Capítulo 16
Un enjambre hambriento de gloria cercó a Gabriel Grecco junto a una vieja fuente en el moderno Centro Comercial de la Vía Tiburtina, donde se había congregado una pequeña multitud para saludarlo después del desfile a beneficio de la Casa Cuna, de la que él era padrino honorario.
Era un evento pequeño que se llevaba a cabo todos los años, pero en esta ocasión parecía tener un condimento diferente.
Veinte flashes se disparaban intermitentes ante los ojos de la joven estrella europea que veía abrirse el camino del éxito y la fama mundial como las aguas del mar Rojo ante los brazos abiertos de Moisés.
Con su actuación había logrado llamar la atención de Hollywood y ahora era su momento.
Por eso decidía, en una importante y arriesgada movida, abandonar su patria y establecerse definitivamente en los Estados Unidos.
Parecía que era el momento para que el mundo moderno, como la vieja Europa, cayera rendida ante el encanto del actor.
—¡Gabriel! ¿Cómo te sientes?
—¡Feliz! El amor del público es algo que me alimenta el alma y me ayuda a seguir adelante.
—¿Qué dicen tus fans que te marchas a Norteamérica?
—¡Que vuelva pronto!
—¿Lo harás?
—¡Claro que sí! Tengo a mi familia, mis amigos, mis afectos aquí. No puedo trasplantar toda la bella Italia en la pequeña Italia, así que...
Hubo risas generales y más flashes. Las luces blancas rebotaban como destellos de estrella en la chaqueta de color rojo brillante que vestía esa noche.
Su cabello caía algo desordenado sobre sus ojos claros, toda una marca registrada que enamoraba a cuanta mujer cruzaba su paso.
De todas las voces, una se alzó sobre las demás.
—¿Tienes algo que decir sobre la última publicación de la revista CHI?
Se sintió como si el mundo se paralizara. Por un momento ni el agua de la fuente pareció moverse, mientras Gabriel buscaba con la mirada el origen de la voz. El periodista enarcó una ceja y sonrió. Él también, consciente que en algún momento tendría que afrontar esa pregunta, y esa publicación.
—¿La revista Chi? Soy un número fijo en sus publicaciones… Están conmigo siempre… —Y queriendo desestimarlo, miró alrededor— ¿Algún fotógrafo de CHI en la sala?
Varios levantaron la mano y hubo unas cuantas risas, pero nada significativo, las revistas ya no tenían fotógrafos fijos, y en esos tiempos cualquiera con un buen teléfono móvil era un paparazzo potencial.
—Sabes de lo que hablo… y si no lo sabes, tu equipo no está haciendo las cosas bien.
—Mi equipo hace las cosas maravillosamente bien, tú no te preocupes por eso —dijo, tanteando a ciegas a su derecha, donde siempre estaba apostado Paolo— No puedo responder por cada cosa que se publique en los panfletos de chismes, si todo fuera verdad, tendría más amantes que Calígula, más esposas que Ziona Chana y más hijos que Gedeón.
No me da la vida para cumplimentar sus expectativas. Si no eres específico…
—Específicamente la nota sobre tu sexualidad firmada por Janette Cassini.
—¿Mi sexualidad?
—Tu homosexualidad… —Hubo un conmocionado silencio, al menos para él, un segundo que pareció eterno, hasta que una fanática gritó a viva voz.
—Perra celosa… lo dice porque no te conoce
Otra vez las risas, las voces femeninas de apreciación, afirmando, y aplausos, vaya a saber Dios de dónde. Gabriel saludó a los flashes y buscó con la mirada a la fanática gritadora.
—Cara… Carísima Janette, estoy a tu disposición para cuando quieras que hagamos una entrevista… y Dios diga que más. Y tú… —dijo, señalando a la fanática— Ven aquí.
Vio a Paolo hacerle una seña a alguno de sus periodistas aliados para que encausara las preguntas a puerto seguro.
—Gabriel, ¿te vas solo a América?
—Por el momento, sí.
—¿Y cómo está tu inglés?
—He estado practicando con un profesor muy eficiente, así que ya logro tener una conversación fluida, pero con mucho acento.
—¿Eso es bueno o es malo?
—Mi agente dice que es bueno. El italiano es sexy.
El caballero rampante arrancó más aplausos, gritos y suspiros.
Más flashes estallaron ante sus ojos y llegaba la hora de despedirse.
Paolo Vursky, su manager local, empezaba a arriar la marea humana rumbo a la salida más cercana.
La fanática defensora a ultranza de su virilidad llegó a su lado mientras se acomodaba el escote pronunciado.
—La fuente que está a tus espaldas es mágica...
—Como todas las fuentes en Roma —le contestó, mirándola siempre a los ojos.
—¿Qué le pedirías?
Gabriel buscó en el bolsillo derecho de su pantalón. Sacó una moneda y la meció entre sus dedos mientras pensaba un deseo.
Las imágenes corrieron rápido, como en carrusel, tanto camino recorrido, tanta vida, tan expuesta desde siempre, tanta presión. Un poco de paz no le vendría mal, pero como sabía que lo que venía no iba a ser un paseo en Vespa. Prueba Ducati.
“Necesito vacaciones”, pensó, y sin decir una palabra, se puso de espaldas a la fuente, besó la moneda y la arrojó sobre su hombro; sin mirar atrás pudo escuchar el sonido del metal cortando el agua.
La fanática lo contemplaba, porque estaba más allá de la admiración, así que la honró con su atención, tomó ambas manos entre las suyas y las besó.
—¿Qué pediste?
—Los deseos no se dicen en voz alta, se develan.
—¿Puedo pedirte una foto?
—Seguro... —Ella sacó un teléfono inteligente y se acercó, apoyando sus atributos sobre su brazo mientras acercaba su rostro maquillado y estiraba el brazo para enfocarse. Sonrió y sostuvo la mirada al flash. La mujer aprovechó y rozó sus labios muy cerca de la comisura de los suyos.
—Grazie...
—A te —La vio derretirse sobre sus huesos mientras deslizaba en su mano una tarjeta. Él sonrió gentilmente y guardó el papel en su bolsillo. El operativo para salir del Centro Comercial ya estaba en marcha y debía apurarse.
Las luces y la gente fueron un borrón ininteligible y cuando todo se quedó quieto, ya estaba sentado en la comodidad de la camioneta Jeep Compass Limited que lo llevaba rápida y anónimamente por las calles de Roma hasta su casa.
Estiró las piernas y se recostó, dispuesto a descansar el tiempo que durara el viaje.
En el asiento delantero, su manager hablaba por teléfono, con tono poco amigable pero bajo, no llegó a entender de qué hablaba, o con quién.
Y estaba tan cansado. Cerró los ojos y trató de relajarse.
Los minutos pasaron sin registro, hasta que lo escuchó decir algo. Sin levantarse, preguntó:
—¿Qué pasa, Paolo?
—Nada…