallado con una cinta de algo parecido al terciopelo, tratando de ponerse a la vista de Gabriel.

Estaba sentado justo en el medio, rodeado de varias parejas que conversaban entre sí.

Él estaba como si fuera el dueño del mundo, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos extendidos sobre el respaldo del sillón blanco.

Esta vez Lean esperó preparada la descarga de electricidad que la recorrió cuando Gabriel la miró; no sabía si él la desprendía o si nacía en ella, solo sabía que la quemaba, por dentro, por fuera, que la iluminaba. Nunca había sentido nada igual.

Gabriel se levantó de su asiento, rodeó la mesa llena de botellas de champagne y copas a medio beber, y se acercó hasta donde estaba, sin quitar los ojos de ella. Su presa. Extendió una mano y Lean no dudó en poner la suya en esa palma amplia y caliente.

—Te estaba esperando —¿Era así? ¿Cómo podía ser? ¿Importaba? El mantra en su cabeza se repetía, y funcionaba, como si con ello el universo estuviera respondiendo a sus pedidos. Lean no se amilanó. Era una mujer que sabía lo que quería e iba por ello, por lo que había ido a buscar.

Gabriel la hizo pasar por encima de la división, para ingresar a su sector VIP.

No se sentaron en el sillón central, sino en un rincón ligeramente iluminado, más privado, como si hubiese sido preparado para ellos.

Él nunca soltó su mano mientras caminaron y ese contacto era tan contradictorio, tan nuevo y desconocido, y a la vez tan familiar.

Se sentaron y un mozo llegó con dos copas de champagne.

Lean sostuvo su mirada. Dudó apenas, pero no retrocedió.

—No suelo hacer esto. Viajar por alguien a quien no conozco… no es propio de mí.

Él la observó con atención, como si esa respuesta hubiera abierto una puerta inesperada.

—Entonces esto es una excepción.

—Supongo que sí.

Gabriel esbozó una sonrisa leve, casi íntima.

—Las excepciones suelen ser más interesantes que las reglas.

Ella tomó su copa, buscó disimular la forma en que esa frase había caído en su cuerpo.

—¿Y tú? —la pregunta salió, sosteniéndole la mirada—. ¿También haces excepciones?

Él no respondió de inmediato. Solo la miró, con una calma que decía más que cualquier frase.

—Esta noche… sí.

—Brindemos.

—¿Por qué?

—Por las coincidencias… y por lo que hacemos con ellas.

Lean entrecerró levemente los ojos, como si evaluara la respuesta.

—Que haya terminado acá… no parece casualidad.

—No. Pero que hayas decidido quedarte… eso ya es otra cosa.

Brindaron. El cristal tintineó entre ellos y las burbujas de la carísima bebida viajaron rápidamente a su cabeza.

Por un momento todo parecía un sueño, el pasaje de una película romántica.

Por mucho que le costara, Lean sabía que eso le estaba pasando realmente, que no era una alucinación.

Era un sueño por el que había trabajado con todas sus herramientas, con todas sus fuerzas, para convertirlo en realidad.

Y ahí estaba, frente al protagonista de sus sueños.

—¿Cómo ha estado tu viaje? ¿Qué hicieron?

—Ayer fuimos a conocer el Vaticano y de compras. Hoy temprano hicimos un recorrido urbano de plazas y fontanas.

—¿Arrojaste una moneda a la de Trevi?

—Sí… dicen que cuando lo haces, vuelves a Roma con el amor de tu vida —Los ojos de Gabriel brillaron y ella sentía que sus huesos se convertían en gelatina. ¿De qué color eran? Hubiera jurado que eran verdes, pero esa noche eran iridiscentes.

—Ojalá se te haga realidad —le susurró al oído, mientras acomodaba un mechón de su cabello detrás de la oreja. Se murió y se fue al cielo en ese momento. Lean se mordió los labios y se reclinó más sobre la mesa, hacia delante, acercándose.

—Estoy trabajando en ello… —respondió.

—¿Cuánto tiempo te quedarás en Roma? ¿Tienes planes?

—Bueno... Tenemos que embarcar en el crucero alrededor de dos horas antes de la partida, por lo que habíamos decidido descansar y disfrutar de las instalaciones del hotel… —iba a completar la frase con un "pero..." abriendo la puerta a cualquier tipo de invitación, cuando algo sucedió.