ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1) Capítulo 1
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ATTRAVERSIAMO  (ILUSIONES 1)

ATTRAVERSIAMO (ILUSIONES 1)

Por Barb Capisce

© inepub.com

Capítulo 1

Lean suspiró, en una de esas tardes lentas que alguna vez endulzaban su vida.

Sin público en el mostrador de su florería, podía leer y sumergirse en ese mundo de letras y fantasías que había descubierto no hacía mucho y que, sin querer sonar exagerada, le había salvado la vida, o por lo menos la había ayudado a navegar la difícil supervivencia que le había tocado.

Había terminado de leer el libro semanal que se asignaba voluntariamente en el Club de Lectura, al que asistía todos los jueves junto a sus tres amigas.

No era una obligación, ni leer ni asistir, ojalá todas las obligaciones a las que nos somete el mundo de hoy fueran tan agradables, pensó, mientras movía el cursor y pasaba una nueva página del libro romántico que ahora ocupaba su pantalla.

#Alerta IG#

Su teléfono silenciado cobró vida con otra cosa que no fuera el aviso de mensajería instantánea del grupo de WP y el ringtone de su madre.

Era una alerta discreta pero a repetición, y como Lean sabía que no era algo de vital importancia, siguió concentrada en su lectura.

Una alerta de IG no haría la diferencia entre la vida y la muerte de nadie; para cosas importantes estaban, en ese orden, la mensajería de WP, los mensajes de texto, los llamados telefónicos y la campanilla de la puerta.

Pasó otra hoja y se mordió el labio inferior.

Ansel estaba abrazando a Gia y el encuentro sexual era inminente.

#Alerta IG#

Ansel ya estaba penetrando a Gia, sujetando sus caderas y hundiendo sus colmillos en la arteria que recorría su esplendoroso cuello de porcelana; difícil tarea para Ansel atravesarlo, pero el menester interesante estaba en otras partes de su anatomía.

Lean estaba al borde de la silla, sintiendo el latido de su corazón ahí, en el cuello, y “AHÍ”, donde cruzar las piernas no aliviaba el vacío.

En su mente, el vampiro tenía el rostro y el físico esculpidos del hombre de sus sueños, Gabriel Grecco, el actor italiano que hacía las delicias de propias y extrañas y había saltado a la fama en toda Europa con su protagónico en “Presunto Culpable”.

Ya no le daba vergüenza confesar que se sentía una adolescente hormonal cada vez que veía una foto de Gabriel en internet, ni que estaba en todas las redes sociales, asociada a cuanta página, grupo, foro y trend topic asociado con el actor, y que era la tercera vez que ampliaba la capacidad de la nube de sus dispositivos solo para almacenar más fotografías del italiano, preferentemente sin ropa.

Andrew, su socio en la florería que había heredado de su padre, decía que era la crisis de los treinta y que lo que necesitaba era un italiano de verdad, preferentemente asociado a un miembro de verdad, prioritariamente de 20x6.

Pero bueno, Andrew solo pensaba en eso, en miembros casi superdotados y en flores importadas.

Y como si lo hubiese invocado, Andrew apareció de la nada y la sobresaltó cuando golpeó con los nudillos en el mostrador, mientras con la otra mano cargaba un precioso arreglo de rosas y lirios.

—ReadingTeam está on fire. Tu teléfono no deja de sonar.

—No es nada, es una alerta de IG.

#Alerta IG#

Lean puso los ojos en blanco y volvió a la lectura, a Ansel vaciando su semilla virtuosa y caliente en el interior de una Gia poco virtuosa pero muy caliente, y a la voz de Andrew desapareciendo por el fondo de la florería.

—Voy a la cámara frigorífica, tenemos diez pedidos de coronas fúnebres y dieciséis arreglos sobre ataúd. ¿Has sabido de algún accidente aéreo o algo así?

—No sé, Andrew, no seas morboso… No juegues con eso…

—Solo decía. Necesitamos volver a la época de tu padre y mi madre, donde mandar flores para un velatorio era mandatario. Era la base de nuestra economía. Hoy piden donativos para la caridad.

—Lo estamos haciendo bien con los envíos en línea…

—Sí, claro. Porque es San Valentín todo el año. Presentaré la moción en la Cámara de los Lores.

Lean resopló, se acomodó en la silla como si hubiese sido ella la que quedó desmadejada con ese orgasmo del infierno, y chequeó el sitio mayorista de flores en línea que acopiaba sus pedidos.

Recorrió la pantalla, pero no encontró nada para ellos, así que minimizó la aplicación, dejando a Gabriel ocupar completa la resolución del monitor de 18 pulgadas, en toda la gloria de su belleza bronceada, su torso desnudo y sus labios de infarto mientras encendía un cigarrillo.

El tipo era real, no era una fantasía de sus noches destempladas en Edimburgo, ni producto de la imaginación de escritoras que encontraban en las letras un canal de escape a sus ansiedades del siglo veintiuno.

Gabriel respiraba y transpiraba a orillas del mar Adriático, con acento siciliano, manos de pianista y brutal six pack de entrenamiento hercúleo.

Existía en su mismo mundo, en su mismo continente, pero era tan lejano como cualquier personaje de papel y tinta electrónica, porque no había manera de que ella, una lectora romántica devenida florista boho chic, se cruzara con ese prodigio de hombre.

#Alerta IG#

“Ok. Ahora sí tengo tiempo para ti, querido Mark.”

Sin moverse mucho, con un solo dedo acarició la pantalla y apareció una solicitud de seguimiento en IG.

El usuario no tenía fotografía, sino el logo de una empresa.

Estaba por descartar la solicitud, porque su perfil era privado y solo para amigos.

No se llenaba de contactos porque sí, y mucho menos para terminar visitando publicidad ajena, cuando los colores le llamaron la atención.

¿Dónde veía siempre esa tonalidad de azul?

Se acercó más al escritorio y acomodó el teléfono para encuadrarlo en toda su atención.

Paolo Vursky. ¿Dónde había leído ese nombre antes?

No aceptó la solicitud, se quedó petrificada, pensando que tal vez la quisieran estafar.

Dejó el requerimiento en espera y tipeo rápidamente el nombre para verificar lo que suponía.

Existía otro perfil con ese apellido, Vursky Management, que no era otra que la empresa que representaba los intereses de Gabriel Grecco.

¿Y cómo sabía ella eso? Pues porque desde hacía seis meses le daba todos sus “me gusta” a las publicaciones que aparecían en esa cuenta, una especie de backstage de sus fotos oficiales, el lado B de sus presentaciones, sus premiaciones, entrevistas, todo aquello que interesara a su público incondicional.

Volvió a mirar la solicitud de amistad pendiente, sin moverse demasiado.

¿Era Paolo Vursky realmente quien ella creía, el representante artístico de Gabriel?

La cuenta no estaba verificada, pero él no era un personaje público.

Ella sabía de quién se trataba porque “qué no sabía” del actor italiano.

Su mente tomó el camino más corto, el de la emoción, mientras le temblaban los dedos y le sudaban las palmas de las manos.

¿Le estaba dando un ataque de pánico? Andrew diría que sí.

¿Y dónde estaba ese hombre cuando se lo necesitaba? Su nombre se le atascó en la garganta.

Cuidando de no apretar el botón “rechazar solicitud”, movió esa pantalla y abrió la única conversación grupal de WP que nunca cerraba: “ReadingTeam”.

#Lean# Chicas, ¿están ahí?

No era particularmente ansiosa, pero esta vez los segundos no lograban pasar suficientemente rápido y los compromisos de las únicas personas en este planeta, o por lo menos en su teléfono, que podían comprender la importancia del evento cibernético que acaba de rozar su definición de milagro, de pronto eran un obstáculo que odiaba con todo su ser. El teléfono vibró con una respuesta:

#Jannie# ¡Aquí!

Si Jannie contestó primero, solo podía significar que Cat y Eira estaban hasta el cuello de trabajo. Miró el reloj en la pared. El teléfono vibró otra vez.

#Eira# ¡Aquí, cerrando todo para huir!

#Cat# En reunión…

#Lean# ¡Chicas! ¡No saben lo que me acaba de pasar!

Le temblaban tanto las manos que apenas les acertaba a las letras y el autocorrector en esos momentos era su peor enemigo. Apretó el botón de grabar y descomprimió el silencio con una voz que le pareció demasiado aguda para ser suya.

#Lean# ¡No saben lo que me acaba de pasar! ¡Me acaba de pedir amistad el manager de Gabriel Grecco!

Mientras modulaba las dieciocho palabras que cambiarían su vida para siempre, el teléfono en su mano vibraba como poseído. No podía hacer todo, o hablaba y grababa, o leía y escribía. Soltó el botón y leyó la catarata de mensajes:

#Eira# ¿Qué te pasó?

#Jannie# ¿Quién?

#Eira# ¿Cuándo?

#Jannie# ¡Oh Dios Mío!

#Eira# ¡Me desmayo!

#Jannie# ¡Respira, Lean! ¡Respira Eira!

#Eira# ¡No te lo puedo creer!

#Jannie# ¡Cuenta todo y cuéntalo YA!

En ese momento entró un mensaje de voz de Cat.

#Cat# No puedes arrojarme esta información en la cara cuando estoy en el medio de una reunión entre la vida y la muerte. Mi móvil está en llamas y tuve que salir de la sala de reuniones. Y solo puedo decir... —Pareció tomar aire— ¡Me quiero morir muerta!

Lean soltó una carcajada y miró de nuevo el reloj.

#Lean# ¿Podemos juntarnos un poco más temprano?

#Eira# ¡Hecho! Cierro y voy al café.

#Jannie# Yo ya estoy en The Elephant House.

#Lean# ¡Salgo para allá!

#Cat# ¡Y nadie hace nada hasta que yo llegue! ¿Capisce?

Entre risas, a un decibel de la histeria, Lean empezó a recoger sus pertenencias, ordenar los papeles en su escritorio, apagar la computadora y desconectar su batería de repuesto antes de salir disparada hacia el café. Andrew apareció limpiándose las manos con una servilleta de papel.

—¿Ya te vas? —Lean abrió la puerta para salir, pero volvió a cerrarla con fuerza, haciendo sonar la campanilla con violencia, al borde de hacerla caer. El vidrio también reverberó.

—Andrew...

—¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Su socio, amigo, paño de lágrimas, enfermera y voz de la conciencia estuvo a su lado en un segundo, sosteniéndola, mientras ella tenía su gabardina colgando de un solo brazo y el teléfono móvil aferrado en la otra mano.

Como si el viento y la última notificación de IG se hubieran llevado su elocuencia, Lean reiteró la última frase que había salido de sus labios:

—¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Me acaba de pedir amistad el manager de Gabriel Grecco!

—¿Qué? —Exhaló Andrew con una nota histérica digna de Nathan Lane en La Jaula de las Locas, versión para cine de 1996— ¡Dame eso acá!

Andrew le arrebató el teléfono de la mano y navegó por las pantallas con tanta propiedad como si fuera suyo, o como si tuvieran el mismo aparato inteligente de última generación que habían comprado juntos. De hecho, él conocía el móvil mejor que ella, porque era quien lo había configurado.

—¿Paolo Vursky?

—Sí. La empresa que representa a Gabriel se llama Vursky Management. Uno más uno…

—¿Y cómo lo conociste?

—No lo conozco.

—¿Y por qué te contactó?

—¿Milagro de Navidad?

—Estamos en octubre —dijo, entornando los ojos mientras le extendía el aparato. Cuando alargó la mano para recuperarlo, Andrew lo retiró.

—¿Lo aceptaste?

Lean se encogió sobre sí misma, avergonzada de ser tan tonta de no haber apretado ese único botón ya mismo, como si temiera que el hechizo fuera a romperse, como si tantos miedos se corporizaran como una pared de demonios... Ok, estaba exagerando. Miró a Andrew a través de las pestañas.

—No, porque Cat dijo que no hiciéramos nada hasta que ella llegara.

Andrew abrió los ojos tanto que pareció que los globos oculares con pupilas dilatadas iban a saltar de sus cuencas y rebotar en el piso como dos pelotitas de golf.

—Cat dijo... —Una sonrisa maquiavélica elevó la comisura derecha de sus labios y sus ojos retomaron su expresión sensual... gay pero sensual—. Que se joda Cat. Échame la culpa.

Andrew hizo una pirueta en el aire con la mano izquierda, con el dedo índice extendido, y no solo presionó el botón aceptar la solicitud de Paolo Vursky, sino que le pidió amistad.

Sin más, le devolvió el teléfono móvil y sonrió inocentemente mientras la dejaba para volver al mostrador y ordenar un poco lo que ella estaba dejando atrás en su huida.

—¿Por qué te vas tan temprano? Falta una hora para el Club de Lectura.

—Nos vamos a encontrar un rato antes en The Elephant House. ¿Quieres venir?

—No.

—¿Estás enojado porque me estaba yendo sin contarte?

—No.

Dos monosílabos cortantes significaban “Sí, estoy muy enojado”, tres eran “peligrosamente furioso”; cuatro, nivel Jack el Destripador. Lean analizó rápidamente qué podía decir para evitar el nivel DefCon3.

—¿Por qué no vienes conmigo? A las chicas les encanta verte.

—Si a las chicas les encanta verme, saben dónde encontrarme. Además, no volveré al club de lectura hasta que no incorporen literatura homoerótica de nivel. No quiero leer más sobre oblicuos cuyo destino final solo devoran labios femeninos.

—Vamos al café...

—Oye, ¿Qué parte de “diez pedidos de coronas fúnebres y dieciséis arreglos sobre ataúd” no entendiste? Alguien tiene que trabajar aquí, señorita suertuda.

—¡Oye! Es el único día en que salgo más temprano...

¡Qué más temprano! ¡En horario! Mientras tú te vas dos veces por semana al gimnasio, uno a la reflexóloga para que te alinee los chakras, una vez por mes tienes peluquería y esteticista, te tomas sábado por medio para salir por ahí y llegas tarde sistemáticamente. ¡Y eso que vives aquí arriba!

El rostro de Andrew transmutó a una máscara pálida y ofendida, con la boca demudada y fija en una “O” inconclusa. Estiró un brazo, señalando la calle, y dijo una sola palabra.

—Afuera.

—Pero, Andrew... —susurró Lean, dejando caer los brazos al costado de su cuerpo, con el abrigo todavía a medio vestir, la cartera colgando y el teléfono en la mano.

—Vete. Ya.

—No te enojes...

Andrew salió de atrás del mostrador y se fue directamente sobre ella. Abrió la puerta al exterior con una mano y la empujó hacia la calle.

—¡Ve! Ve con tus amigas a masturbarse con el italiano con vibra homosexual no asumida mientras yo me quedo aquí trabajando para mantenernos a los dos.

—Pero...

—¡Ve! Ellas pueden entenderte mejor que yo.

¡Ve! Sacia tu sed literaria y vacía tus entrañas de confesiones.

Cuando termines de salvar el planeta y sacarle información a Vursky, trae comida china y ven a contarme el resto de la historia.

—Andrew tenía un dejo bipolar que era bastante divertido cuando no era aterrador.

Le dio un beso en la sien y cerró la puerta con fuerza, dejándola en el medio de la vereda con un ataque de risa, mientras terminaba de calzarse el abrigo y buscaba su camino al café del encuentro.