Capítulo 18
El chofer abrió la ventanilla y digitó el código de seguridad del portón de entrada al edificio para dejarlo en la puerta. El portón se deslizó lentamente, rompiendo el silencio de la madrugada
—Descansa —dijo Paolo sosteniéndole la puerta abierta— Mañana será un día tranquilo. Te llamaré después del mediodía.
—Prego. Ciao.
Bajó de la camioneta y atravesó en dos zancadas la escalera que lo separaba de la entrada del edificio. La puerta se abrió a su comando y saludó al guardia de seguridad con una mano en alto. El ascensor lo esperaba y lo llevó seis pisos sobre el pavimento hasta su ansiada morada.
El departamento estaba en esa cómoda penumbra que tanto le gustaba, apenas rota por el reflejo de las luces de la ciudad a sus pies, mucho más que una metáfora.
Se despojó de su chaqueta roja y vació los bolsillos en la recepción, mientras su fiel compañera, su perra Júpiter, se acercaba a saludarlo con el amor de siempre, incorporándose en dos patas para apoyarse en su pecho.
—Está bien. Yo también te extrañé. Vamos a dormir.
La perra se adelantó a su amo, pero en lugar de encaminarse escaleras arriba, fue a sentarse junto a su sillón favorito.
¿Qué estaba haciendo? Al poner un pie en la sala de estar, la vieja lámpara Tiffany pareció encenderse sola, develando una figura ocupando su lugar en el viejo sillón Berger de terciopelo.
—¿Pater? —dijo, en latín, esa vieja denominación que todos los padres de su linaje, recibían como reconocimiento de sus hijos— ¿Qué haces aquí?
—¿Necesito invitación para visitar a mi hijo? —masculló, un poco indignado.
—No… por supuesto que no. Pero es tarde… ¿Mamá sabe dónde estás?
—¿Necesito pedir permiso a tu madre para salir? —Se tragó las ganas de poner los ojos en blanco, su educación y respeto hacia los adultos mayores no le permitirían jamás tal agravio.
—No.
Si seguía preguntando, seguirían girando sobre la misma diatriba, así que se llamó a silencio y se cruzó de brazos, esperando.
—Quería saber cómo estabas.
—Estoy bien.
—Estuve hablando con Paolo…
—¿Tú? ¿Con Paolo?
—Nada serio ni formal… simplemente poniéndome al tanto de algunas cosas de tu carrera.
—Ya no soy un adolescente al que debes controlarle la carrera… Yo lo puedo hacer solo y muy bien…
—¿Estás seguro?
Desde donde estaba, parecía un viejo señor de la mafia, aunque solo era un viejo actor retirado queriendo aferrarse a la fama de su hijo. Hubiera dado rienda suelta a su indignación si las palabras que siguieron no lo hubieran enmudecido.
—¿Quiero saber qué estás haciendo para solucionar el asunto de las fotografías publicadas por la periodista esa?
—Yo… no tengo nada que hacer… eso decantará en el olvido como…
—¡Eso no va a quedar en el olvido! ¡Nada de lo que dice la prensa queda en el olvido!
Gianluca Grecco se puso de pie y levantó la voz con la misma intensidad de sus palabras
—Ese rumor destrozará tu carrera… pero no solamente eso, sino que mancillará la historia y el honor de nuestro linaje.
—Papá, por favor…
—¡No voy a permitir que se pisotee nuestro nombre!
—¡Estás exagerando! —dijo, y se dio media vuelta para dejarlo hablando solo con sus ínfulas de mafioso arrugado.
—No estoy exagerando… y lo sabes… y Paolo también lo sabe. No puedes dejar que se ponga en duda tu sexualidad. Esto no es América. Aquí eres un símbolo sexual codiciado.
—Soy un actor…
—¿Realmente crees que tu fama y tu fortuna se sostienen en tus dotes actorales?
—¿Y en qué se sostienen según tú?
—En tu rostro, en tu impronta, en tu físico, en tu linaje, en tu historia de seductor…
Gabriel lo miró por encima del hombro, identificando la verdad detrás de su griterío.
Celos, envidia, pero también el dolor de ya no ser.
Su padre no terminaba de hacer el duelo de una carrera terminada, porque en su caso, una vez que la apariencia se marchitó, el envase quedó vacío.
Él trabajó mucho y durante mucho tiempo para ser algo más que un envase bonito, quería ser recordado por algo más que un semental dentro y fuera de la pantalla.
—Gracias por el voto de confianza… Si me disculpas, padre, estoy cansado… y mañana tengo que trabajar.
Golpeó su costado con una mano y ahora sí Júpiter se encaminó escaleras arriba, rumbo a la habitación. Sin mirar atrás, empezó a alejarse.
—Como no necesitas invitación para venir a mi casa, espero que te sientas libre de marcharte cuando gustes sin que tenga que acompañarte hasta la puerta.
—Escúchame Gabriel, y escúchame bien… —dijo, llegándose hasta el pie de la escalera cuando él la promediaba— Quiero que soluciones este entredicho antes que tome ribetes de escándalo. Todavía estás a tiempo.
Se detuvo y miró hacia abajo. Podía decirle mil cosas a su padre, pero prefirió callar y que las aguas se calmaran.
—Gracias por tu preocupación, padre. Lo tendré en cuenta. Ahora, si me disculpas…
—Gabriel…
—Sabes dónde está la puerta, ¿verdad?
Antes de terminar la frase, lo vio desaparecer por un costado y cerrar de un portazo, dándole la satisfacción de dejarlo con la palabra en la boca, y el eco de la puerta retumbando en la soledad y la oscuridad.
Se fue desnudando de camino al baño, la ropa cayendo a sus pies en cada paso.
Volvió a la habitación, rodeó la cama enorme, arrojó los almohadones decorativos al piso, no tenía paciencia ni fuerzas para ordenarlos, y se metió bajo las sábanas de algodón frías.
Miró al techo y saboreó el instante: Amargo, solitario y vacío.
No quería darle vueltas al asunto, había agotado todas sus fuerzas luego de una jornada extenuante de promoción. Paolo tenía razón, solo necesitaba un pequeño esfuerzo más, unas merecidas vacaciones y un nuevo comienzo del otro lado del mundo.
Palmeó dos veces a su lado y Júpiter subió de un salto al colchón. Dio dos vueltas sobre el nido compartido y se acomodó pegando su flanco al de su dueño. Gabriel metió la mano en el pelaje frondoso y se permitió perderse en sus pensamientos hasta encontrar el hechizo del sueño.