Capítulo 2
Cat se acomodó dentro de su propia ropa ante la puerta cerrada de la sala de conferencias en el quinto piso del edificio Uno del Edinburgh Nine BioQuarter donde McFarlan Pharmaceutical tenía sus oficinas comerciales.
Dentro del mismo complejo, pero dos bloques al norte, estaba la planta procesadora de la farmacéutica más importante de Escocia.
—Bien, ahora que la señorita MacKinnon ha regresado, podemos incorporar su voto al acta...
—¿Ya votaron? —exclamó, sin poder disimular la indignación. ¿Cuánto había faltado? ¡Segundos, nada más! — ¡No pueden hacerlo! Necesitaba escuchar los argumentos y plantear mis...
El presidente del Directorio la silenció con la mirada; Cat se mordió la lengua para no hablar.
—Collin, ¿puedes informar a la señorita MacKinnon cómo se ha votado, por favor?
—Por supuesto —Collin le echó una mirada indulgente y se aclaró la garganta antes de seguir— 9 a 5: A favor Thorntorn, Frayne, Brennan, Donnahue, Matheson, O’Conell, Blake, Mc Sharry, Cannery. En contra: Finnerty, Heylan, Mc Grath, Malone, Guilbauld.
Cat miró a cada uno de los hombres en la mesa directamente a los ojos.
A la mayoría los conocía desde que era una niña, ese laboratorio había nacido como una pequeña familia y hoy era una gran familia.
Su familia. Ella trabajaba día a día, incansablemente, para que las personas a su cargo así lo sintieran, porque la fidelidad no es una cuestión de números, sino de corazón, y en un ámbito tan competitivo y voraz como el farmacéutico, contar con cada elemento, su capacidad, su responsabilidad y su entrega, era un valor agregado por sobre cualquier título universitario y posgrado en biotecnología.
Sin duda era necesario un recambio generacional, sangre nueva, aire fresco, pero no de esta manera, no en manos de un monstruo cuya hambre de ganancias a mansalva devoraría las entrañas y el corazón de la compañía.
"Mi compañía” pensó, recordando a su familia, su legado, su padre...
Cerró los puños con fuerza, sintió el dolor de las uñas al atravesar su piel, pero se tragó las lágrimas. Miró al presidente del directorio mientras hablaba:
—Nueve a seis será entonces...
—Lo cual no cambia el resultado final ni la decisión de este directorio. Si el secretario puede proceder a tomar nota en el acta de junta que se aprueba, en fallo dividido, la venta del 70 % del paquete accionario, fusión McFarlan con PFZ y reestructuración de...
—No puede ser...
Se levantó con un grito que apenas opacó el cierre de la reunión mientras el director, a la vieja usanza que se negaba a resignar, dejaba caer el martillo como un juez, haciendo alarde de la posición honoraria que todavía mantenía, pese a que su adicción a las mujeres y el juego se habían llevado su fortuna, sus acciones y su herencia.
Cuando se puso de pie, con paso ágil para sus más de ochenta años, y en clara huida de la rubia directora de Recursos Humanos, Cat lo siguió de cerca hasta su despacho al final, haciendo retumbar sus tacones sobre el piso pulido, amenazando con su furia a cualquiera que se animara siquiera a mirarla.
El viejo jerarca la dejó entrar tras él y se sentó en su sillón con parsimonia, mientras ella cerraba la puerta y se plantaba escritorio de por medio.
—Esto no puede terminar así...
—Ya está, Cat.
—¡No! ¿Sabes lo que pasará cuando PFZ desembarque aquí?
—Sí, lo sé—dijo, sacando una carpeta con los colores de PFZ y un solo papel en ella.
De una sola pasada, analizó la propuesta de fusión que el directorio había aprobado: Nanotecnología pasaría a Alemania.
Células madre a India. Investigación sobre cáncer, desaparecería.
Sintió el dolor de la patada en la boca del estómago, pero no lo exteriorizó.
Siguió leyendo. La empresa quedaría reducida a unas pocas gerencias y un departamento de ventas.
De un plumazo, unas 200 personas se quedaban sin trabajo, hombres y mujeres con familias.
Profesionales y operarios. Unos 25 podrían tener retiro voluntario, algunos con una pensión suculenta como el viejo que estaba sentado frente a ella.
¡Hijo de puta! Tal y como PFZ lo planteaba, McFarlan Pharmaceutical podría funcionar en Edimburgo con el diez por ciento de la planta actual.
No pudo controlar el temblor de sus manos.
—No puedes permitir esto...
—No hay nada que puedas hacer. Más de una vez has planteado la necesidad de la renovación de sangre en la compañía.
Ahí lo tienes. Parece que algún Dios te ha escuchado.
Firmé para que quedes adentro con el mismo cargo, sueldo, antigüedad y vacaciones que hasta ahora.
Estarás a cargo de la selección de personal y redistribución de puestos —Cat lo miró extraviada, sin entender la sonrisa satisfecha en sus labios, como si le estuviera haciendo un favor.
¡Mierda! ¿Sería ella la encargada de decirles a doscientas veinticinco personas que se iban a quedar sin empleo?
¿Qué carajo es esto? ¿Una pesadilla o una broma del Día de los Inocentes?
—Esto no es renovación de sangre —dijo ahogada—, es una masacre.
—Tómatelo con calma. Tienes mucho trabajo por delante.
—Ni en tus mejores sueños... —dijo, arrojando la carpeta sobre el escritorio —Te facilitaré las cosas: Renuncio.
—Cat...
Dio media vuelta y enfiló como una tromba hacia la puerta, pero se arrepintió y arremetió de nuevo contra el director, que la miraba como si su nieta favorita estuviera haciendo un desplante por chocolates.
Bueno, lo de favorita corría por su cuenta, lo de nieta era una cuestión de sangre que, aunque quisiera, no podía cambiar.
Plantó las manos con tanta fuerza sobre el escritorio que le dolieron las palmas.
Se miraron fijamente, durante un minuto, quizás.
La rabia reemplazó al dolor, la furia doblegó a la impotencia.
Si no se dobló sobre sí misma, por el dolor de la indignación, fue porque su cerebro estaba trabajando contra reloj.
—Hija... —Cat apretó los dientes y los molares le crujieron— No tomes una decisión precipitada estando enojada.
—¿No hay nada en el Estatuto de la Empresa que impida esto?
—No...
—¿Quieres que MacFarlan desaparezca?
—No.
Los dos respiraron profundo y Cat dejó caer la cabeza.
El viejo Cayden MacKinnon Sr. se puso de pie, rodeó el escritorio y apoyó la cadera en el mueble de madera, muy cerca de ella, pero sin atreverse al contacto.
Ella era la única en su familia que seguía trabajando allí, no solo porque necesitaba el trabajo, sino porque amaba el laboratorio y era su manera de mantener vivo el legado de su padre, sentada en su mismo escritorio, en el mismo desvencijado sillón de cuero de búfalo que ocupó incluso cuando estaba vencido.
Ella era la única que le dirigía la palabra a su abuelo paterno y una década después todavía sentía que traicionaba a su padre cada mañana cuando le decía buenos días al viejo.
Tendría que haberse ido a la mierda hacía tiempo, pero era una estúpida sentimental debajo de la apariencia de meretriz moderna.
—Tómate unos días de vacaciones, tienes dos semanas acumuladas, no sé si te las reconocerán después...
—No voy a abandonar el barco mientras se hunde. No es mi estilo.
—La revisión final del proyecto de fusión con los directivos de PFZ y sus abogados es en 15 días. Despéjate. Quizá puedas venir con alguna de tus locas ideas que puedan salvar la compañía.
—¿Quieres salvar la compañía? —En los ojos de MacKinnon Sr. brilló un sí, pero no dijo nada.
Cat exhaló, espantando con su aliento de dragón herido, los demonios de su destino.
Esquivó al viejo y recuperó la carpeta de PFZ. Se la mostró, sacudiéndola frente a su nariz.
—¿Esta es la propuesta de adquisición? —El director de MacFarlan Pharmaceutical se incorporó sobre sus pies y atravesó la oficina, hasta otro escritorio. Una pila de carpetas y papeles del alto de un brazo le hacía los honores cuando los señaló. No se inmutó.
—Que alguien escanee eso y me lo envíe por correo. Voy a notificar mi ausencia y me largo de aquí.
—Que te diviertas.
Esta vez canalizó sus ganas de mostrarle el dedo medio y cerrar de un portazo, en taconear como para una sesión de “All that jazz” y contonearse como en desfile para Victoria’s Secret, un regalo de despedida para ese sector de oficinas.
Cuando llegó a su apartado, retiró la cartera, su abrigo y se acercó al escritorio de su asistente.
—Avisa a Recursos Humanos que me tomaré mis días pendientes de vacaciones. Mañana vendré a firmarlas.
Mientras esperaba el ascensor, envió un mensaje a sus amigas:
#Cat# ¿Ya están ahí?