ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Eira entró con sus propias llaves al edificio donde funcionaba la empresa en la que trabajaba.

Andrew y Jannie la seguían en silencio, ofreciéndose para el nada agradable deber de acompañarla para buscar el resto de sus cosas y renunciar a su trabajo.

Una vez bajado el efecto del alcohol, llorado la resaca y un desayuno tardío, sentía como si pudiera ver las cosas con otra claridad.

Estaba herida, profundamente dolida. Una palabra había sido un punto de inflexión para su relación, y aunque sabía que pudo haber sido producto del enojo y de la bola de nieve que crece descontrolada en una pelea, su parte sensible e irracional sangraba.

Tomó aire antes de subir las escaleras y avanzó.

Josh estaba sentado en su escritorio y apenas levantó la vista de los papeles que revisaba, con el semblante pálido y ojeras de no haber pasado una buena noche. Eira se quedó en el umbral de la puerta.

—Buenos días...

—Buenas noches —Su tono de voz era agrio.

Estaba enojado. Enojadísimo. Cuando él se puso de pie, ella retrocedió, y Andrew salió de su escondrijo, entre la pared y el rellano, a un escalón de distancia.

Sintió en su baja espalda la mano de su amigo, conteniéndola; Josh lo fulminó con la mirada.

Con testigos, los ánimos del hombre se calmaron, pero solo de palabra.

Él no era un hombre violento, pero hay que temerles a las corrientes bajo la superficie calma, y Eira lo había visto enojado más de una vez.

—Iba a preguntar dónde estuviste anoche pero ya veo...

—Buenas tardes, Josh... —dijo Andrew, presionando a Eira para que avanzara y entrando a la oficina, seguido por Jannie.

—Hola.

—¿Tanto miedo me tienes?

—No es miedo... Necesito ayuda para llevarme mis cosas.

—Creo... Que deberíamos hablar un poco más calmados antes de que... sigas adelante.

—No se trata de hablar...

—¿Y pretendes tirar por la borda siete años de historia por una discusión? ¡Eira! ¡Por favor! ¡Eres más inteligente que eso!

—¿Lo soy? ¿De verdad? ¿Escuchaste lo que me dijiste ayer?

—Cariño...

—¡No me digas cariño, Josh! Estoy triste... Estoy rota...

—No...

—Yo hice todo por ti... He tratado de ser mejor cada día para estar a tu altura, para merecerte... Pero para ti sigo siendo una niña a quien cuidar, y no quiero eso.

—Eira...

—No quiero ser menos. Quiero ser igual. Quiero ser más.

—¿No quieres que te cuide? ¿No quieres que te ame?

—No quieres casarte conmigo...

—No es así... Nena... —Eira levantó una sola mano para silenciarlo. "No hables, yo sé lo que piensas..." le dijo sin decir nada.

—Me quiero ir, Josh. Renuncio. No quiero ser más tu empleada, y todo lo que eso implica: la ayuda memoria de tu ex, la asistente de tu hijo, la lleva y trae de tus críos.

Como si pudiera, Josh palideció aún más.

Se quedó quieto, mirándola con la boca entreabierta como para decir algo, replicar, pero no...

No hizo nada de eso. Eira inspiró y se tragó las lágrimas.

Quería llorar, pero no quería. Quería que él hablara, pero no quería.

Quería que la retuviera, pero no quería.

Había dos lobos en su interior peleando a muerte, tirando dentelladas que hacían salpicar sangre y dolor a su alrededor.

Lo que necesitaba en ese momento era espacio, aire, saber qué era lo que realmente quería.

Algo en su interior se había roto. Una grieta.

Había una luz saliendo de allí. Ella. Necesitaba saber quién era para saber con quién quería estar.

El dolor en los ojos de Josh era un reflejo del suyo, y ver esa pena muda lo hizo amarlo más, si se podía.

Pero necesitaba irse para poder saber si podía volver. Si debía volver. Si quería volver.

Josh la miró otra vez, miró a su escolta.

No sabía que hacían Andrew y Jannie a sus espaldas, pero estaban allí.

Quizá todo se hubiera desarrollado de otra manera estando sola, pero así estaban las cosas.

Apretó los labios e inspiró. Firme e inclaudicable por fuera.

De rodillas y rota por dentro. Lo vio volver a sentarse y tomar su teléfono.

—Hola, Courtney. Sí, soy yo. Está todo bien. Quería hacerte una consulta sobre una liquidación de sueldo —Hablaba con su contadora. Levantó los ojos y la miró— Eira está bien... Sí... Exactamente... ¿Cómo lo calculo?

En toda su postura de jefe, Josh anotó varios números en su portapapeles y terminó la llamada.

Tomó la calculadora del otro extremo, ella hubiera usado una planilla Excel pero él no sabía cómo hacerlo.

Hizo varias cuentas y sacó del primer cajón la chequera de la empresa.

Firmó el cheque, lo arrancó y lo estiró hacia ella.

—Aquí tienes. Si hay alguna discrepancia con tus cálculos, lo arreglaremos después con el estudio. —Eira tomó el cheque y miró la cifra. Era siete veces más de lo que había calculado.

—Esto es... Demasiado.

—Estás despedida. Es la liquidación que te corresponde.

—No... Pero... Yo...

—Tómalo. Y ven a cenar esta noche a casa. No eres más mi empleada. Eso ya lo solucionamos. Pero necesito...

—Lo siento, Josh. No es sobre lo que tú necesitas. Me voy con Andrew y las chicas de viaje. Es lo que yo necesito. Dejaré las llaves en casa...

—¿De viaje? ¿Cuándo? ¿A dónde? ¡No puedes irte así!

—¿Así cómo? ¿Sin pedirte permiso? —Josh no contestó, o no del modo tradicional. Pegó un golpe fuerte en la mesa que sobresaltó a todos los presentes. Cuando se puso de pie, y en toda su altura pareció enorme e intimidador, Andrew volvió a aparecer a sus espaldas.

—¿Terminaste aquí?

—Sí.

—Entonces podemos irnos. Buenas tardes, Josh. —Casi la empujó a la salida y escuchó a Jannie con un hilo de voz mientras bajaban las escaleras.

—Adiós...

Cuando atravesó la puerta de salida, sintió el rush de adrenalina en las venas, como un cóctel de los de anoche, una parte de miedo, otro de libertad, agítese con energía y bébase sin respirar.

Miró para ambos lados de la calle y encontró su camino con paso enérgico, veloz, de cara al viento, con el cabello flotando a su ritmo, hablando para sí.

—Bueno, está hecho. Necesitaba un cierre. Necesitaba verlo a los ojos. Estuvo bien. Salí entera. No lloré delante de él. No puedo creer que no haya llorado. Hubo un momento en que creí que no lo iba a lograr.

Jannie quiso apurar el paso detrás de ella, pero Andrew la detuvo.

Desde donde iban quedando retrasados podían escuchar su diatriba desesperada, una catarata de palabras para convencerse, consolarse, mientras cruzaba la calle sin mirar el tráfico, sin ver la gente que pasaba de largo.

Su paso y su intensidad iban aminorando, y su voz iba cayendo en una cadencia que iba desnudando, capa tras capa, su centro, de la euforia y el miedo, a la tristeza y el dolor.

—No me detuvo. No le importó. Me sacó de encima como quien se despereza un mal sueño. Esto estaba condenado a morir así. Como siempre, terminé escapando en lugar de pelear. Como siempre terminé peleando sola.

Cuando Andrew y Jannie la alcanzaron, Eira se apoyó en una pared, con las manos en la cabeza, los dedos enterrados en el cabello, y se derrumbó hasta el piso.

Decían algo, la estarían consolando, dándole fuerza, sosteniéndola.

Mirando abajo, las lágrimas estallaban contra la vereda de concreto, dejando una marca negra.