Atrapados en la tormenta Epílogo
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Epílogo

Seis meses después

La primera vez que Leandro llegó a casa antes de las siete de la tarde, Zéphyr estaba en el sofá con la libreta de bocetos y los pies sobre la mesita.

—Oye —dijo ella sin levantar la vista—. ¿Eso es que han cancelado el juicio o que te has perdido?

—Ni lo uno ni lo otro. —Se sentó junto a ella. Le quitó el bolígrafo—. He salido pronto.

Zéphyr lo miró.

—¿Voluntariamente?

—Con solo un correo de culpa enviado desde el taxi. Progreso.

—Progreso notable.

La besó en la sien. Luego miró la libreta.

—¿Qué estás dibujando?

—La vista desde aquella terraza. Me sigue saliendo.

—¿El árbol doblado?

—El árbol doblado.

Habían encontrado, finalmente, un apartamento juntos: un piso luminoso a medio camino entre el bufete de Leandro y la agencia de Zéphyr, con una habitación extra que ella había convertido en estudio y que él, secretamente, consideraba el rincón más bonito de toda la casa, aunque nunca lo había admitido en voz alta porque sospechaba que Zéphyr se lo recordaría durante años si lo hacía.

El cambio no había sido instantáneo ni sencillo.

Las primeras semanas de vuelta a la rutina habían sido, como ambos habían temido en algún momento durante aquella última mañana en la montaña, más difíciles de lo esperado: Leandro recayendo en jornadas de doce horas durante un caso particularmente complicado, Zéphyr sintiendo el peso familiar de la soledad en un apartamento que todavía no compartían del todo.

Hubo una discusión memorable —la primera de verdad, no las bromas con dientes de los primeros días— en la que Zéphyr le había recordado, con una claridad que no admitía términos legales, que un trato era un trato, y que las tortitas y los horarios habían sido, de hecho, condiciones acordadas y no sugerencias opcionales.

Leandro había escuchado. De verdad había escuchado, cosa que Zéphyr sospechaba que probablemente le había costado más esfuerzo del que aparentaba, y las cosas, poco a poco, habían encontrado un ritmo nuevo: no perfecto, no sin fricciones, pero genuino.

Inés, por su parte, se había convertido en aliada incondicional de Zéphyr exactamente como Leandro había predicho, hasta el punto de enviarle mensajes de texto cada vez que sospechaba que su hermano estaba trabajando más de la cuenta, con la simple instrucción de "mándale a casa, por favor, antes de que tenga que ir yo a sacarlo del despacho a rastras".

La madre de Zéphyr, por su parte, había recibido a Leandro con una mezcla de escepticismo —"¿un abogado, Zéphyr?

¿en serio?"— y un cariño creciente que se había consolidado del todo el día en que él, sin que nadie le pidiera nada, había pasado una tarde entera arreglando la persiana rota de su balcón sin mencionarlo ni una sola vez después.

La primera vez que Leandro conoció formalmente a la madre de Zéphyr, en una comida familiar que se había prolongado durante casi cinco horas, pasó la primera mitad respondiendo con la formalidad ensayada de un hombre acostumbrado a las negociaciones difíciles, y la segunda mitad —ya con dos copas de vino de más y bastante menos guardia— contando anécdotas de juzgado que tuvieron a toda la mesa riendo hasta las lágrimas.

En el coche de vuelta, Zéphyr no pudo contener una sonrisa.

—Le has caído bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te ha preguntado tres veces si tienes hermanos solteros para tus primas.

—Solo tengo una hermana, y está felizmente soltera por elección propia.

—Eso no le va a impedir intentarlo en la próxima comida.

—Genial. Algo que esperar con ilusión.

Zéphyr le apretó la mano sobre el cambio de marchas, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la calefacción del coche.

Leandro la miró de perfil durante un momento.

—El fin de semana que viene es el aniversario.

—¿De qué?

—De la tormenta.

Zéphyr levantó los ojos de la libreta.

—¿Estás sugiriendo que volvamos?

—Estoy sugiriendo que reservemos antes de que vuelva a haber un error administrativo y tengamos que compartir la casa con algún desconocido.

—La última vez el desconocido resultó ser bastante tolerable.

—Solo bastante.

—Bueno. —Recuperó el bolígrafo—. Quizás un poco más que bastante.

Leandro sonrió. La sonrisa que ya no estaba oxidada, que había aprendido a no guardarla.

—¿Es un sí?

Zéphyr cerró la libreta.

—Reserva antes de que me lo piense.

~ * ~

Esa misma semana, Leandro tuvo una conversación con sus socios que llevaba meses posponiendo.

No fue fácil —nada en el bufete lo era nunca—, pero salió de la sala de juntas con un acuerdo que reducía su carga de casos en un veinte por ciento, lo suficiente para tener, por primera vez en una década, tardes libres entre semana que no se sentían como un robo.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Zéphyr esa noche, cuando él llegó a casa con la corbata floja y una expresión que no supo del todo interpretar.

—Bien. —Se sentó junto a ella en el sofá—. Raro, pero bien. Me han preguntado si estaba enfermo, ya que normalmente soy yo el que pide más casos, no menos.

—¿Y qué les has dicho?

—Que estoy intentando estar enfermo de algo distinto al trabajo, durante un cambio.

Zéphyr sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.

—Eso es lo más bonito y lo más raro que me han dicho nunca.

—Soy un hombre de contrastes.

—Eso desde luego.

Inés, al enterarse, le había mandado un único mensaje que decía: «Por fin. Le debo una cena a Zéphyr.» Leandro se lo mostró con una mezcla de exasperación y cariño que Zéphyr ya conocía bien.

~ * ~

No todo había sido fácil, sin embargo. Hubo una tarde, dos meses después de instalarse juntos, en que Zéphyr llegó a casa después de una reunión especialmente dura con Renata —que finalmente había decidido, sin previo aviso, no renovarle el contrato a final de año— y se encontró a Leandro todavía en pijama a las seis de la tarde de un sábado, rodeado de papeles del caso de los hermanos, que aparentemente había decidido llevarse a casa "solo para repasar un poco".

—¿En serio? —preguntó ella, dejando las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. ¿Hoy precisamente?

Leandro levantó la vista, notando de inmediato que algo iba mal, aunque tardó un segundo en conectar las piezas.

—¿Qué ha pasado?

—Ha pasado que me han echado, básicamente. Y he venido a casa esperando que estuvieras aquí, de verdad aquí, no rodeado de expedientes un sábado por la tarde.

Leandro se quedó callado un momento, mirando los papeles esparcidos sobre la mesa como si los viera por primera vez, y después, sin decir nada más, los recogió todos y los metió en su maletín, que cerró con un chasquido definitivo.

—Lo siento —dijo, acercándose a ella—. Tienes razón. Cuéntame qué ha pasado.

Hablaron durante horas esa noche, sobre el trabajo de Zéphyr, sobre los miedos de ambos, sobre cómo era fácil, incluso queriendo cambiar de verdad, recaer en los viejos patrones cuando la presión aumentaba.

No resolvieron nada de manera definitiva, pero al final de la noche, abrazados en el sofá nuevo que todavía olía a tienda, Zéphyr sintió que aquella discusión, lejos de ser una grieta, había sido en realidad una prueba superada: la prueba de que, a diferencia de con Marcos, con Leandro las cosas difíciles se hablaban hasta el final en lugar de dejarse pudrir en silencio.

Tres semanas después, Zéphyr encontró trabajo en una agencia más pequeña, con mejor ambiente y, sobre todo, con una jefa que respetaba los fines de semana con una devoción casi religiosa.

Lo celebraron con una cena que Leandro insistió en cocinar él mismo, sin ningún incidente de harina esta vez, aunque sí con una cantidad sospechosa de velas que sugería que la cena tenía más intenciones de las que admitía abiertamente.

—¿A qué viene tanta vela? —preguntó Zéphyr, entrando en la cocina y encontrándola transformada en algo que parecía sacado de una película.

—A que estoy celebrando que mi pareja tenga una jefa decente, por fin.

—Eso es mentira. Tienes esa cara que pones cuando estás nervioso por algo.

—No tengo ninguna cara especial.

—Tienes exactamente una cara especial, Voss, y la estás poniendo ahora mismo.

Leandro suspiró, rindiéndose ante la perspicacia de Zéphyr con la misma facilidad con la que se había rendido casi siempre desde aquel primer día en la nieve.

—Está bien. Tengo algo que preguntarte.

El corazón de Zéphyr empezó a latir con una intensidad que la sorprendió, aunque todavía no sabía exactamente por qué.

—Te escucho.

Pero Leandro, en lugar de continuar, simplemente sonrió, negó con la cabeza, y sirvió la cena como si nada hubiera pasado.

—No, todavía no. Pero pronto.

—¡Leandro!

—Paciencia. Es una de las pocas virtudes que el derecho me ha enseñado de verdad.

Zéphyr protestó durante toda la cena, medio en broma medio en serio, exigiendo saber qué era exactamente lo que él estaba planeando, pero Leandro se mantuvo firme, con esa testarudez encantadora que ella ya conocía de memoria, prometiéndole solo que la respuesta llegaría "en el momento adecuado", una frase que a ella le pareció sospechosamente parecida a las que él usaba en sus negociaciones más delicadas.

No lo supo aquella noche. Ni la semana siguiente.

Tardaría meses, de hecho, en descubrir exactamente qué había estado planeando Leandro aquella noche de las velas —algo que él guardaría, con la paciencia legal que tanto presumía, para el momento exacto en que decidiera que estaba preparado—, pero aquella cena quedó grabada en su memoria como el momento en que ambos, sin decirlo todavía en voz alta, supieron que aquello no era solo una historia bonita sobre una tormenta de nieve, sino el principio de algo que pensaban construir durante mucho, mucho tiempo.

~ * ~