Capítulo 25
El frente de su casa estaba vacío, su padre ya se debía haber marchado al trabajo.
Entró con cuidado de no hacer ruido, pisando los bordes de la escalera de madera para que los tablones no chirriaran.
Había descubierto el secreto cuando tenía dieciocho, era por eso siempre lo pescaban, desde los trece, cuando quería escapar sin llamar la atención.
La puerta de su habitación estaba abierta, señal que su madre había estado allí.
Ordenada, limpia y ventilada, con una pila de ropa impecablemente planchada y doblada sobre una silla, junto al armario, y su bolso de deporte con la camiseta del Barcelona asomando, eran su tarjeta de visita.
Sacó la portátil y los folletos, dejó todo en el escritorio y cerró las cortinas, era demasiada luz para él.
En la cómoda penumbra, se dejó caer en la cama y clavó los ojos en el cielorraso. Estaba agotado y los eventos del día no lo habían ayudado. ¿O sí? Se estiró para dejar el teléfono sobre el cargador inalámbrico pero los brazos de Morfeo lo apretaron hasta no dejarlo respirar.
Despertó cuando era de noche otra vez, con su madre sosteniendo una bandeja con comida mientras husmeaba su escritorio.
—¿Qué estás mirando? —dijo, con un tono suficientemente fuerte como para sobresaltarla. Sylvia dio un saltito y ahogó un grito al verse descubierta. El vaso tintineó pero no llegó a caerse.
—¡Lo siento! ¡Lo siento!
—Eres imposible... —Max se sentó, restregándose la cara. Su madre dejó la bandeja junto a él y volvió a mirar los folletos.
—¿Qué es esto? ¿Te vas de vacaciones?
—Lo estoy pensando…
De pronto la vio entretenida con otra cosa, algo que había acaparado su atención lejos de sus posibles vacaciones.
Se puso de pie y llegó al lado de su madre: Ella estaba ordenando los marcadores y resaltadores que tenía ahí, por tamaño y colores, según la escala RGB.
¿Cómo conocía él la escala RGB? Porque necesitaba saber bajo qué patrón ella ordenaba sus lápices de colores cuando iba a la escuela.
Así eran los dos, ella un caso y él la estudiaba.
—Así está mejor —Otra cosa que había aprendido por experiencia era a dejarla canalizar y evacuar su necesidad de orden y limpieza, porque si no se volvía insoportable. Una vez liberado el nudo del trastorno, casi parecía normal.
—Gracias, mamá —le dio un beso en la mejilla y se sentó, apartándola de su escritorio. Eso también funcionaba, ser agradecido y cariñoso.
—Entonces... ¿Un crucero?
—No lo sé…
—¿Será uno de esos de solas y solos? —inquirió, curiosa y cómplice. Él se encogió de hombros como si realmente no le importara— ¡Vamos! ¡Anímate! Tal vez conozcas al amor de tu vida y…
—No creo, mamá… —dijo, sentándose en su silla con rueditas y dándole un mordisco enorme a su sándwich favorito. Atrapó una cerveza. Estaba famélico.
—Tienes que hacerlo… Sé que suelen ser caros, pero podemos ayudarte si…
—El dinero no es problema.
—¿No te dan permiso en el trabajo? Te la pasas metido ahí… ¿Cuándo fue la última vez que tomaste vacaciones?
—No lo sé… —Hacía tanto que ni siquiera se acordaba. Sin relación alguna con lo que estaban hablando, o tal vez sí, el siguiente comentario de su madre lo descolocó:
—Ayer con tu papá vimos una película. "Soltero en casa"
Se atragantó de la risa al punto de escupir por la nariz la cerveza que estaba tomando. Agarró una camiseta de la pila y se limpió la cara y el escritorio.
—¿Qué?
—Esa, de Sarah Jessica Parker, que la contratan para que saque al hijo de la casa.
—¿La viste hasta el final? —La madre se quedó de piedra ante la contestación del hijo.
—Sí.
—Moraleja: si quieres que me vaya, solo dímelo.
—No quiero que te vayas... Es solo que... La gente habla... A mí no me molesta pero ellos dicen...
—Mamá... Qué importa lo que la gente diga...
—No me gusta que piensen que eres retrasado o gay, o un fracasado y por eso te quedas aquí.
—¿Y por qué esas cosas te suenan mal, o peor aún, sinónimos? Tú no eres así... ¿Qué pasó? —Suspiro. Exhalación. Silencio. Max giró en su silla y tomó las manos de su madre entre las suyas—. Puedes decirlo, no me voy a ofender.
—Tu tía Goldie llamó para decir que va a ser abuela. Aaron, el más pequeño. Ya tiene siete. ¡Siete nietos!
—Pero ella tiene cuatro hijos. Y todos empezaron a tener familia pasados los 30. No te atormentes más.
—Es que no lo puedo controlar...
—Sí puedes... —dijo mirándola a los ojos — Sí. Puedes. Tienes TOC, no síndrome de Burnout.
—¿Por qué no quieres irte?
—Porque soy feliz aquí. Me tratas bien. Me cuidas. Cocinas mi comida favorita. Yo tengo todas las razones por las cuales quedarme. ¿Por qué quieres que me vaya?
—No quiero... —dijo, rompiendo en llanto.
Max inspiró, resignado a su suerte, se puso de pie y la abrazó. Menopausia. Cuando levantó la mirada hacia la puerta, su padre estaba ahí, apoyado en el marco de madera con los brazos cruzados. Le suplicó ayuda con los ojos.
—Cariño...
Sylvia cambió de brazos, del más joven al mayor, sus dos amores, con las manos en el rostro, acalorada, triste, avergonzada por un cóctel hormonal que no estaba pudiendo controlar.
—Escucha... ¿Por qué no te cambias y vamos a cenar afuera? Tú y yo. Podemos ir a ese restaurante que tanto te gusta en Church Street.
—¿Riva?
—Exacto. Podríamos ir caminando… la noche es agradable.
—Pero Max...
—Max es grande y estará bien. Estoy hablando de ti y de mí.
Ella cambió de humor en un instante, víctima de un síndrome bipolar hormonal que la tenía en una montaña rusa. Debería hablar con su médico para ver si necesitaba medicación. Ella se limpió las lágrimas y sonrió. Los dos hombres también.
—Te dejaré algo preparado en el refrigerador.
—Olvídalo, mamá. Yo me encargo. Ve a arreglarte.
Cuando se fue, y padre e hijo quedaron solos, se miraron nuevamente, entre cómplices y sobrevivientes.
—Lo llevas bien...
—Tiene días mejores que otros, esto es excepcional. El problema es que enfoca toda su atención en ti, es lo que siempre hizo...
—Y ahora se agudiza. Quizás un suplemento hormonal podría ayudarla.
—No lo sé... Tú eres el experto.
—Papá, yo hago perfiles criminales...
—Lo que sea... —Su padre le palmeó el hombro y salió de la habitación. Max se dejó caer de nuevo en la silla, intentando no reflexionar sobre su vida.