Capítulo 7
Eira abrió la puerta de su casa en Marchmont Road y subió las escaleras hacia la sala de estar, desde donde se escuchaban los comentarios finales del partido de fútbol de esa noche.
Hizo sonar las llaves contra la vasija de arcilla en la mesa apoyada contra la pared del recibidor, pero solo Josh Jr. levantó la cabeza para acusar su llegada.
—Hola, Eira.
—Hola, Josh. ¿Cómo terminó el partido?
—Perdimos. Quedamos fuera de la Liga…
—Oh, ¡Qué pena! —No había ni un dejo de dolor en sus palabras por el fracaso del equipo familiar y tanto padre como hijo se dieron cuenta de ello.
Cuando Josh padre se puso de pie con una botella de cerveza en la mano y fue directamente hacia ella, Josh hijo tomó el movimiento como su clave para salir de escena.
—Me voy a acostar. Buenas noches.
—Buenas noches, hijo.
—Papá... —dijo sin mirarlo, siempre con los ojos clavados en su jovencísima madrastra. —Eira.
—Buenas noches, Junior.
Así, Eira quedó enfrentada a su destino, o lo que ella pensaba era su destino. Le temblaba el estómago de los nervios, pero no demostró miedo. El frío glacial en los ojos del hombre que amaba era algo que nunca había visto dirigido a ella. De inmediato supo por qué.
—¿Por qué no llamaste para avisar que llegabas más tarde? —Eira se mordió el labio inferior y puso los ojos en blanco.
—¿En serio?
—No me esquives con tus tretas, Eira. Las conozco todas.
—¡Claro que sí! ¡Cómo no podrías! ¡Tú lo sabes todo!
—Tengo un poco más de experiencia y vivencias que tú, así que sí, se podría decir que lo sé todo, o por lo menos más que tú.
—¿Y si todo lo sabes, para qué me preguntas?
—No me desafíes, Eira.
—¿Por qué? ¿Qué me harás? ¿Me pegarás? ¿Me castigarás? ¿Me mandarás a la cama sin cenar?
Josh bajó lentamente la cerveza y la dejó apoyada en un posavasos que estaba allí como al azar, pero estratégicamente posicionado para que la humedad de la botella no dañara la mesa.
Eira levantó la botella del pico y se la bebió completa en tres sorbos, cerrando los ojos para que el alcohol se le subiera rápido a la cabeza y le diera alas.
Bajó la botella con envión, para clavarla con fuerza en la mesa, pero Josh detuvo su mano.
Los dos hicieron fuerza en una pulseada desigual donde ninguno vencería.
—¿Qué quieres demostrar? ¿Que puedes hacer lo que quieras? ¿Quieres hacer lo que te da la gana? ¡Adelante! No te voy a detener.
—¿Estás seguro?
—Absolutamente. Eres libre de irte cuando quieras.
—¿También soy libre para quedarme?
—Es tu decisión.
—También es tuya.
—¿Importa lo que yo quiera? ¿Lo que yo piense o diga? Para ti nunca es suficiente. Todo está mal, todo es poco, todo debe cambiar.
—No es así... —dijo ella, desconcertada— Yo no quiero cambiarte.
—Ah, ¿no? ¿Y para qué quieres que vaya al gimnasio?
—Es por ti. Por tu salud. Para que estés bien.
—¿El corte de pelo? ¿El tatuaje? —Eira apretó los labios— El sexo diversificado. Que te ate, que te pegue. Parado, sentado, acostado. En el auto, en la cocina, en la oficina.
—¿Si te saco del misionero te sientes fuera del pozo?
—No. Pero parece que el sapo no es suficiente para ti. Y yo ya no sé qué hacer...
Josh de pronto dejó entrever una grieta, un dolor que iba más allá del ego. Eira apretó la mano en un puño para no tocarlo, pero no pudo disimular el tono de su voz.
—Tú eres todo lo que quiero y eres con quien quiero hacer todo... Pero todavía no sé qué lugar quieres que ocupe en tu vida.
—El que tienes.
—Entonces, quizá sí, tienes razón, quiero algo más.
Josh soltó una carcajada y se cruzó de brazos. Eira lo miró perpleja. La mirada de él mutó de fría a divertida. El corazón de ella se debatía entre la emoción y el enojo, pero de una forma u otra latía desaforado en el medio de su pecho.
—¿Todo este escándalo se reduce a “matrimonio”?
"Todo este escándalo" sonó como con eco, dentro y fuera de su cabeza. ¿Era solo eso? ¿Eso solucionaría el resto? ¿Qué quería? ¿El título? ¿La fiesta? ¿El vestido? No. No era nada de eso. Era otra cosa, pero no sabía qué nombre ponerle. O no quería.
—No —replicó con toda la convicción que encontró dentro de ella—, no es eso. O no solo eso... Pero...
—No me voy a casar contigo, Eira.
—Ya sé que tienes una aprehensión especial contra el matrimonio, con toda esta carga de fracasos que llevas a cuesta y...
—No, Eira —dijo, cortándola en seco, y repitiendo con un tenor lapidario, la frase que había dicho segundos antes—. No voy a casarme contigo.
Eira lo miró largamente, fríamente, en silencio.
No supo decir cuánto tiempo, un minuto, una hora.
Daba igual si todo se detuvo. Y de pronto fue como si un vidrio estallara frente a ella, y a pesar de que los fragmentos del cristal se clavaban en su cuerpo, en sus ojos, en su pecho, y el dolor era tan grande que la desgarraba y desangraba, todo eso era nada junto al dolor de ver en qué se había convertido su vida.
Estaba ahí, parada, mirándolo a él y a un entorno que ahora le parecía desconocido, ajeno, nada suyo.
No había una sola cosa que fuera de ella, aun cuando las hubiera elegido, o comprado, o limpiado.
Miró las paredes. Ella estaba en las fotos, pero era un adorno más, como el paisaje; él era el centro de todo y ella era un punto más en la periferia.
Pestañeó varias veces y decidió que no quería estar más allí.
Subió las escaleras con paso firme y rápido, a sabiendas de que él la iba a seguir.
Cerró la puerta de su habitación con llave, buscó un bolso deportivo grande y empezó a meter sus cosas, sin orden pero con agenda: se llevó la ropa informal y la de noche, nada de trabajo ni oficina.
Con ese fin desempacó todo lo que encontró en los cajones, en el armario, la ropa interior, los vestidos, las camisetas.
Los zapatos. Luego fue al baño y arrasó con todo lo que había en su botiquín y en su lado de la doble encimera de mármol.
Manoteó del último estante del armario una cajita de cartón donde guardaba sus documentos y sus ahorros.
Al volver al dormitorio, escuchó un par de golpes quedos en la puerta y la voz de Josh, apenas un susurro.
—No te enojes, nena. Vamos, abre. Habla conmigo.
Le hizo caso. Se colgó el bolso en un hombro y la cartera en el otro, abrió la puerta de un tirón y lo dejó mirarla de arriba a abajo.
—¿A dónde vas?
—Me voy.
—¿A dónde?
—No importa.
—Eira...
—Detenme... Dime que lo que dijiste ahí abajo era mentira.
—Eira, nena... Estaba enojado. Todavía lo estoy. Vamos... —Cuando la quiso tocar, ella lo esquivó, como si hubiera escupido fuego: lo pasó de largo y bajó las escaleras a los tumbos, tropezando con el bolso—¡Eira!
Por fin levantó el tono de voz. No es que fuera necesario evitarlo, pero no vaya a ser cosa perturbarle el sueño a Josh Jr. o crearle un trauma de escuchar a su padre discutiendo con su mujer. Eira se dio vuelta con la mano en el picaporte, dispuesta a irse de ahí, pero le hizo caso y se detuvo.
—Dime que era mentira. Di que estabas enojado y que dijiste eso solo para lastimarme, para hacerme enojar, para desquitarte porque llegué tarde.
—Eira, yo...
—¡Dilo, carajo! —le gritó, pero Josh no dijo nada más.
Eira descargó su furia con dos zapatazos en el piso, abriendo la puerta con furia y cerrándola con más rabia todavía. Caminó sin rumbo por la calle vacía y escuchó el grito de Josh tras ella, perdiéndose en la oscuridad.
—¡Si te vas, no sé si querré que vuelvas!
—No sé si yo voy a querer volver —susurró en respuesta, antes de doblar en la esquina, sacando su teléfono móvil.