ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Lean llegó ya un poco más calmada de lo que se la había escuchado un rato antes.

Se sentó en una de las mesas del salón del fondo, donde encontró a Jannie en su oficina portátil, y pidió su té favorito, Earl Grey, a la camarera que pasaba; terminó de quitarse el abrigo y se sentó.

Desde donde estaba saludó a Eira que hacía su pedido en la barra, de seguro Capuccino.

Le sonrió cuando se acercó con el vaso alto, que abandonó solo un momento para correr la silla.

Le quitó la tapa y un suave halo con aroma a chocolate pareció envolverla y ella se dejó abrazar por su consuelo.

Lean extendió una mano hasta el brazo de su amiga.

—¿Estás bien? —Tenía los ojos húmedos. ¿Había llorado? Eira desvió la mirada y bebió un sorbo de café.

—Nada... No pasó nada... El viento...

Cat entró al local como una ráfaga cálida y atravesó rápido el pasillo, llegando a la mesa casi al mismo tiempo que la camarera con la orden de Lean. La rubia no se sentó, se desplomó en la silla, con un histriónico gesto de derrota. La camarera la miró de reojo.

—¿Qué puedo ofrecerle?

—¿Tienes Spritz? —Lean y Eira la miraron sosteniendo sus bebidas calientes, algo sorprendidas. La camarera no parecía estarlo, porque le respondió con un tono que bien podría ameritar poner los ojos en blanco.

—Por supuesto.

—¿Con Prosecco?

—Unos turistas pidieron extra brut hace un rato.

—¡Oh! Eso es exactamente lo que necesito.

—Cat... Son las cinco y media de la tarde.

—Cinco y media de la tarde, de un día como hoy, merece adelantar San Patricio solo para mí. ¡Ni pregunten! —dijo, levantando una mano— ¡Todavía no puedo hablar de eso!

Cuando la camarera se retiró, Eira hizo la convocatoria al orden del día mientras Jannie volvía y saludaba a todas.

—Entonces, hablemos de cosas importantes.

Como si fuera un elemento de adoración pagana, Lean sacó su teléfono móvil y lo dejó sobre la mesa, en el centro, bajo la intensa mirada de sus ocupantes.

—¿Y bien? ¿Alguna novedad desde que lo aceptaste?

—Lean sintió que algo se descomprimió en su interior.

Una parte de ella había estado buscando excusas para justificar a Andrew, pero se dio cuenta de que estaba pasada de revoluciones y cualquier cosa cobraba dimensiones trágicas.

Y ella no era así, ella tenía bastante bien dimensionadas sus prioridades y sus tragedias, ¿verdad que sí?

—Bueno, él dio el primer paso…

—La pregunta del millón es —murmuró suspicazmente Cat, mirando acusadora a Lean— ¿Cómo pasó eso?

—Bueno...

Lean se acomodó en el asiento y miró los rostros que esperaban su respuesta, expectantes, una extraña mezcla de jurado de la Santa Inquisición y un grupo de porristas esperando saltar para festejar el tanto de su equipo.

Sonrió cuando las vio vestidas con sus uniformes micro mini y pompones al tono.

¡Enfócate, Lean! ¡Enfócate! Se estaba dispersando, eso hacía su mente cuando se pasaba de estrés.

—Hace un tiempo me he agregado cuanta página está dedicada a Gabriel Grecco, en cualquier idioma, muchas en italiano. Además de estar en varios grupos dedicados a él y su carrera.

—Ahora entiendo de dónde vienen todas esas fotos...

—Bueno, algunos de los comentarios eran hechos por Vursky Management y yo comentaba y le daba “me gusta” a todo.

—Y eso ha sido...

—Últimamente… muy asiduamente —Una vez más, el silencio se posó sobre la mesa de café, en una burbuja de cuatro que las aislaba del murmullo multilingüe imperante.

—Bueno, y ¿Qué vas a hacer? —preguntó Cat, impaciente. Lean dejó caer la cabeza sobre la mesa y pegó la frente contra la madera.

—No sé, no sé…

—Bueno, a ver, pensemos —dijo Eira, poniéndole un manto de serenidad al asunto— Primero hay que comprobar si es real.

—Su perfil es público.

Tomaron sus teléfonos y se pusieron a la tarea de investigación. En efecto, las publicaciones eran de eventos públicos, promoción de películas y series para televisión, así como difusión de presentaciones. No solo de Gabriel Grecco sino también de otros artistas italianos del momento.

—Bueno, no parece falso...

—¿Y ahora? —Silencio. Abrumador. Se miraron una a otra. Cat se aclaró la garganta.

—Envíale un mensaje…

Bien, a ello se puso Lean, sacándose las palmas de las manos en el pantalón.

#Lean# Hola. Saludos desde Edimburgo para ti y para Gabriel, a quien admiro profundamente.

Les pasó el teléfono a las chicas y lo aprobaron con un asentimiento. Recién entonces lo envió.

—¿Y ahora?

—Toca esperar…

Aguardando la respuesta, Lean vio cómo Eira se distraía con un perfil conocido; sabía que su amiga era tan fanática de Trevor Castleman como ella de Gabriel Grecco.

—¿Castleman?

—Está promocionando su última película… ¿Cómo no se me ocurrió enviarle un mensaje a su representante?

—¿Sabes quién es? Podríamos intentarlo…

La camarera llegó trayendo el pedido y se tomaron un momento para beber hasta que el teléfono cobró vida. ¿La respuesta? El rostro de Lean fue más elocuente que mil palabras.

Lean leyó la respuesta en voz alta.

#Vursky# ¡Hola! ¡Gracias por aceptarme! Has sido muy amable. Perdona mi inglés estropeado y mi demora, pero estamos con Gabriel asistiendo a un evento en el Centro Commerciale Tiburtino en Roma.

—¿Has sido muy amable? —dijo Eira, entre risas— ¿De dónde escribe? ¿Del medioevo?

—¡Está con Gabriel! —dijo Lean, casi sin aire.

—¡Oh, por Dios! —Cat sacudió a Lean a su lado, mostrándole su teléfono móvil— Mira su perfil. Acaba de subir un video.

Y cuando el video se reprodujo, mostró a Gabriel Grecco llegando a una especie de evento en un centro comercial, o algo así, rodeado de gente, mayoritariamente mujeres, que lo aclamaban a su paso. El video estaba tomado desde atrás y muy cerca, avanzando con él, como si lo estuviera acompañando.

—¡Contéstale! ¡Ya! ¡Cualquier cosa! —casi le gritó Eira— Pídele que te grabe un saludo, para el fan club oficial de Gabriel Grecco en Edimburgo.

—Somos cuatro, podemos considerarlo un club de fans —acotó Jannie—. En quince minutos te hago un sitio web. Las fotos nos sobran.

Antes de perder el valor del impulso, Lean escribió rápido:

#Lean# ¡Qué emoción! Me pongo a disposición de ustedes cuando deseen conocer Edimburgo. Será un placer acompañarlos.

Cat se inclinó hacia delante y leyó el chat expuesto.

—¿Escribiste “¡Qué emoción!"? —dijo Cat entre risas— ¿Qué seguía? ¡"Estoy como cría colocada en anfetas"! ¡Te tiraste a los lobos!

El teléfono vibró, acusando recibo de un nuevo mensaje, que las cuatro leyeron en silencio. Eira se dejó caer en su silla con los ojos muy abiertos.

—¿Entendí bien? ¿Te está invitando a Italia?

Lean se encogió de hombros y murmuró, más para sí misma que para las demás, queriendo autoconvencerse de una realidad que su imaginación estaba arrebatándole de las manos, riendas de alas rojas que cobraban vuelo propio y enfocaban su destino a la tierra de Rómulo y Remo, y de Gabriel Grecco también.

—Fue solo una devolución de cortesía. Palabras amables para responder con caballerosidad una fórmula de buenos modales.

—Sí, claro… por eso estás temblando.

—Deberíamos irnos. Ya son casi las seis…

—dijo Jannie. Se apuraron a recolectar sus cosas, pagarle a la camarera y salir del café.

Se quedó sosteniendo la puerta mientras Eira pasaba, seguida por Cat.

A las dos les preguntó: —¿Alguien se acuerda cómo se llamaba el libro que había pedido la señorita Smith?

Desde afuera, Lean contestó:

—Un curso en milagros

Sin terminar de cruzar la puerta, Cat soltó una estridente carcajada que sobresaltó a los presentes.