ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Tomaron el desayuno en la terraza del hotel, con una impactante vista a los rojos tejados de Roma iluminados por el suave sol de la mañana, frente a una oferta gastronómica que iba del tradicional desayuno americano hasta una deliciosa selección de cafés y tés aromáticos, panecillos recién horneados y frutas tropicales.

Paolo la llamó y la esperó en la recepción del hotel.

Decidieron bajar en dos tandas para no caerle encima al italiano, y asustarlo; Jannie y Eira la acompañaron, y Andrew y Cat bajarían minutos después.

Lo divisaron ni bien se abrieron las puertas y él amplió la sonrisa cuando la vio bajar del ascensor.

—¿Lean?

—¡Hola, Paolo! Gracias por venir. —Lean estiró una mano para saludarlo, pero él la sostuvo de los hombros y plantó un beso cariñoso en cada mejilla.

—¡Qué gusto conocerte! —Cuando miró por encima de su hombro, Lean se apartó para hacer las presentaciones.

—Ellas son mis amigas, Jannie y Eira.

—Hermosos nombres. Clásico… Exótico… ¡Como sus bellezas!

—¡Gracias! —dijo Eira, aceptando el cálido saludo latino. Jannie se mostró un poco más incómoda.

Un momento después, Andrew y Cat llegaron y se sumaron a la presentación.

—¡Principessa! ¡Piacere! —dijo besando la mano de Cat, apreciándola de pies a cabeza, como si la estuviera midiendo para meterla en su cama.

—Mucho gusto —dijo Andrew, metiéndose entre la rubia y el italiano.

—Piacere. Estás tan bien rodeado. Envidio. Debo decir que siempre he considerado que las mujeres italianas son las más bellas del universo, pero ustedes han robado mi aliento.

—¡Gracias, Paolo! Eres todo un caballero.

—Adulador… —dijo Andrew por lo bajo, usando una palabra gaélica.

Lean lo miró como si fuera un niño travieso en una cristalería.

Lo único que faltaba era que se pusiera celoso, o peor, hiciera un desplante buscando atención y Paolo se ofendiera.

Su amigo se alejó de la escena hasta el piano, a un costado de la sala de estar.

Jugueteó con las teclas mientras ellas hablaban con el representante de Gabriel.

—Bueno, les cuento: con estas pulseras —dijo, ofreciendo cinco cintas de raso dorado con letras resaltando en negro— podrán acceder sin cargo al local donde se realizará el evento. Los invitados son ganadores de premios en diferentes programas de radio y televisión.

—¿Y Gabriel? —preguntó Eira, concentrada.

—Él va a asistir, por supuesto. Es su noche. El mecanismo es hacer una fila con una sola cosa para firmar. Se tomará una foto con su dispositivo, que tiene que pasar a la persona que está detrás de ustedes. Sin flash. El lugar tendrá iluminación.

—¿Habrá mucha gente?

—No tengo el número final, pero este tipo de celebraciones son bastante grandes. Será un gran Coliseo Romano. De todas formas, Gabriel cumple con sus fanáticas y firma siempre hasta el final. Podrán llevarse algo firmado.

Hubo un momento de tensión extraña. Estaba feliz, Lean no podía negar que tenía el corazón rebosante de emoción por conocerlo, estar cerca de él, aunque más no fuera un momento.

Era mucho más de lo que alguna vez hubiera soñado; pero a su vez, eran tantas las expectativas que habían nacido en ella que le pareció poco.

Intentó no pensar así, por si lo poco conseguido también desaparecía, y siguió agradecida.

Paolo se interesó por su itinerario.

—Cuéntame, ¿qué piensan hacer después?

—Mañana es nuestro último día, así que disfrutaremos de las instalaciones del hotel. Antes de las seis de la tarde tenemos que embarcar en el crucero.

—¿De verdad? ¿A dónde?

—¿No te había dicho? A la Costa Amalfitana. Salimos de Civitavecchia a las seis de la tarde.

—¿Qué barco?

— Acmar Quest.

—Es una muy buena travesía.

Eira le entregó a Lean dos bolsas con los colores de Escocia, con cinco botellas del mejor whisky que su padre pudo comprar, un tartán tradicional y un libro con paisajes de Escocia. Extendió los presentes y tomó la mano de Paolo sin poder ocultar la emoción.

—Paolo. Gracias. Nunca podré agradecerte lo suficiente por tu atención y por tu deferencia al habernos extendido esta invitación, sin conocernos.

—Lean. Siento que eres una buena muchacha y a veces uno tiene la necesidad de devolver a la vida los regalos que recibe. Creo que lo mereces…

—¿Por qué?

—No lo sé… Es un sentimiento. No me pregunto por qué hago algo si eso es bueno. Y salvo que seas una asesina serial que vaya a secuestrar a Gabriel…

Hubo un momento de silencio, las cuatro amigas se miraron. Andrew, desde el piano, dijo en voz alta:

—Te atraparon… —Paolo abrió grandes los ojos.

—¡No! ¡No lo soy! —Todos rieron. Andrew también. —Gracias. De verdad…

—Quizás es mi regalo de despedida para Gabriel. Hemos pasado muchos años juntos, ahora emprende un nuevo camino… ¡Oh! ¡Mira la hora que es! Tengo que ir al aeropuerto a buscar a mio figlio.

Paolo las saludó, una por una, volviendo a saludar a Lean una vez más.

—Entonces, nos veremos esta noche, seguramente será una notte da ricordare. ¡Ciao, bambinas!

—¡Ciao, Paolo! —dijeron las cuatro al mismo tiempo, acompañando el saludo con las manos. Andrew las miraba, aburrido.

—Tendría que filmarlas…

—¿Por qué? —dijeron las cuatro, girando para mirarlo. El muchacho se puso de pie y se acercó.

—Saludaban como si estuvieran en la final del Miss Universo. Vamos.

El coordinador del tour, que habían contratado para recorrer las plazas y fuentes de Roma, había llegado.