ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Cat llegó a su departamento hablando sola. No era la primera vez que lo hacía, era casi terapéutico hablarse a sí misma en voz alta, o convencida de que alguien más la escuchaba, alguien específico y especial.

—Todavía no sé cómo me siento. ¿Cómo me siento? —preguntó a su yo interior, mientras se descalzaba e iba a la cocina por una copa de vino. Otra más. Iba directo al alcoholismo. Pero su vida no la ayudaba. No. Para nada

—No estoy perdiendo el control con el alcohol, pero reconozcamos que hoy no ha sido un día fácil.

Dame un respiro. Es como si me hubiesen metido un sacacorchos en el alma, agujereando hasta lo más profundo, no para extraer sangre sino petróleo.

Ya mi sangre no es suficiente. Han venido por algo más.

Abrió un vino espumante de los que siempre guardaba en el piso superior del refrigerador, el más cercano al congelador, para mantenerlo frío y seco.

Desenroscó la tapa, se sirvió una copa colmada, y se fue a su habitación en medio de la oscuridad, llevando consigo la botella.

Era un murciélago en su casa, se movía milimétricamente entre los muebles sin tropezar.

Así subió las escaleras y encontró el borde de la cama.

Volvió a hablarle a su soledad como si fuera un amante tendido allí.

—En días como hoy, odio este vacío.

Llevaba el teléfono móvil en el bolsillo y lo revisó antes de beber un poco más. Había estado tan abstraída en la situación de Lean y su amigo italiano, después el club de lectura y la cena con amigas, que olvidó contestar los varios chats que quedaron relegados en WP. Ahora le hablaba al iPhone.

—Seis hombres. Ninguno me interesa, pero cualquiera me puede servir para pasar el rato. ¿Qué más da? Dos inservibles pero buenos en la cama. Dos medianamente inteligentes, pero poco dotados. Dos demasiado pagados y creídos, que no aceptan competencia. ¿Dónde estás, Mr. Big?

Levantó la copa y se la bebió hasta el fondo con los ojos cerrados.

—¿Sabes lo que nunca te voy a perdonar? Que te hayas muerto.

¿Por qué no pudieron respetar las leyes naturales?

¿No iba primero el abuelo? Todos hubiéramos estado más agradecidos, él incluido.

Tú hubieras sabido qué hacer. Tú hubieras dicho que no.

Tú hubieras peleado contra cualquier fusión.

Lo hiciste una vez. Ahora lo tengo que hacer yo.

¿Y sabes qué? Estoy cansada. Me quiero ir a la Toscana, a un tour de vinos y después a una isla griega donde los hombres se prostituyan y hagan cola para satisfacerme —Esperó un momento, escuchó el silencio y exclamó: —¡Y no! ¡No tengo un problema con la bebida!

Dejó la botella en la mesa de noche y el iPhone en su dock.

Se programó una carga aleatoria de música y al ritmo de ella se desnudó.

Encendió la luz del baño y bailó en la penumbra, admirando su cuerpo entre sombras y reflejos, y entre vuelta y vuelta se encontró husmeando en los cajones y encontrando un bikini blanco.

Se metió en el baño, cantando a viva voz “Bad Blood”, mientras se la calzaba.

Terminó la canción imitando a Taylor Swift frente al espejo. A su reflejo le habló.

—Dime, si eres tan buena en lo tuyo, si eres tan linda, inteligente, capaz, autosuficiente, divertida, espontánea, loca y libre...

¿Por qué no eres capaz de encontrar a un hombre que te merezca?

¡Contéstame! ¡Piénsalo un momento y contéstame!

—dijo, señalando a la rubia en el espejo— ¿Será que ese hombre no existe?

¿Será que no es un hombre? No... Tiene que serlo, me gusta demasiado el sexo heterosexual.

¡Oh! ¡Mierda! ¡Nunca debí ir a un psicólogo freudiano! ¡Me arruinó la vida!

Resopló, fastidiada, y volvió a la habitación.

Se quedó mirando la nada, sopesando sus pros y sus contras como si fuera a tomarse a sí misma una evaluación para contratarse como gerenciadora de su corazón.

Administrar todos esos atributos en el mundo en que vivían era como alimentar cerdos con margaritas. Un desperdicio. Pero, ¿Qué iba a hacer?

Esperó a ver qué canción empezaba a reproducirse, pero no: el teléfono se sacudió en su soporte y se iluminó con la alerta de un mensaje.

Si era alguno de los hombres, cualquiera, lo llamaría y aceptaría la propuesta con tal de sacarse a sí misma del sistema y dejar de pensar.

Lo tomaría como una señal divina, como un mensaje del universo para encaminar su maltrecho destino.

Parpadeó dos veces para aclarar la vista y leyó la cadena de mensajes, de principio a fin, dos veces.

Si la señal del destino estaba escribiendo desde el teléfono de Lean y era su amigo gay, definitivamente estaba jodida.

Pero como el centro del problema no era ella y su instinto de salvadora del planeta solía aparecer en todo su esplendor cuando una amiga estaba en problemas, tecleó rápido un mensaje y se dio a la tarea de cambiarse:

#Cat# ¿Dónde estás? ¡Voy para allá!

Encontró un pantalón de yoga y una chaqueta deportiva; se vistió sobre el bikini, acomodándose en un par de zapatillas. Se hizo de la botella, la copa y el iPhone antes de bajar las escaleras. Dejó los dos primeros en la cocina y buscó su cartera y las llaves antes de partir.

Se devolvió. La situación ameritaba refuerzos, así que abrió el refrigerador y rescató dos botellas frías de su espumante favorito.

Si su imaginación no la traicionaba, iban a necesitar ayuda en una noche muy larga.

Era una suerte que al día siguiente no tuviera que ir a trabajar, oficialmente cesante.