ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

La limusina que envió Candem para recogerlo llegó puntualmente a las diez de la mañana pero él hizo esperar al chofer dos horas porque olvidó por completo preparar su equipaje.

Empacó algunas cosas esenciales, tomó la palabra de su hermano, se prometió comprar el resto de sus cosas en Italia y llamó de urgencia a su amigo Otto para que se quedara con Jax en su ausencia y cuidara de su rancho.

Se despidieron brevemente y por fin cerca del mediodía hicieron su camino al aeropuerto privado de San Francisco.

Toda su familia lo esperaba en el salón VIP del Aeropuerto de Palo Alto; solo Abel se levantó como un resorte y corrió gritando entre ejecutivos y modelos. La imagen era para la portada de Life.

—¡Tío Galen!

—¡Hola, Campeón!

—Mamá dijo que no ibas a venir con nosotros.

—Mami no sabía si iba a poder dejar el trabajo, pero ya sabes...

—¡Sí! ¡Todo por la abuela! — Levantó la mano para hacer un high five con su sobrino, luego lo alzó con un brazo y atravesó el salón entre una pequeña multitud, algunos conmovidos, otros incómodos, ninguno indiferente.

En una esquina apartada, su grupo familiar miraba y esperaba.

Candem y Jared estaban de traje, como combinados, y contrastando dramáticamente con él, que llegaba con sus pantalones gastados y chaqueta de cuero.

Saludó a ambos con un gesto de la cabeza, besó a su hermana en la mejilla, que murmuró un “gracias” emocionado, y se calzó la armadura antes de inclinarse ante la reina madre.

Estaba tan delgada y desgastada, la enfermedad había avanzado a pasos agigantados en pocos meses y, aun así, no había podido robarle ni un poco de su belleza. Solo la hacía ver más trágica.

—Hola, mamá...

—Hola, mi amor. Por un momento pensé que no vendrías. No sería la primera vez que me dejas de plantón… —Galen entornó los ojos.

—Solo cuando te sientes en la necesidad de exhibirme como un pura sangre a la venta entre las hijas de tus amigas.

—Eres un pura sangre...

—Pero no estoy a la venta. Solo vine cuando Candem me confirmó que no llevabas ningún prospecto para llevarme al altar.

—¡Que mal informado estás! Convoqué a las siete que seguían en la lista después de Kate al ser elegida para William. Una por noche. Nada menos que una reina para mi hijo.

—Ay, mamá... —dijo con un suspiro. Marge le acarició el rostro y Galen sintió la armadura resquebrajarse.

—No me vas a dar ese gusto antes de morir, ¿verdad?

—No quieres que te responda, ¿verdad?

—Mamá... —dijo Candem, con su sentido de la oportunidad, afilado por la experiencia—. El piloto informó que el vuelo está listo y el equipaje cargado. Podemos partir cuando desees.

—Bien. ¡Nos vamos a la Bella Italia!

Marge se puso de pie, ayudada por sus dos hijos varones.

Jared acercó la silla de ruedas donde la conducirían hasta el avión.

Podía caminar, pero se cansaba pronto, así que prefería no malgastar sus fuerzas.

Además de su familia directa, Galen contó un mayordomo, la asistente personal de su madre y una enfermera con título de practicionista, lo cual le permitía recetar y suministrar las drogas prescriptas para su enfermedad.

Marlen llevaba una niñera para que la ayudara con su único hijo.

Que Dios le cuide la herencia. Bueno, cuanto menos Jared tendría un respiro, pensó, viendo cómo se encargaba del niño y el equipaje de mano de los tres.

Su hermana iba junto a su madre, con ese porte de diva de los cincuenta que había heredado de ella: abrigo liviano, entallado, capelina y anteojos oscuros enormes, todo negro.

Ella sí que se creía Sofía Loren. De todas las cosas que se le podían ocurrir a su madre para despedirse de la familia, un crucero estaba entre las peores, pero no perdía las esperanzas, ella encontraría la manera de agregarle dolor y tragedia a ese momento de mierda.

La cabina del avión privado estaba separada en tres.

Una parte para su madre, con cama y baño; otra para el resto de la familia y otra para los empleados que los acompañaban y la tripulación.

Marge compartió el despegue con su familia, sentada junto a Candem.

Él sostuvo su mano mientras la nave tomaba altura.

Galen se sentó en un asiento aparte, aislado en la música de su teléfono, con los ojos cerrados.

Cuando llegaron a la altura de crucero, y el capitán autorizó moverse en la cabina, Candem se acercó a su hermano.

—Mamá quiere hablar contigo —Que poco le duró la paz. Se puso de pie, arrojó el aparato en el asiento y se dirigió al que antes ocupaba Candem; este se sentó con su sobrino.

—Hola.

—No pensé que vinieras tan rápido.

—Para hacernos valer en todo momento tu poder maternal, económico y espiritual, siento como que no crees tanto en la obediencia de tus súbditos.

—Es una cuestión de perspectiva, y cuando estás por morir, cambia radicalmente...

—Tomaré tu palabra en ello... ¿Cuáles son tus planes?

—Interesante pregunta. Tratar de no morirme en el viaje...

—Si dejamos el humor negro para otro momento, podríamos tener esta conversación mejor.

—No sé si tendré otro momento para tener humor negro. Debe ser la morfina.

—Mamá...

—Además, solo puedo hacerlo contigo. Marlen llora cuando lo menciono y Candem directamente desaparece.

—Entonces hagámoslo con Galen que no tiene sentimientos —Marge acusó recibo del golpe y sus ojos se llenaron de lágrimas. Un buen momento para una dosis extra de morfina.

—¿Por qué me odias?

Galen levantó la vista y recorrió los alrededores. Todos estaban demasiado ocupados para reparar en su conversación y las puertas todas cerradas como para escapar. Se pasó la mano por la cara y rascó su incipiente barba rubia.

—No te odio...

—Yo traté de ser una buena madre, darles todos los gustos. Te mimé y te adoré como mi primogénito. Sé que tus hermanos llegaron muy rápido y tuve que ocuparme de ellos también, y tu padre tomó mi lugar en tu corazón rápidamente, pero...

—Hiciste un gran trabajo. No te odio. No podría.

—Entonces por qué... —Galen se aferró con fuerza a los apoyabrazos de su asiento y su madre vio sus nudillos ponerse blancos.

—Estoy aquí, mamá. Hago lo que quieres todo el tiempo, voy y vengo a tu antojo, ¿Qué más quieres de mí? Ahora me encierras en un avión y me pones de frente a todo esto. Después me vas a rodear de mar y solo Dios sabe qué más... ¿Qué quieres?

—En el crucero, que cenes con nosotros, que aparentemos por una semana ser una familia "normal" aunque sea ese rato en la mesa.

Quisiera que Abel guarde ese recuerdo de mí...

De nosotros. Quizás algún paseo por la cubierta, contemplando el mar y recordando los buenos viejos momentos, y bajar a Sicilia. El resto del viaje, eres libre.

—Ok... Creo que puedo con eso...

Se miraron un momento en silencio y Galen tomó eso como el final de la conversación, pero no era su derecho hacer esa llamada.

—Me devolvieron el testamento para su última revisión.

—Bien...

—Quiero dejarle la casa a Candem.

—Me parece justo... —Y sí lo era. En lo más alto y exclusivo del Pacific Heights de San Francisco, su casa, con las últimas remodelaciones, estaba valuada en veintiocho millones de dólares.

Candem se había ganado ese derecho, por estar con ella hasta el último momento. ¿Cómo tomaría Marlen esa decisión?

—Marlen está de acuerdo, ella se quedará con las otras dos propiedades...

—Que eran una mansión en Beverly Hills y otra en Orange County.

Entre las dos debía estar rondando los cincuenta millones de dólares.

Tonta, le decían a su hermana—. Y el 50 % de mi paquete accionario en la firma. Por supuesto, lo maneja Jared.

Jared había sido una buena elección de su madre, entrenado por su padre y aceptado por su hermana. Era un abogado mediocre pero honesto y trabajador. Y estaba perdidamente enamorado de la tonta.

—Estoy de acuerdo también.

—Me alegro... ¿No me vas a preguntar qué hay para ti?

—Sería rudo...

—Es verdad... —Cuando Marge abrió la boca para mencionar su herencia, Galen se puso de pie y terminó la conversación:

—No quiero nada. No hay nada que me puedas dar que me interese.

—¿Por qué? —le dijo, sosteniéndolo de la manga, cuando quiso huir de su lado—. ¿Por qué me odias? ¿Qué hice para que me desprecies tanto?

Galen miró la mano que lo retenía. La piel era tan transparente que podía ver sus venas palpitar. Estaba tan delgada. Le tembló el pulso cuando la sujetó y la apartó. Estaba fría y la muerte lo atravesó de lado a lado. Cuando se alejó, escuchó su última frase entre lágrimas.

—¿Por qué deseas con tanta fuerza que me muera?

Candem lo pasó, mirándolo con odio encendido, casi corriendo de regreso a los brazos de su madre.

Galen se sentó, arrebató una almohada y la golpeó como si fuera a ablandarla.

O matarla. Apoyó los pies en el asiento de enfrente, acomodó la almohada contra la ventanilla del avión y se cruzó de brazos, dispuesto a dormir hasta su primera parada en New York.

En su mente, la pregunta de su madre tenía la respuesta que jamás verbalizaría: "Quiero que te mueras porque no soporto verte sufrir así."