Capítulo 27
—¡Megan, tu hija está aquí!
Vivir en el mismo barrio y en la misma calle desde que naciste, puede tener consecuencias como ese grito, llegado desde la vecina de dos casas antes de la de tus padres, avisándole a tu madre que trabaja en el jardín, que has llegado.
Era casi como un pregón medieval. Megan Downie estaba arrodillada sobre la tierra de su jardín, removiendo los canteros para plantar una nueva variedad de jazmines.
Se incorporó y la miró, sosteniéndose el gorro de paja que complementaba su atuendo cien por ciento Sarah Kay.
—Hola, mamá.
—Y mira a quién ha traído el viento. ¡Edwin!
—¡Ya escuché! ¡Ya escuché!
El padre de Lean bajó las escaleras y abrió los brazos para recibir a su hija.
—Hola, papá.
—Ya te estaba extrañando.
Se dejó abrazar. Dejó que la sensación de seguridad y amor la envolviera como solo la presencia de su padre podía ofrecerle. No importa cuántos años pasaran siempre sería la niñita de papá.
—Me estoy poniendo celosa.
Edwin estiró el brazo y apretó a su esposa en un abrazo de tres. Y apretó más fuerte hasta que las dos mujeres se quejaron por no poder respirar
—¡Ahora me estoy poniendo azul! —dijo entre risas.
—¡Mujeres! No puedes vivir con ellas, no puedes vivir sin ellas.
—¡Qué lindo que hayas venido! Y justo para la hora del té.
—¡Vamos! Quiero comer el budín de naranja que preparó tu madre.
Megan siempre preparaba budín de naranja y su cocina olía al manjar recién salido del horno.
Entrar allí era como retroceder en el tiempo, y verse a sí misma de un metro veinte, dos coletas, chupándose los dedos de la cobertura de chocolate sin enfriar, una de sus variedades favoritas.
Hoy el glaseado era blanco y estaba en el marco de la ventana enfriándose.
Mientras su madre se aseaba, ella se encargó de poner el agua para el té y sacar las tazas del aparador.
Mirando el mobiliario y el estilo, no era de extrañar que ella destilara corazones al caminar, era hija de su madre.
Con su padre se pusieron al día mutuamente de sus actividades laborales, las novedades familiares y los chismes barriales.
Él era una especie de radar de largo alcance que iba captando todo lo que sucedía en un radio de diez cuadras, nunca supo si era el aura de confianza y confidencia que desprendía o que la gente suponía que por ser hombre no se colgaba de los chismes, pero siempre era el primero en enterarse de las mejores y las peores novedades del barrio que la vio nacer.
Su madre tenía su propio mundo interior, rodeada de flores y plantas, de libros y pinturas.
Era una artista en todas las áreas que tocaba, desde el paisajismo hasta la pintura al óleo, desde el croché hasta el patchwork.
Su casa era un muestrario de sus diferentes aficiones por épocas, y toda ella un santuario a la diosa Lean.
Fotos de todas sus edades. Diplomas, trofeos, trabajos, obras de arte del jardín de niños y muestras de sus mejores diseños florales.
Un estante de dos metros con una colección de antiguas cámaras de fotos, afición que compartía con su padre, y por debajo una pared completa con sus mejores fotografías enmarcadas.
Nunca habría una niña más amada, mimada y valorada que Lean Downie, incluso al borde de la asfixia.
—¿Cómo está Andrew?
—Bien... De él y de mí quería hablarles.
Megan y Edwin se miraron y la casa tembló con su emoción.
Lean rodó los ojos internamente. Conocían a Andrew desde que nació, porque sus padres eran mejores amigos desde la escuela secundaria.
Dean y Charlotte Staton vivían a una calle de ahí y además de compartir su amistad personal, actividades, y amistad de sus hijos, tenían trabajo en conjunto; de hecho, Dean y Edwin habían fundado Narcissus, y cuando Andrew y Lean cumplieron los dieciocho años, la pusieron a nombre de ellos mientras se expandían a un negocio más ambicioso: un vivero comunitario en las afueras de Edimburgo, que se sostenía con las obras de reforestación y parquización que coordinaba Dean Staton, contratista de la ciudad desde hacía más de veinte años.
Charlotte llevaba la administración de ambas empresas y Megan los asesoraba en cuestiones de paisajismo.
El sueño de los Staton y los Downie era que sus hijos se unieran en matrimonio, pero algo no salió como ellos lo planearon, cuando se enteraron de que Lean y Andrew estaban enamorados del mismo cantante pop.
Por supuesto, Andrew recibió apoyo incondicional de todo su entorno desde el minuto uno, pero cuando los veían juntos, el cartel de neón que colgaba sobre sus cabezas era visible desde Inverness: "Quiero un nieto con los ojos de Andrew y la sonrisa de Lean".
El cartel se encendió sobre los padres de ella.
—¿Qué pasó contigo y Andrew? —preguntó Megan, tan ansiosa y expectante que estaba a punto de saltar sobre la mesa.
—Nos vamos de viaje... Y necesitamos tu ayuda con la florería.
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! ¡Cuenta conmigo!
—dijo su madre, que parecía en una carrera de velocidad hacia el teléfono más cercano para llamar a su amiga Charlotte.
Si algo tenía Megan era una imaginación prolífica, por no decir exacerbada—.
Será un placer quedarme en la florería. Y ahora dime, ¿A dónde se van?
—Vamos a un crucero los...
—¡Oh! ¡Qué hermoso! ¿Y a dónde? ¡No! ¡Déjame adivinar! ¡Caribe norte! ¿Salen desde Miami?
—No, mamá. Costa Amalfitana. Italia. —Megan gritó. Gritó de emoción, con anhelo. Se llevó las manos al pecho, en una pantomima que bien podría ser un orgasmo o un infarto. Edwin estaba tan sonriente que no podía ni hablar y Lean disfrutando tanto el momento que no quería privarse de la diversión.
—Es el lugar más romántico del mundo. Italia. Tierra de cantares. De pasión.
—Sin duda... —dijo por lo bajo, suspirando por Gabriel.
—¿Y cuándo se van? —se las arregló Edwin para articular.
—Esta semana. Queremos estar un par de días en Roma y después embarcaremos.
—¿Así? ¿Tan pronto?
—Se combinó todo. Las chicas tienen vacaciones y tiempo libre... Así que...
—¿Las chicas?
—Sí. Eira, Cat y Jannie, del club de lectura, ¿las recuerdas?
—Sí. Sí. Estuvieron en tu cumpleaños... —Megan estaba tan desencajada que no lo podía disimular—. Entonces, tú, Andrew y las chicas...
—Sí...
—Todos...
—Sí...
—¿Andrew no se va a sentir... excluido?
—¿Por qué? Es uno de nosotros... Tenemos muchas cosas en común. Las chicas lo adoran.
—Claro. Es adorable...
—Claro.
Megan apretó los labios para no hacer puchero. Edwin se apretó el puente de la nariz para contener la risa. Lean sonrió angelicalmente.
—Bueno, voy a llamar a Charlotte para contarle —definitivamente con mucha menos emoción que antes.
—¡Ve! ¡Dile que tendrás la florería toda para ti! ¡Diviértanse, chicas!
Megan abandonó la cocina. Edwin y Lean estallaron en risas. Rieron sobre la mesa hasta las lágrimas. Cuando se calmaron, el padre intentó reprender a la hija.
—Lean. Eso fue cruel...
—Lo siento. No fue intencional. Ella pensó lo que quiso. ¿Por qué no pueden asumir..?
—Todos lo tenemos asumido y queremos a Andrew como es, pero...
—Papá, con peros no funciona. Tú me amas sin peros, ¿verdad?
—Sí.
—¿Entonces?
—Entonces... Vayan y diviértanse. Nosotros nos encargaremos de tu florería.
—¡Gracias, papá! —Lean se estiró sobre la mesa y abrazó con fuerza a su padre.