ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Lean abrió la puerta del departamento de Andrew con su propia llave.

Claro que tenía una, como él tenía una copia de las de su casa, seis calles más allá.

Lo encontró sentado en el piso, rodeado de flores de diferentes estilos, admirando un arreglo eminentemente funerario, mientras Laetita, la empleada siria que trabajaba con ellos desde el año pasado, anudaba los tallos de otra corona para pasársela.

De fondo sonaba Queen, Love of my life. Suspiró.

—Y hasta que apareciste…—dijo Andrew sin dejar de observar críticamente los detalles de su arreglo— Iba a morir de hambre.

—La cena se extendió.

—Para variar...

—Hubieras cocinado.

—Sabes que no hago esas cosas, no insistas. Además, ya te lo había pedido, hubiera sido rudo de mi parte cocinar y haber comido, y hacerte gastar tiempo y dinero. Rudo e inútil. Y, además, me lo debías.

—Ok. Come y calla —le dijo, dejando en la mesa la caja de comida china que le había traído—. Laetita, ve a tu casa.

La joven mujer siria, envuelta en su turbante celeste bordado, se puso de pie y se inclinó con gesto de agradecimiento.

Lean la detuvo con una mano, eso no era necesario, pero no podía evitar que lo siguiera haciendo.

Por lo menos ya no lloraba cuando les besaba las manos, como al principio.

Le costaba pensar siquiera lo difícil que debió ser su vida, y lo afortunada que se sentía al tener una hermana en Edimburgo y que el gobierno escocés hubiera creado un programa para acoger refugiados.

Leer las noticias de los inmigrantes y sus historias de muerte, todos los días, le rompía el corazón.

Ayudaban con lo que podían, pero nunca era suficiente.

La siguió con la mirada hasta que se marchó.

—Tierra a Lean.

Andrew ya tenía su caja de comida china en la mano y la miraba con tristeza.

—¿En qué pensabas?

—Adivina...

Lean se quitó el abrigo, colgó su cartera y se metió en el medio del círculo de flores, dispuesta a ponerse manos a la obra.

—¿Cuántas te faltan?

—Dos. Haz tu magia.

—Tú ya hiciste la tuya.

—Cuéntame. ¿Qué dijo el ReadingTeam cuando se enteraron de tu nuevo amigo?

—Explotaron como fuegos artificiales. Cat me tiene arrinconada para que nos vayamos a Italia de vacaciones ya mismo.

—Y lo bien que hace. Me gusta esa chica. Me gusta mucho. Debería ser hombre. Tan inteligente, tan sexy, tan perversa. Definitivamente mi tipo de perra.

—Andrew...

—Perra con cariño. La quiero. Lástima que sea mujer.

—Cat es brillante, en todo el sentido de la palabra. Y es doblemente buena por ser mujer.

—Bien, señorita feminista...

—No soy feminista. Al César lo que es del César.

—¿Entonces vamos a Roma? A darle al César, digo...

—¿Estás loco?

—¿Por qué no? ¡Vamos de vacaciones!

—¿Vamos? ¿Y quién se quedará en la florería?

—El cartel de "Cerrado por Vacaciones"

—No podemos cerrar.

—Bueno, podemos decirles a tu padre y mi madre que se encarguen unos días. Laetita está bien preparada para salir del paso con los pedidos. Podemos hacerlo.

Lean se mordió el labio inferior y evitó mirar a Andrew. Él estaba así de entusiasmado y solo tenía la mitad de la información. "Dios, no permitas que se junte con Cat", rogó en silencio.

—¿Qué pasa? —¿Por qué mierda tenía que ser tan transparente?

—Saca mi teléfono.

En ese tipo de órdenes, Andrew era el perro más eficiente y rápido de esta galaxia. Se puso de pie de un salto, buscó en el bolsillo delantero de su cartera, donde siempre guardaba el móvil. Desbloqueó la pantalla y esperó.

—IG. Chat. Lee.

Andrew leyó. Subió y bajó por la pantalla varias veces.

Sus ojos subían y bajaban, sus pesadas pestañas caían y sus cejas acompañaban en su expresivo rostro, tan masculino y sensual que dolía, sobre todo en el imposible de que a ambos le gustaran individuos del mismo sexo.

Si fuera hetero, se hubiera enamorado perdidamente de él, descontado; pero si lo fuera, de seguro no sería lo cariñoso, carismático, sensible y especial que era.

No, Andrew era perfecto como era y no lo cambiaría.

Cuando Andrew levantó la vista del teléfono y enarcó una ceja como si estuviera a punto de matarla, Lean se sacudió y volvió a su labor.

—¿Vursky te invitó a Italia?

—¡No me invitó! ¡Por Dios! ¿Por qué quieren ver eso en su respuesta?

—Cuando tú le escribiste que lo guiarías en su visita a Edimburgo, ¿no lo estabas invitando?

—No.

—¿Internamente? ¿Secretamente? ¿Solapadamente?

—Bueno...

—¡Ahí te quería agarrar, señorita solapada! Si tú quieres invitarlo, ¿por qué él no?

—Porque... Porque... Porque...

—¡Porque eres una tonta!

Lean abrió la boca para responderle, pero la cerró. Era como discutir con una pared, de agua, bajo la lluvia. Imposible.

—Además —agregó Andrew, dejando el teléfono en la mesa y retomando su chop suey— Mientras tú estabas reunida con tus amigas, yo hice mis tareas, además del trabajo que nos mantiene económicamente.

—¿Vas a seguir restregándome por la cara que estuviste trabajando?

—Solo para que conste en actas.

—Bueno, ¿Qué tareas además de hacer coronas fúnebres?

—¿Sabías que Gabriel Grecco está en todos los portales de entretenimiento porque fue elegido para un importante papel en Hollywood?

—¡Por supuesto que lo sé! —replicó, indignada.

—Entonces asumo que entiendes lo que eso implica.

Lean se dio un momento para pensar como Andrew y conocer su siguiente movida, pero falló.

—¿Que hablará mejor inglés? Un inglés divino, sexy y rutilante con su sensual acento italiano.

—¡Se va al otro lado del mundo! Meses. Años Empieza una carrera que, si Dios lo guía y la suerte lo acompaña, porque talento le sobra, no parará de crecer.

—Sí. Y será aún más famoso...

—Sí. ¿Y sabes qué? Ya no lo manejará Vursky.

El último arreglo que Lean terminaba se le cayó de las manos.

—¿Por qué no?

—Porque acaba de firmar con Curtis Brown Agency, que representa a los mejores actores de Hollywood. Son los que tienen contactos allá. Vursky maneja estrellas italianas, europeas en el mejor de los casos. Hollywood no es su cosa.

—Me quiero morir...

—Deberías... Porque estás desperdiciando una oportunidad de oro para...

—¿Para qué? —le increpó Lean, poniéndose de pie.

—¡Para conocerlo!

—¿Y cómo, por todos los ángeles en el cielo, se te ocurre a ti que eso podría pasar?

—Si vas a Italia, y le dices a tu amigo Vursky que estarás de visita, supongamos, la semana que viene, casualmente la última semana de Gabriel Grecco en Italia antes de partir a Hollywood…

—Estás delirando...

Lean se inclinó y empezó a levantar los restos de flores, tallos y hojas, enojada con Andrew por alimentar un imposible y con ella misma por no atreverse a hacerlo; frustrada por sus miedos y sus inseguridades, por pequeñeces, cuando podría estar pensando en disfrutar la aventura de ir tras un sueño: conocerlo, verlo de frente, decirle a viva voz lo mucho que lo admiraba y en silencio, con la mirada, lo mucho que lo deseaba.

Andrew siguió hablando con su espalda, porque ella estaba en la cocina tirando la basura.

—No me hagas caso, estoy delirando, no leyendo las señales del Universo.

No estoy viendo la oportunidad de tu vida de tener ante ti al hombre que te hace soñar y te desvela como una adolescente.

Soy el único que lo ve, ¿verdad? Además, ¿cómo se te ocurriría pensar que pudieras merecer vacaciones, descansar, salir de una rutina gris y chata, ver el sol de la Toscana, las callejuelas de Roma, las góndolas de Venecia, las escaleras de Sorrento?

Lean, en la cocina, se cubrió la cara, como si con ello fuera a evitar escucharlo. Su voz la siguió y fue un susurro, ahora a su lado, muy cerca de su oído.

—Lean, te mereces el mundo y más. Yo te vi luchar contra la muerte.

Yo te vi sobrevivir a un accidente horrible, desafiar los diagnósticos médicos, afrontar operaciones, dolor, desahucio, y salir adelante del hospital para volver a la vida.

Los médicos te salvaron, pero tú te adueñaste de las circunstancias, de tus pensamientos, de tus miedos, no dejaste que nada te venciera.

Dime, Lean Downie, ¿dónde está esa chica que cuidaba todas las noches?

¿Para qué luchó sin tregua por vivir? ¿Para esconderse detrás de un mostrador de florería, de un libro o una pantalla? ¿Para eso querías vivir?

—Estás siendo injusto, Andrew.

—No. Estoy diciéndote que quiero que vivas esto.

—¿Para qué? ¿Realmente crees que Gabriel Grecco se fijaría en mí?

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Por supuesto...

—¡Qué importa! Si lo tienes enfrente, ¡Qué importancia tiene si le gustas o no! Ya decidirás tú qué hacer. ¿Quién podría detenerte?

—¿La policía?

—¡Exacto! ¡Esa es la línea de pensamiento que quiero que tengas!

—¿Para ser una convicta?

—¡Para animarte a vivir!

—¡Ay, Andrew! —dijo, arrojándose a su cuello, con lágrimas cayendo de sus ojos— ¿Qué haría yo sin ti?

—Trabajar.

Las carcajadas llenaron el viejo departamento de la esquina sobre la florería donde ambos pasaban la mayor parte de sus vidas. Vidas que definitivamente estaban por cambiar.

Lean siguió juntando los restos de flores del piso y Andrew se dispuso a terminar su cena.

—Hay champagne en el refrigerador.

—No cantes victoria, todavía no dije que sí.

En la mesa, el teléfono de Lean vibró. Andrew leyó el mensaje.

#Eira# Chicas, me fui de casa. Dejé a Josh.

#Lean# Soy Andrew. ¿Estás bien?

#Eira# Sí... No sé...

#Lean# Ven a casa. Lean está conmigo. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.

#Eira# Gracias. Estoy en camino. No quiero estar sola.

#Jannie# Voy para allá.

#Cat# ¿Dónde estás? ¡Voy para allá!

Lean se acercó a Andrew y leyó la conversación. Sin decir nada más, abrieron la puerta y bajaron corriendo las escaleras para esperar a Eira.