ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Josh no quería que el día llegara a su fin, pero no porque hubiera sido un día magnífico, de esos que uno quiere estirar hasta que se instale en la memoria.

No quería que llegara la noche, llegar a casa y descubrir que Eira se había marchado.

No era día de visita de sus hijos más pequeños pero, aun así, los fue a buscar a la casa de Evanna.

Ellos corrieron entusiasmados a sus brazos y ella no se negó. Todos hicieron la misma pregunta:

—¿Y Eira?

—Vayan a buscar sus cosas para el colegio mañana. —Sus dos soles subieron a la habitación corriendo. Evanna se apoyó en la pared, mirándolo con una sonrisa rara.

—¿Qué pasó con Eira?

—No está...

—Ya te dejó. —Josh miró a su exesposa conteniendo la rabia—. Tú sabías que era una cuestión de tiempo.

—Cállate, Evanna. Eira no me dejó.

—Ah, ¿no?

—No. Se fue de vacaciones.

—¿Vacaciones? ¿A esta altura del año? ¿Sola?

—Sí. —Evanna lo miró un instante y luego soltó una carcajada al mejor estilo Maléfica. Simuló secarse las lágrimas y se le acercó sinuosamente.

—No me mientas... Te pateó como un perro viejo.

—No. Se fue de vacaciones con sus amigas.

—Mentira —dijo, mirándolo de costado, como si quisiera adivinar el trasfondo de la mentira—. Tú no la dejarías ir sola, ni aunque fuera su última voluntad.

—Puedes llamarla y preguntarle.

—Ni aunque de ello dependiera mi vida… —Fue el turno de Josh de sonreír.

—Te va a tocar ser una madre responsable a partir de ahora.

—¿Ves? Eira no va a estar más... —dijo, chasqueando los dedos.

—Piensa lo que quieras, Evy.

El diminutivo cayó de sus labios, envenenado. Todas las razones por las que ningún hombre debería casarse, resumidas en tres letras. La aparición de los niños echó un manto de piedad a la situación.

—¿A dónde vamos a ir, papá?

—¿A dónde quieren ir?

—¡Alitas! ¡KFC!

—¿Hicieron sus tareas?

—¡Sí! —gritaron los dos al unísono.

—¡Entonces, sí! KFC, cine y después a casa.

—¿Eira nos esperará allá?

—Sí. —Mintió, solo para no darle la satisfacción a Evanna por todas las veces que había echado por tierra su relación.

Cuál era el cimiento del odio que le tenía a Eira, era un misterio, si en definitiva ella lo había engañado, ella lo había abandonado.

Como una niña caprichosa que solo quiere el juguete cuando alguien más lo tiene, Evanna volvió a interesarse en él cuándo empezó su relación con Eira, su empleada de confianza, quince años menor.

Con todas las apuestas en contra y los prejuicios apuntando a los dos, lograron sobrevivir cinco años.

Demasiado, pensó, mientras levantaba las mochilas del colegio y la ropa de sus hijos, siguiéndolos por el pasillo rumbo a la salida.

Los niños se quedaron dormidos en la cama grande mientras miraban la televisión.

Josh no los despertó ni los acarreó a su habitación; no resistía la idea de la enorme cama vacía.

Las risas y ocurrencias de sus hijos hicieron la noche llevadera, aún cuando preguntaban por ella cada cinco minutos.

Pero cuando llegó el silencio del sueño, la ausencia se tornó insostenible.

Salió de la cama con solo el pantalón del pijama.

Bajó a la sala de estar y vagó por la casa como si la buscara.

Recaló en el bar y llenó un vaso con su mejor whisky, ese que reservaba para impresionar a las visitas.

Era solo eso, ¿verdad? Una carcasa vieja queriendo demostrar que todavía podía tener una mujer joven, bella e inteligente a su lado, tenerla y mantenerla, atenderla y satisfacerla.

Complacerla. ¿Era solo eso? Se bebió la mitad del vaso y salió al balcón con la botella en la otra mano.

Descalzo y con el pecho descubierto, sintió la noche fría en la piel y paseó la mirada sobre el recorte de la ciudad dormida, una sombra salpicada de estrellas caídas que se iban apagando una a una en busca de descanso.

Se dejó caer en la silla y terminó el contenido del vaso, danzando con el vértigo del alcohol al son de los recuerdos.

Las últimas palabras de Eira fueron lapidarias y calaron hondo en su interior; ¿Realmente ella veía así lo que él hacía?

No eligió la imagen que se desplegó en su cerebro pero, aun así, se sentó como espectador privilegiado y dejó que la cinta corriera.

Era un viejo, no había duda. Ya no había películas en cinta.

Su viaje al país del pasado se remontó a casi un año atrás.

Ya era tarde cuando llegó a casa. Eira estaba en la cocina preparando la cena para dos.

Estaba distraída en su labor, escuchando música, con el cabello suelto, larguísimo, y los pies descalzos.

Esa imagen era la que siempre había soñado en una mujer: descalza, hermosa y cocinando para él.

Todavía tenía el vestido que había usado en la oficina.

Se devolvió hasta la entrada y dejó la bolsa de regalo en la mesa del recibidor.

Sostuvo su otro recado con una mano y regresó hasta la cocina.

—Hola, hermosa—le dijo, mientras avanzaba por el amplio estar hasta el desayunador. Ella giró la cabeza justo a tiempo para recibir su beso de bienvenida.

—Hola, amor. ¿Cómo terminaste la tarde?

Dejó el paquete de panadería en la mesada junto a ella y apoyó una mano en su cintura; con la otra descorrió la sedosa cortina azabache, dejando el cuello y la nuca libre para barrerla con besos. Volvió a su oído y susurró:

—Me encanta encontrarte así. Cocinando para mí… así.

—Me encanta que te encante. ¿Conoces la canción?

—¿Debería? —Eira se rio y el aire se tiñó de rosa.

—Es una canción que me recomendó Lean y no puedo dejar de escucharla. The Reason se llama. Creo que está en una película.

—Deberíamos verla. Traje tu pedido.

Eira se dio la vuelta entre sus brazos y miró de costado el paquete envuelto en papel.

—Gracias por pasar a buscar la torta de cumpleaños de Jannie. El cheesecake es su favorito. No le gusta festejar su cumpleaños así que la sorprenderemos en la florería.

—Suena como un buen plan —Mientras ella lo besaba, como muestra de agradecimiento a su caballeroso gesto y la atención hacia sus amigas, él hacía un esfuerzo mental por no pensar que al día siguiente llegaría más tarde.

Era celoso, posesivo y básico. No le gustaba que saliera de noche sin él, que anduviera sola por las calles, aunque fuera con sus amigas.

Para distraerse de sus obsesiones, rompió el beso y la separó un poco de sí.

—También traje algo para ti.

Eira miró alrededor, sorprendida e intrigada. Sintió la emoción crecer en ella mientras rodeaba su cuello y se pegaba a su pecho.

—¿De verdad? ¿Una torta?

—No precisamente.

—¿Tengo que adivinar? —replicó, con una sonrisa enorme, iluminada como una niña en la mañana de Navidad— ¡Me encantan las sorpresas! ¿Dónde está?

—Lo dejé junto al recibidor…

La muchacha salió corriendo y se sostuvo del marco de la puerta al resbalar en el piso, de camino a la puerta de entrada. Él la siguió para no perderse su expresión.

—¡Tranquila! No se va a ir a ningún lado.

Eira encontró la caja envuelta en un artesanal papel color natural y al hacerla girar encontró las palabras en dorado de la marca.

—¡Louboutin! ¡Los conseguiste! Son de verdad, ¿verdad? —preguntó ansiosa y era su culpa, más de una vez la había engañado, pero este no era el caso. Al abrir la caja encontró los zapatos que quería para combinar con un sexy vestido que habían comprado para la fiesta de San Andrés.

—¿Son los que querías?

—¡Sí! ¡Si lo son! —Soltó la caja y corrió para lanzarse sobre él, enredar las piernas a su cintura y los brazos a su cuello con una sonrisa radiante. Atrapado por sus bellos ojos verdes, la escuchó susurrar contra sus labios. —¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Eres lo mejor que me pasó en la vida —Si sus ojos eran hermosos, sus labios eran adictivos y en sus besos se perdía, suaves al principio, hambrientos después. Su voz fue un jadeo erótico—. ¿Qué haría yo sin ti?

—¿Estarías con un muchacho de tu edad?

Eira perdió la sonrisa en un segundo.

—¿Qué?

—Lo que dije. Si no hubieras entrado a trabajar en Byte Industries, si no nos hubiéramos conocido, seguramente hoy estarías con un hombre mucho más joven. Un hombre de tu edad.

—Eso no es cierto. No te cambiaría por alguien más joven. No necesito ni me interesa alguien más joven. Solo me interesas tú. Te amo a ti.

—No estoy diciendo que me vayas a cambiar por alguien más joven. O al menos eso espero. Solo digo la verdad. Estarías con alguien de tu edad… alguien que…

—¿Qué?

—Alguien al que no le duelan los brazos y te deje caer porque no aguanta el ritmo del gimnasio.

—Le palmeó dos veces el trasero y ella se aferró con más fuerza a su cuerpo.

Logró distraer su atención del involuntario escape de sus demonios.

Solía tenerlos dominados pero a veces vencían su resistencia y rehuían la prisión de su autocontrol—. Abajo, monito araña.

—Tengo una idea. Ve al estar y espérame allí.

—¿Por qué?

—Shhh. Es mi turno de sorprenderte.

Eira desplegó su rapidez por toda la casa. Corrió a la cocina, apagó el horno y lo que hervía en la hornalla, después rescató la caja de zapatos y desapareció escaleras arriba hacia la habitación. Cuando se quedó solo, dudó.

De pronto, el equipo de sonido se encendió por su cuenta y una canción surgió de la nada.

Más que una canción, un anuncio de lo que venía.

No podía estar más excitado si probara medicinas.

Ella era su Sildenafilo. Su Viagra. En un abrir y cerrar de ojos podía tenerlo duro y alzado con solo desaparecer y programando una canción a distancia. Dios, que maravilla de mujer. Su mujer.