ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Él sabía por qué no tenía que dormir, tenía el presentimiento de que el subconsciente le jugaría una mala pasada, y no se equivocó.

Sabía que iba a soñar, y fuera lo que fuera, sería doloroso, después de todo, merecía un castigo por haber tomado la salida fácil, la de todos, y no quedarse en Banff.

Estaba sentado en el asiento que Paolo le había comprado en clase ejecutiva, con una copa de vino en la mano, mirando la pantalla para elegir qué mirar.

¿Estoy soñando?

Había una amplia selección de películas, pero como quería algo liviano, se inclinó por una romántica.

La historia de amor de Noah y Loui, novios desde mediados de la preparatoria, en la versión norteamericana él hubiera sido el capitán del equipo de fútbol americano y ella la capitana de porristas, pero en Canadá cambiaba por el Capitán de los Banff Bears, el equipo de hockey sobre hielo, y la jefa del equipo de debate de Naciones Unidas.

Su primer beso fue a orillas del lago, y en el hotel donde se llevó a cabo el baile de graduación, reservado para la promoción del Banff Community High School, no solo tuvieron su primera noche de pasión, sino que se comprometieron.

De esa noche, o alguna otra de profundo amor adolescente, fue concebida con todo el amor del mundo a su primera hija.

Cambió la película justo cuando se convertía en tragedia, moviendo el dedo rápidamente sobre la pantalla, buscando otra opción.

Eligió una de deportes, la historia de la estrella más joven contratada alguna vez por los Calgary Flames.

Noah había soñado toda su vida con ser jugador profesional de hockey sobre hielo, era un deportista nato, pero entrenó para conseguirlo desde que pudo ponerse de pie sobre los patines, y sostener el stick con firmeza.

Y todos en la familia acompañaron ese empeño, su madre hizo los uniformes del equipo en cuanto entró, su padre los llevaba a los entrenamientos, alquilaba el bus para llevar al equipo a sus encuentros interzonales, y él era su sparring, tomaba el puesto que necesitara para que Noah entrenara y fuera el mejor de los mejores.

Todo era celebración, todo era alegría, estaba planificando la boda de sus sueños junto a su novia de la adolescencia, esperaban su primera hija, ya habían elegido su nombre, y el día que firmó su contrato, lo invitaron a cenar con todo el equipo, para que los conociera en persona, porque él ya sabía sus nombres, posiciones y habilidades de memoria, si siempre los iban a ver jugar; siempre en la localía en Calgary, de visitantes cuando la distancia se los permitía.

Cuando salió de la celebración, lo llamó por teléfono.

No quiso escuchar de nuevo la conversación.

Golpeó tan fuerte la pantalla que tal vez la astilló.

Las películas pasaban rápidamente bajo sus dedos: Noah en brazos de su madre, cuando lo trajeron del hospital, el bebé más hermoso del pueblo hasta el año pasado; Noah dando los primeros pasos de la mano de su madre y su padre; Noah patinando en el lago congelado tras un botón negro, una flecha rubia, puro foco y habilidad; Noah terminando la escuela primaria, recibiendo el diploma de honor; Noah saludando al primer ministro, recibiendo una beca de excelencia nacional otorgada por el Parlamento; Noah elegido presidente de su clase; Noah dando el discurso de fin de curso de su promoción con su toga negra y el birrete; Noah elegido el rey de la promoción, coronado por sus pares; Noah sacado en andas del estadio, después de ser el artífice del primer título intercolegial ganado por los Banff Bears.

Noah sosteniendo una pancarta en la masiva protesta de las Naciones Originarias durante la visita del Papa a Quebec, fotografía que fue casi un emblema del apoyo de la juventud canadiense a los pueblos indígenas al conocerse los abusos y asesinatos cometidos en los internados canadienses.

Le pegó a la pantalla para que se detuviera, astillándola y llenándola de sangre. Le siguió pegando con el puño cerrado mientras se convertía en la ventanilla de la camioneta de Noah, intentando llegar a él, aunque sabía que ya era demasiado tarde, que ya estaba muerto.

Se despertó con la sacudida del avión al tocar suelo italiano. Una voz masculina en inglés les daba la bienvenida al aeropuerto internacional Leonardo da Vinci.

Salió con su maleta de mano y la mochila. No llevaba más equipaje, así que se dirigió directamente al sector de migraciones para mostrar su pasaporte. De ahí directamente buscó la salida, donde lo esperaba Paolo Vursky, su padre biológico.

Estaba pletórico, exultante, y, aun así, dejó a Dan tomar la iniciativa del saludo. Lo abrazó.

—Ciao, figlio, bienvenido.

—Gracias… —Paolo le sacó la maleta de la mano y él se acomodó la mochila al hombro. —¿Cómo estuvo el vuelo?

—Perfecto. No debiste gastar en un asiento de clase ejecutiva.

—Claro que sí… mira esa altura, los asientos de turista son para enanos —Había una secuencia que siempre se repetía en su cabeza: la primera vez que vio a quien era su padre, le había parecido altísimo, imponente, pero con el tiempo, en cada encuentro, le parecía que se iba achicando.

En realidad, Dan iba creciendo, a sus 16 años ya lo había alcanzado, a sus 18 lo había sobrepasado.

A sus 30 podría asegurar que se estaba encogiendo, pero nunca lo diría en voz alta.

Cuando llegaban al automóvil en el estacionamiento, le preguntó: —¿Comiste?

—Creo que sí… Hace tanto que estoy arriba de ese avión.

—Podemos ir a desayunar si quieres… abrieron un nuevo lugar cerca de casa “Esspressamente per te”

—¿Lo abrieron expresamente para mí o es el nombre? —Los dos se rieron y Dan descubrió una vez más lo parecidos que eran. Se reían igual.

—Tienen unos desayunos fabulosos, mi favorito son los cornetto, su versión salada de mortadela y burrata o el dulce de pistaccio… —Paolo juntó los dedos con sus labios y tiró un beso al aire, en un gesto típicamente italiano que quería decir riquísimo.

—Me convenciste.

En 40 minutos estuvieron en el departamento de la vía Tommaso Salvini, justo en frente de la Piazza delle Muse en Parioli.

Dejaron el automóvil en el estacionamiento y fueron caminando hasta el café, mientras Paolo hablaba y hablaba sin parar, y él hacía como que escuchaba, pero el cansancio lo llevaba flotando.

—¿Qué tienes ganas de hacer?

—Dormir el jet-lag hasta mañana, como mínimo.

—Pensé que tal vez te gustaría venir conmigo a un evento de Gabriel. Está muy cerca de aquí, a unos 15 minutos.

—Paso, papá… —dijo, sin esfuerzo. Notó el brillo de emoción en la mirada de Paolo y una parte de él fue feliz—. No es lo mío.

—Bueno, descansa. Tu habitación está preparada.

—Es la mejor noticia que me podías dar.

—Si todo sale bien, pasado mañana estaremos instalados en una de las mejores villas de Positano. ¿Trajiste traje de baño?

—Insististe tanto… —Paolo se rio fuerte, no paraba de reír, de sonreír, de transmitirle con cada señal de su rostro y su cuerpo, lo feliz que estaba de que estuviera ahí.

Ya no se acordaba cuando fue la última vez que estuvo en Roma.

Se habían visto varias veces después, pero realmente fueron encuentros muy cortos.

Pensó en todo lo que Anwa le había dicho para convencerlo de viajar, y tenía razón, se sentía bien ser el centro del universo de alguien, alguna vez.

Terminaron su cappuccino, compraron algunas delicias para llevar y se fueron al apartamento. Estaba tan cansado que no registró cómo se desnudó y se metió en la cama.

Durmió sin soñar por primera vez en mucho tiempo.