ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

La hoja de la agenda del día de la fecha estaba llena de obligaciones y sus ítems casi todos tildados:

—Buscar a Lynn y Carter al colegio y llevarlos a clase de música #hecho#

—Llamar a Evanna para que no olvide ir a buscarlos (solo por si acaso) #hecho#

—Llevar los papeles firmados al auditor #hecho#

—Retirar el nuevo software de contabilidad (e instalarlo) #hecho# y #hecho#

—Imprimir los recibos de IRS #hecho#

—Facturación día siguiente

Miró la bandeja de su izquierda, donde se apilaban los pedidos listos para facturar que el camión debía repartir al día siguiente.

Llena. Y la bandeja donde iban las facturas listas, por consiguiente, estaba vacía.

Miró el reloj de pared y titubeó. Las chicas ya debían de estar en camino, llegando incluso allí.

Ella podía ir con el tiempo justo porque The Elephant House estaba a escasas tres calles de ahí.

Correr siempre era una alternativa; la emergencia declarada así lo requería.

No podía con todo, pero tenía que poder, sino no era ella.

Se mordisqueó el labio inferior con culpa, salir más temprano implicaba dejar la facturación pendiente, pero si no se iba ya...

“¡Vamos! ¡Eres una esclava de los números! ¡Eres la primera en llegar y la última en marcharse; tienes todo al día y con una precisión de reloj suizo; el jueves es el único día en que haces algo que te saca del mundo estructurado de la contabilidad! Libros, fantasías, amores de cumbres y profundidades fuera de este mundo.” Estimulada por su arenga personal, apagó la computadora y desconectó la tableta que ya debía tener carga suficiente para ser útil en el club de lectura.

Pero todo se fue al demonio cuando escuchó la puerta de la planta baja. Contuvo la respiración. ¡Maldición!

Josh O’Brien, dueño de la empresa donde se desempeñaba como empleada administrativa desde hacía siete años, prominente empresario local y su pareja desde hacía cinco, hacía resonar sus pesados pasos en los escalones de madera que conducían a su oficina en el primer piso.

En su mente, el rubro fantasía “Acuéstate con tu jefe” apareció con un doble #hecho# fluorescente.

Sonrió como una tonta cuando lo vio subir, cargando una caja pesada de Sony.

El gimnasio estaba dando sus frutos, había empezado hacía ocho meses a instancias de ella, que gentilmente le había marcado que no se dejara estar físicamente, y el cuerpo del atleta que había sido años atrás empezó a ganarle al flotador cincuentón en la cintura.

Tenía los bíceps marcados y la espalda más amplia, incluso había mejorado su postura.

Le faltaba para el six pack, pero con un poco más de perseverancia y algo de presión de su parte, quizá lo lograría.

Podía ser muy persuasiva, muestra de ello era el tatuaje tribal en el brazo izquierdo; Josh había puesto un poco de resistencia, pero ella había sabido recompensarlo.

Si tan solo fuera así de permeable con el asunto del casamiento.

Él le regaló su sonrisa sincera y a ella se le olvidaron las penas.

—Hola, preciosa.

Dejó la caja en el piso y rodeó el escritorio hasta quedar tras ella.

Eira se inclinó hacia atrás y lo dejó besarla, breve pero intenso, una promesa de más.

Sus manos fuertes apoyadas en sus hombros encontraron la forma de su cuello y sus pulgares masajearon esos puntos rígidos que la convertían en gelatina.

Cerró los ojos y aflojó la cabeza junto a un ronroneo que nació en su pecho y retumbó en la oficina.

Era tan fácil dejarse llevar. Tiempo y espacio no eran nada en sus manos.

Lo sintió inclinarse hasta llegar a su oído y susurrarle:

—¿Has sido una buena niña? —“¡Oh, qué dilema! ¿Qué quiero en este momento? ¿Que me eche un polvo rápido y contundente por ser tan eficiente o que me azote por no haber facturado las entregas de mañana?” Le mordisqueó el cuello y la oreja mientras murmuraba un poco más: — Agenda casi cumplida, eso merece un premio.

Oh, sí...

La hizo ponerse de pie y con la pierna apartó la silla con rueditas que aterrizó contra la otra pared.

Se acomodó a sus espaldas y la hizo ponerse en puntas de pie para clavarse al final de su espalda, mientras sus manos se volvían toscas y rudas, reptando sobre la ropa, mientras sus bocas se buscaban.

Esa parte de la coreografía ya la tenían bien ensayada: ella desabrochaba los botones de su camisa, podía hacerlos volar, pero luego era ella quien los cosía, y él se encargaba del pantalón, bajándolo hasta los tobillos e impulsándola sobre el escritorio con una mano.

Bajó las copas de su corpiño y apoyó los pezones duros sobre la madera y el papel; eso la ponía al borde.

Lo prohibido la ponía al límite, como una especia adicional, secreta, de su receta de orgasmo rápido.

Josh le abrió los muslos y se metió en ella para lamerla de atrás hacia delante, arrancándole un grito ahogado.

¡Gracias, Dios, por ese hombre que amaba devorarla sin restricciones, por el solo placer de su placer!

Buscó con una mano estimularse y mezclar sus dedos con su lengua, vibrando cuando él hacía un ruido que la hacía girar en su cabeza sin mover un solo pie.

Estiró la espalda, abriéndose más, ofreciéndose más, complaciéndose más.

Josh se movió rápido para ponerse de pie y la aprisionó contra el escritorio, inmovilizándola con las piernas mientras desabrochaba su cinturón, y el botón y el cierre del pantalón.

Cada movimiento apretaba un nervio que mezclaba el dolor con el placer. Estaba en el aire.

Cubrió la espalda con su pecho, una de sus manos se ahuecó con la forma de su cuello, obligándola a levantar el rostro, y la otra mano descendió por su vientre al hueco a llenar entre sus piernas.

Le habló al oído cuando metió dos dedos en su vagina y la estiró con dos círculos certeros.

Gimió cuando esos dos dedos después llenaron su boca y tantalizaron su sed.

—Me gusta tanto cuando estás tan mojada— ¡Ah! Él sabía poner las frases en el momento perfecto, justo antes de empalarse en su interior hasta tocar fondo y hacerle abrir los ojos y la boca en un mudo y ciego grito de placer.

Su visión volvió con los empellones, fuertes y secos, su miembro entrando y saliendo, sus gruñidos como un animal hambriento repercutiendo en su pecho, sus dientes en su cuello, sintiendo su cuerpo sobre el de ella, aprisionándola, llevándola al borde.

Sus gemidos en su oído, sus respiraciones cada vez más agitadas ayudándola a escalar poco a poco el orgasmo que se acercaba y crecía lento pero seguro en su interior.

Eira cerró los ojos y se dejó llevar por todas sus fantasías, evocando escenas de sexo duro y fuerte, como a ella le gustaba, empujándose a un violento e irrecuperable orgasmo que hizo que el pesado escritorio se moviera sobre el piso de madera y los jadeos apretados con los dientes se llevara toda su respiración. Échales la culpa a los libros.

Allá abajo, una puerta se cerró con fuerza y antes de la última convulsión de su interior, Josh padre desapareció.

—¡Cámbiate! ¡Rápido! —susurró Josh, que hábil y presto subió sus pantalones de un tirón y luego los de ella.

Eira se incorporó y, todavía mareada, localizó su silla y se sentó mientras abrochaba los botones de su camisa con dedos temblorosos, uno por cada paso pesado que retumbaba en la escalera de madera, lento, medido, previsible, letal.

Josh Jr., el hijo mayor de Josh padre, fruto de una relación adolescente carente de condones, era una versión mejorada de su padre, dieciséis años menor. Sus ojos eran fríos y acusadores.

—Hola, Josh.

—Eira... —Incapaz de sostener la mirada, buscó su teléfono móvil y verificó el estado de los mensajes. Todas estaban en camino. Tenía que salir ya. Guardó la tableta en su cartera y se acercó al perchero del que colgaba su abrigo. El joven acompañó todos los movimientos con los ojos—. ¿Ya te vas?

—Sí —dijo, dándole la espalda—. Es jueves, me reúno con mis amigas.

Josh miró alrededor y finalmente recaló en el reloj de pared. Eira dio vuelta la cabeza para mirarlo cuando su voz le llegó como un puñal frío.

—Todavía no son las seis.

Josh padre salió del baño que estaba a sus espaldas y rodeó el escritorio para saludar a su primogénito.

—¡Hola, hijo! Pensé que te vería esta noche en casa.

—Solo pasé a dejar estos papeles... —dijo, apoyando con cuidado una carpeta que traía en las manos. —Y ya que estoy aquí, puedo llevarme la facturación de las entregas de mañana, así empiezo temprano el reparto.

Josh padre miró la bandeja de facturas y después a ella.

—¡Oh! Todavía no están listas. ¿Puedes esperarlas?

Eira puede tenerlas listas en... ¿Cuánto, cariño?

¿Una hora? —Los ojos entrenados del mayor se percataron del pequeño detalle de que la pantalla de su computadora estaba oscura y que ella estaba lista para marcharse.

Todo un observador, no tardó dos segundos en poner uno más uno—.

¿Qué pasó con tu computadora? ¿Por qué está apagada?

Para colaborar con el momento, su teléfono, el único aparato sobre el ordenado escritorio, cobraba vida en silencio, mostrando una catarata de mensajes con el nombre “ReadingTeam” y vibrando al punto de moverse de un extremo al otro.

—Ya me voy... —dijo Eira, arrebatando el móvil y metiéndolo rápido en la cartera.

—¿Ya? Todavía no son las seis —“De tal padre, tal hijo”

—Quedamos en encontrarnos antes con las chicas. Reunión de emergencia.

—¿Y está todo terminado?

—Bueno... —dijo Josh hijo, acercándose a su padre para palmearle el brazo despacio— Tengo un par de cosas que hacer. Vuelvo en una hora para buscar las facturas. ¿Te parece bien?

—Claro que sí...

El muchacho hizo una mueca como todo gesto de despedida hacia Eira y se fue. Josh y ella se quedaron en silencio, mirándose. El hombre se puso en modo jefe y padre, cruzando los brazos en el pecho y mirándola con severidad.

—¿Por qué no está lista la facturación?

—Porque no es lo único que tuve que hacer en todo el día.

—La jornada laboral no ha terminado...

—Oh, vamos... Vendré más temprano mañana y las haré antes de que salgan los camiones.

En cualquier otro momento, Josh le hubiera dicho que sí, pero podía ver los demonios danzando tras su mirada azul. Se había comprometido con su hijo a tener las facturas, y si no las tenía listas, mostraría que ella tenía privilegios, esos que él negaba darle.

Él negó con la cabeza y algo en la de ella hizo POP.

¿Fue el gesto? ¿El tono? ¿La actitud? Todas las anteriores.

La catarata de sumas y restas se desbordó en su cabeza.

¿Cuál era el problema si ella tenía privilegios?

No es que fuera su amante, no era un secreto que eran pareja.

Vivían juntos hacía años, aunque no hubieran formalizado.

Incluso lo sabían sus hijos más pequeños.

Pero el padre le negaba al hijo algunas prerrogativas de heredero para que aprendiera a ser responsable y capaz.

Y para no sentar mal precedente, debía aplicar la misma vara con ella.

Entonces, ahí venía con su vara, en ese difícil límite que se desdibujaba, entre el jefe, el padre y el amante.

La Eira combativa estaba en el fondo de su cabeza, juntando presión; la Eira conciliadora, intentó suplicar.

—Es una eventualidad, una reunión de emergencia.

Develar esa información fue un error.

—¿Y cuál es la emergencia? —Eira abrió mucho los ojos y enmudeció.

¿Qué podía decir? La duda fue fatal. Habida cuenta de su silencio, Josh arremetió— ¿Qué pasa?

¿A Lean no le enciende la tableta para leer el último Best Seller?

¿Cat le encontró la quinta pata al último gato?

¿Qué fue ahora? ¿La marca del desodorante? ¿O no usaba condón XL?

Eira lo miraba, sorprendida e indignada, mientras hacía una nota mental de no compartir nunca más con Josh ninguna infidencia sobre sus amigas.

—¡Basta! Estás siendo innecesariamente rudo.

—Y tú descuidada e ineficiente.

—¿Descuidada? ¿Ineficiente? ¡Hago el trabajo de tres personas en esta empresa!

¡Todo por el mismo sueldo! Y no estoy contando las labores de niñera, de delivery de hijos ajenos y secretaria de tu ex.

No tienes derecho a recriminarme nada cuando un día, el único día que me tomo para hacer algo para mí, tengo que irme más temprano porque una amiga lo necesita. ¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Qué? ¿Estás buscando pelea conmigo porque no pudiste alcanzar el orgasmo? ¿O es tu manera de obtener entretenido sexo de reconciliación?

—No, Eira. Ese es tu estilo, no el mío. Yo soy transparente como un estanque.

Eira se le fue encima hasta quedar nariz con nariz.

—¿Qué quisiste decir con eso?

—Exactamente eso. Yo no ando buscando nada con dobles intenciones ni resultados fantasiosos por caminos rebuscados.

—¿Y cómo mis dobles intenciones y resultados fantasiosos encuadran en el reclamo de que las facturas de mañana no estén listas?

—Quédate y hazlas. Ahora. Es una orden.

El POP en su cabeza sonó como una botella de champagne. O como una bomba molotov. La Eira combativa tomó las riendas y todo se fue por la cañería.

—No puedo. Me están esperando.

—¿Cuál es el apuro? ¿Te vas a encontrar con las chicas? ¿O es alguien más?

—¡Josh! ¿De dónde sales con estos planteos hoy?

Los ojos de Josh brillaban y Eira podía ver en su expresión los fantasmas de la traición.

Sin importar que tan leal y demostrativa ella fuera, la diferencia de edad entre ellos, quince años, tenía a propios y extraños levantando apuestas para ver cuánto tiempo tardaría la muñequita sexy en cambiarlo por uno de su edad.

Y lo peor era que Eira podía caminar por él sobre las brasas y jurarle fidelidad ante Dios y los hombres, si Josh no tuviera un shock anafiláctico cada vez que se mencionaba la palabra matrimonio.

Con la convicción de que el problema no era de ella, sacó el teléfono de su cartera y se lo entregó.

Josh no lo tomó, inamovible en su actitud y expresión.

—Crece, Josh. Madura. No voy a estar aquí toda la vida esperando a que superes tus traumas, y valores todo lo que hago por ti, por tu empresa y tu familia —le dijo mientras pasaba por su lado rumbo a la salida.

—No hagas nada que no quieras hacer... O nada que no te esté debidamente remunerado.

—Lo pensaré, Josh. Pero no ahora. Tengo cosas más importantes que hacer que discutir contigo.

Y dicho eso, se apresuró a cerrar la puerta para no escuchar fuera cual fuera su respuesta y encaminó sus pasos al encuentro de sus amigas, dejando que las lágrimas se llevaran el mal trago antes de encontrarse con sus amigas. Tenía tres calles para serenarse.