Capítulo 29
Cat estacionó en el espacio de cortesía frente a la casa donde nació, en Corstorphine Hill; eso significaba que no se quedaría largo rato, tenía mucho por hacer. Edward, el mayordomo que siempre había atendido la casa, la esperó en la puerta de entrada con una sonrisa orgullosa.
—Bienvenida a casa, señorita Catherine —Por supuesto, ella hacía años que ya no insistía en que no la llamara así, pero él tampoco podía resistirse a sus inequívocos y especiales expresiones de afecto.
—Buenas tardes, Edward —le dijo, apoyándose en las puntas de sus pies y estampándole un beso en la mejilla. El hombre, altísimo, se sonrojó.
—¿Preparo el té para usted y su madre?
—No te molestes. Solo estaré un rato.
—No es molestia.
—¿Dónde está? —No era necesario que Edward le contestara. El hombre extendió la mano hacia el final del pasillo central, a la última habitación que se abría antes del jardín trasero. La biblioteca.
Luego de la muerte de su padre, su madre no había querido moverse de allí.
Si el tiempo era benévolo, pasaba casi todas las horas del día sentada bajo el enorme roble al fondo del jardín, donde habían esparcido sus cenizas.
Habían hecho instalar dos bancos bajo el árbol.
Cuando la temperatura era inclemente, Rose se envolvía en un chal o una manta, se sentaba en el sillón junto al ventanal y miraba la nada, como si esperara que él se reconstituyera de sus cenizas y volviera a ella.
Con el tiempo volvió a dormir a su habitación y a sus actividades.
Sola en esa casa enorme, con sus hijos grandes e independientes, sin nietos, leía, tejía, bordaba, todas actividades de su educación señorial.
A veces salía con amigas o recibía visitas; otras veces asistía a eventos de caridad.
Pero cuando estaba en su casa, siempre estaba orientada al árbol en el fondo del jardín.
Esa tarde era particularmente cálida y su madre tejía en su banco. Levantó la mirada y le sonrió ampliamente. De ella había heredado su belleza, en Rose clásica, sencilla y etérea; en Cat, seductora y rutilante.
—¡Hola, mamá!
—¡Hola, hija! ¿Cómo estás? Ayer te llamé... — Se inclinó para dejar que la besara y abrazara, y luego sentarse a su lado.
—Sí... Bueno... Ayer fue un día complicado. Disculpa que no haya podido responderte, pero...
—¡Oh! No te preocupes. Estoy tratando de seguir tu consejo y ser una viuda independiente... —Cat puso los ojos en blanco, acusando recibo del sarcasmo nivel principiante de su madre.
—¿Qué pasó? ¿En qué te puedo ayudar?
—Oh... Llamé a tu hermano para preguntarle si le parecía bien que pusiéramos una placa de recordatorio para el aniversario de tu padre...
—¿Dónde?
—Aquí. ¿Dónde más?
—¿Para qué, mamá?
—Bueno... Porque... —Rose empezaba a emocionarse y Cat ya se sentía culpable.
—Ok. Tranquila. ¿Qué dijo Sinclair?
—Bueno, pues que le parecía una excelente idea y que apoyaba mi decisión.
Es donde tu padre descansa, decidimos que sus cenizas estuvieran aquí para tenerlo cerca, pero sin monumento, sin nada con que recordarlo...
Siento que... No lo honro... —Sinclair MacKinnon, su hermano, el más inteligente de los bastardos.
—Mamá... Papá no está aquí...
Se mordió la lengua antes de entrar en la eterna discusión.
Cat había enterrado a su padre el día que arrojó su encendedor Dupont de oro a las aguas oscuras del Támesis, justo frente a Victoria Embankment.
Pero esa información no era vox populi, porque ella había "robado" el encendedor, corrido en la noche como una ladrona, manejado casi cinco horas de madrugada como una fugitiva y llorado sola frente al río, en su propio ritual de duelo.
Las lágrimas cayeron de los tristes ojos azules de su madre. Reina del Drama ¿Dónde están los espárragos para cortarme las venas? Se acercó y tomó las manos de Rose entre las suyas. No había terminado de poner un pie en la eterna discusión sobre el tema que ella ya estaba llorando.
—Escucha... Mamá... Lo que quiero decir es...
—Ya lo sé, Cat. Para ti, tu padre está en ti. Y te juro que siento lo mismo...
—Claro que está en ti.
—No. En ti. Eres su réplica, su clon. Su homenaje en vida.
—Ay, mamá...
—Él estaba tan orgulloso de ti. A veces bromeábamos, tú deberías haber sido hombre, no Sinclair. Pero no, él no se arrepentía ni un segundo de su Cat, de su genio con faldas. Tenía ese enamoramiento que existe entre padre e hija.
—Papá se hubiera llevado tan bien con Andrew...—murmuró tan bajo como pudo, pero su madre, pese a la edad, tenía un oído impecable.
—¿Quién es Andrew? —Oh, no... Trató de espantar la pregunta con la mano, pero Rose ya se había embarcado en su propia fantasía.
—Es un amigo, mamá.
—¿Qué tan amigo? ¿Algo que me quieras contar?
La emoción de su madre era tangible. ¿Y dónde mierda está mi orden de espárragos? ¡Tenía que salir de ahí!
—¿Estás enamorada?
—¡No! ¡No! —Empezó a reírse nerviosa pensando en Andrew, las posibilidades, y sus posibilidades con cualquiera.
Ella no se enamoraba, y no lo hacía porque no quería, porque no era capaz de asumir las chances de salir herida, y todo camino alternativo era mucho mejor.
Ver el dolor de su madre ante la pérdida de su padre era recordatorio permanente de qué podía pasarle a ella si alguna vez se enamoraba y perdía a esa persona, de cualquier manera que fuera.
No. ¿Para qué arriesgarse? La vida era mucho más divertida sacando el amor de la ecuación.
—No quiero que estés sola, Cat...
—No estoy sola... Es solo que...
—No te preocupes, mi princesa, tu príncipe de brillante armadura llegará —Iba a contestarle, pero para qué decirle que ella ya no esperaba ningún príncipe azul. Para una gata, nada mejor que un lobo feroz.
—Mamá... Voy a estar saliendo de viaje esta semana.
—¿Por la farmacéutica?
—No. Me voy de viaje con las chicas.
—¿Vacaciones? —¿Por qué tanta sorpresa? Era un poco trabajólica, pero solía hacerse sus escapadas.
—Sí.
—¿A dónde van?
—Un crucero a Italia.
—¡Oh! ¡Qué hermoso! Hace tanto que no voy a uno... ¡Lo pasarán de maravillas!
—Estaba pensando que tal vez podría llamar a Sinclair para que venga a hacerte compañía mientras yo no estoy en Edimburgo.
—No estoy sola, Edward y Grace cuidan bien de mí.
—Sí. Ya lo sé. No podrías estar en mejores manos... Pero bueno, ya sabes...
—No molestes a tu hermano. Yo estoy bien. ¡Soy una niña grande!
Cat abrazó a su madre y la besó con ternura.
—¡Ay, mamá! ¡Te quiero tanto! ¡Tanto! ¡Tanto!
—Solo mándame un mensaje de vez en cuando para saber cómo estás, alguna foto.
—Oye, mamá... Si quieres, a mi regreso podemos organizar para hacer un viaje las dos. A algún lugar que no conozcamos...
—¡Es un excelente plan! ¡Me encantaría que hiciéramos un viaje de chicas!
—¡Hecho! ¡Ahora me tengo que ir! Tengo mil cosas que preparar.
—¿Me llamarás?
—¡Sí! ¡Te llamaré!
Rose abrazó a su hija una vez más y la acompañó hasta la puerta de salida. Cat la miró de pie entre las dos columnas de mármol blanco, desapareciendo en su espejo retrovisor, mientras salía de la propiedad.