ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

En Canadá eran las seis de la tarde y Dan estaba en el fondo del local, cortando con precisión, según el molde, las piezas de madera para el juguete que estaba preparando para Hannah.

Estar concentrado en una tarea con detalle enfocaba su mente y no lo dejaba pensar, mientras la música en sus AirPods le daba un ritmo pacífico a su trabajo.

Como si un reloj interno hubiese dado la hora, levantó los ojos y enfocó en el de verdad, cuyas manecillas se alineaban a la hora de salida.

Se enderezó y estiró la espalda; se quitó las gafas de seguridad y los guantes, se sacudió de encima las virutas de madera y levantó la pieza a la que le faltaba un último lijado antes de pintar.

Tal vez podría dejarla sin color, pensó, mientras la ponía en la caja junto a la casita de muñecas que le había hecho a Amber.

Se repitió mentalmente que los regalos hechos a mano tenían un valor adicional para no recriminarse el no ir a la juguetería del pueblo y gastar una pequeña fortuna en alguna muñeca moderna.

Banff era casi un pueblo turístico todo el año, muy cerca del parque nacional, con una comunidad que nunca superaba los diez mil habitantes, casi todos dedicados a atender los caprichos de los visitantes.

Trabajar en la ferretería local le ahorraba el trato con los foráneos, pero eso no era sinónimo de escapar del fastidio.

Su padre ya se había marchado, apurado para ayudar a ultimar los detalles del cumpleaños de su madre, aunque la inminencia de otro aniversario no les dejara mucho margen para festejar.

Lo que sea, pensó, mientras se metía en la chaqueta abrigada, manoteaba su libreta de mano, la metía en el bolsillo de su pantalón cargo y se preparaba para cerrar el negocio familiar sobre Bear Street.

Dio vuelta el cartel de abierto, sacó las llaves, todo en automático, y empezó el ritual de cierre. Llave arriba, llave abajo, alarma.

—¿Ya está cerrado? —Miró a un costado, pero no vio a nadie. Tuvo que desviar los ojos hacia abajo, a la vocecita que lo sacó de su concentración. Enarcó una ceja y miró el cartel que decía: “Lo siento, estamos cerrados” y todo el detalle de los horarios de lunes a sábado.

—Hola, señora Brown. Sí… ya está cerrado.

—Oh, qué pena… porque yo necesitaba tan solo comentarte que…

—Está cerrado, ya me estoy yendo… —Le dijo, apartándose de la puerta, y con un saludo militar, completó— Ya me fui.

—Lo que pasa es que hace unos días le compré a tu padre unos tornillos, una caja de 350 tornillos Phillips, que necesitaba mi esposo, y cuando terminé de contarlos, había 349.

Dan se detuvo sobre sus pasos y la miró con gesto de ¿Es en serio?

—¿Qué?

—Los conté dos veces antes de venir a hacer el reclamo. Bertie necesita 350 tornillos y…

—Señora Brown… —Quería decirle lo loco que era que hubiera contado los tornillos, no solo una, sino dos veces, y que después hubiese venido a reclamarle un tornillo.

Recordó una película que había visto en Roma, no recordaba de dónde era, pero siempre le pareció irónico, sino desopilante, que el ferretero gruñón contara el contenido de las cajas de clavos y tornillos, y que después hiciera el reclamo por teléfono al fabricante.

¿Cómo se llamaba? ¿Una historia de China? ¿La leyenda del chino?

La señora Brown lo miraba como si realmente esperara que él abriera de nuevo la ferretería.

—¿Y?

—Vuelva mañana a primera hora, señora Brown, y con gusto le daré su tornillo.

Terminó la frase tragándose la risa de su casi chiste. Ella no lo captó y lo siguió hasta su camioneta, ofendida.

—A mi marido no le va a gustar eso.

—Pues dígale a su marido de mi parte… —respiró profundo antes de terminar la frase que le vino a la cabeza— Que mañana a primera hora los espero para darle el tornillo que le falta.

La señora Brown se infló como si fuera a explotar. Dan sonrió angelicalmente.

—¿No es suficiente? ¿Le falta más de un tornillo?

Soltó una carcajada y abrió la puerta de su vieja y querida camioneta Ford, trepando antes que la mujer se despachara con algún insulto. Mañana lidiaría con ella, se dijo, o tal vez lo hiciera su padre; todavía le faltaba llegar a casa y afrontar el cumpleaños.

Antes de poner la llave en el encendido, sacó su teléfono y buscó en Google, en italiano, “ferretero que cuenta tornillos” y le apareció un video de YouTube de la película que había visto algunos años atrás en un festival de Roma.

Mientras se desarrollaba el video, aparecieron los avisos de mensajes entrantes, del otro lado del mundo, como si los hubiera invocado en italiano.

Resopló bajo, porque sabía de qué venía la conversación, mientras hacía un cálculo mental de la diferencia horaria.

Debían ser alrededor de las dos de la mañana en Roma.

¿Paolo sufría de insomnio o estaba atascado con alguna de sus estrellas en un evento nocturno?

Pensó que la segunda opción debía ser la acertada.

#Paolo# Ciao, Dan.

#Paolo# ¿Cómo estás?

#Paolo# ¿Ya saliste del trabajo?

#Paolo# ¿Tienes un minuto para hablar conmigo?

Clavó el teléfono en el soporte amurado de la rejilla del aire acondicionado. Presionó el icono de llamado en el diálogo y esperó, mientras se recriminaba haber abierto el video. Todo iba a ser como la película, “Cosa piove dal cielo” o su título original, “Un cuento chino”.