Capítulo 8
—Hola...
—Hola, hermosa —dijo Laoghaire, soltando la caja y acercándose a ella para saludarla con inusual afecto, no como si se vieran todos los días porque vivían juntas hacía tres años.
—Qué... ¿Qué pasó?
Laggie la tomó de la mano y la arrastró al sillón que estaba arrumbado a un costado. Dos tipos entraron por la puerta que estaba abierta y empezaron a llevarse las cajas.
—Oh, bueno... Me voy.
—¿Te vas?
—Sí. Me voy a vivir con Thomas, de hecho, nos vamos de viaje y a la vuelta empezaremos a convivir.
—Espera... —dijo, levantando las manos, intentando detener la catarata de información en pos de poder procesar algo—. Espera... pero. ¿Te vas así? ¿Sin avisarme?
—Te estoy contando.
—No. Pero... Escucha... ¿Así de pronto? ¿Pasó algo? Si yo no volvía... ¿Nunca me enteraría?
—Bueno, te darías cuenta… —Laggie rio y a Jannie se le desencajó la mandíbula— Es una broma. Claro que te iba a ver y te iba a decir. Siempre vuelves, no te quedas en otros lugares a dormir.
Eso y decirle que era una estúpida amargada sin vida, que solo trabajaba y leía, y cuyo único entretenimiento real era el club de lectura de los jueves, era básicamente lo mismo. Jannie la miraba negando, incrédula.
—Pero... ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hice mal?
—No eres tú, tontita. Simplemente se dio la oportunidad y la tomé. Escucha... Te dejaré el mes de renta pagado, completo, así no te complica los números hasta encontrar una nueva compañera de piso. O compañero.
—No es eso... —Su ahora excompañera de piso inclinó la cabeza y la miró preocupada. Cuando la compasión en su mirada llegó al límite de lo sustentable, puso los ojos en blanco y se apartó.
—¿Y qué es?
—Nada... Es solo que... Yo pensé que… el viaje a la India...
—¿Qué?
—Pensé que iríamos juntas.
—Bueno... Siempre puedes encontrar alguien más con quien ir.
—Sí, pero yo pensé que era un proyecto nuestro.
—Yo. Yo. Yo. Siempre pensando en ti, Jannie. Hay un mundo ahí afuera y no gira en torno a ti, señorita… — Era una broma. Tenía que serlo, o su sensor de idioteces se había roto y había perdido la delicadeza.
—Está bien... No importa.
Jannie se puso de pie y se descolgó la mochila mientras iba a su habitación. Escuchó el susurro de Laoghaire MacCoinnich, no sabía si dirigido a ella o al novio.
—¡Qué susto! ¡Pensé que iba a decir que estaba enamorada de mí!
Se dio vuelta y la miró extraviada. Levantó apenas los ojos y las manos al cielo en muda plegaria y lamentó no estar en el teclado de su computadora para gritarle con mayúsculas "¡VETE A LA MIERDA, LAGGIE!". Las palabras le venían a la punta de los dedos mucho mejor que a la punta de la lengua.
Cerró la puerta, arrojó la mochila en la cama y se fue hasta la ventana, que abrió de par en par, dejando entrar el aire de la noche.
Empezaba a hacer frío, tenía que sacar las mantas.
Desenfundó la laptop y puso a cargar la batería en su escritorio, conectada al hub central.
También puso a cargar su tableta y el teléfono móvil.
Mientras la portátil se iniciaba, se acercó a la pared y miró las pilas de libros que ya no cabían en su biblioteca.
Bueno, si Laoghaire se iba y ya no usaba la sala de estar para dar sus clases de yoga, quizá podría hacer su sueño realidad y montar una biblioteca de pared a pared, de piso a techo; de hecho, podría decorar bien el departamento, convertirlo en un hogar.
Y ahora que ya no tenía proyecto de viaje, podría usar sus ahorros y pedir financiación para comprarlo; en algún momento el dueño había dicho que estaba interesado en venderlo.
Incluso podía subalquilar la habitación libre y con esa plata pagar la cuota del préstamo, o una gran parte, sin tener que ahorcarse económicamente.
O podía adaptar el plan inicial e irse de viaje, con Lean y Cat, a Italia.
Repasó rápidamente sus libros y encontró el que buscaba: "Eat, Pray, Love" de Elizabeth Gilbert. Lo ojeó hacia delante y hacia atrás. Bueno, que su viaje empezara, como el de Liz, en Italia. ¿Quién sabe? Quizá podía encontrar su camino a la iluminación de esa manera. O quizás encontrar el amor.
Se rio sola, el amor le llegaba mejor a la punta de los dedos que a las fronteras del corazón.
Su computadora portátil hizo un ruido y la sacó de sus elucubraciones.
La máquina hizo la conexión a internet con la clave guardada, pero sin la protección necesaria para no ser encontrada.
Sus dedos no eran suficientemente veloces para ejecutar el ping fantasma que pivotaba su IP por todo el mundo, y el cortafuego central construía un muro de hormigón virtual alrededor de la información que guardaba en el disco.
Exhaló cuando se sintió protegida otra vez.
El pequeño mapamundi le mostraba que estaba en Australia esta vez. Menos mal.
Se conectó al sitio de citas y vio a Spectre presente, pero inactivo.
#Cherry# ha entrado en la sala.
Se demoró pensando en el final de su conversación de la tarde.
¿Cómo sería él? ¿Se animaría a conocerlo?
Nunca lo había intentado siquiera, no podría mirar a los ojos a un hombre con el que había escrito cosas tan íntimas, se moriría consumida por la vergüenza antes de decirle hola.
Conocía algunas partes de su cuerpo, algunas más íntimas que otras.
Su rostro no. Podía decir que tenía manos interesantes y equivalencias sumamente aceptables. Se le hizo agua la boca.
#Spectre# No vas a saludar.
#Cherry# Hola.
#Spectre# Pocas palabras. ¿Vienes buscando solo acción?
Jannie suspiró. Después de un año y medio, que él mismo se encargó de destacar y podría no haber significado nada, ¿realmente podía seguir haciendo como si nada y no pasar a otro plano?
A otros los había descartado mucho, muchísimo tiempo antes.
¿Qué tenía de especial él? ¿Por qué no lo podía soltar como a todos los demás?
#Spectre# ¿Qué pasa, Cherry? ¿Quieres contármelo?
No lo podía soltar por frases así, porque pese a estar a kilobytes de distancia, era capaz de leer en el silencio de su pantalla mucho más que la tipa con la que convivía hacía tres años y le importaba una mierda dejarla a la deriva con el departamento, el alquiler, el viaje.
Qué importancia tenía si ella podía con todo, ¿O no?
¡Fantástico! ¡Ahora estaba llorando! Y no, no estaba llorando por la estúpida de Laoghaire y su estúpida mudanza, sino porque estaba cansada de disimular, de mentir, de esconderse. Estaba cansada de todo.
#Spectre# Encontrémonos. Iré a donde me digas. Solo un momento, sin compromiso. Dime un lugar y estaré ahí. Iré a... ¿Australia? Cherry... Dime dónde estás. Hablemos, como dos viejos amigos. Solo eso. Nada más.
#Cherry# No puedo...
Su teléfono sonó. Se limpió las lágrimas. Miró la pantalla. Se puso de pie como si la impulsara un resorte y tecleó mientras recopilaba el teléfono y las llaves.
#Cherry# Ahora no. Me tengo que ir.
#Spectre# ¡No! ¡NO! ¡No te vayas! ¡Háblame! ¡No te escapes! ¡No te disfraces más! ¡Déjame alcanzarte!
"Salvada por el gong… otra vez" pensó, mientras metía el libro de Gilbert en la cartera, cerraba el navegador y apagaba la portátil. Salió corriendo de la habitación después de apagar la luz. La pelirroja y sus tres ayudantes de mudanza la vieron partir.
—¿A dónde vas?
—A casa de una amiga... —Y en su escape, escaleras abajo, la escuchó decir:
—Estaba llorando. ¿Ves? Debe estar enamorada de mí.
Desde el descanso de la escalera, sin detenerse, gritó con todas sus fuerzas para que todo el edificio la escuchara:
—¡Vete a la mierda, Laoghaire!
Al salir de la calle, escribió en el chat:
#Jannie# Voy para allá.