Epílogo #2
La pregunta que Leandro había guardado para "el momento adecuado" llegó, finalmente, ocho meses después de aquella cena de las velas, no en un restaurante elegante ni en ninguna escena planeada al milímetro como Zéphyr siempre había imaginado que sería este tipo de momento, sino una tarde de domingo cualquiera, mientras los dos fregaban juntos después de comer en la cocina de su apartamento compartido, en la misma coreografía que habían perfeccionado desde la primera tarde en aquella casa de montaña.
—Por cierto —dijo Leandro, con una naturalidad tan exagerada que resultaba evidente que estaba fingiendo—, hay algo que llevo guardando desde hace un tiempo.
Zéphyr, con las manos llenas de espuma, lo miró con suspicacia inmediata.
—¿Por fin?
—Por fin.
Se secó las manos con el trapo de cocina, despacio, y se arrodilló frente a ella, todavía con el delantal puesto, con una pequeña caja que sacó del bolsillo con manos que, para alguien acostumbrado a litigar frente a jueces sin pestañear, temblaban de manera evidente.
—Zéphyr Castelao. Llevo ocho meses, dos discusiones serias, una mudanza compartida y aproximadamente cuatrocientas tortitas perfeccionando exactamente esto que tenemos. Y estoy completamente seguro de que quiero seguir perfeccionándolo durante el resto de mi vida.
Zéphyr se quedó inmóvil, las manos todavía mojadas, el corazón latiendo con una fuerza que casi dolía.
—¿Me estás pidiendo matrimonio con un delantal puesto?
—Estoy intentándolo, sí. Aunque la elegancia del momento se está viendo seriamente comprometida por las circunstancias.
—Es lo más absurdo y lo más perfecto que me han propuesto nunca.
—¿Eso es un sí?
Zéphyr se arrodilló también, hasta quedar a su altura, y le tomó la cara entre las manos llenas de espuma, sin importarle ya nada más que la expresión de él, expectante y vulnerable de una manera que pocas veces le había visto.
—Es un sí, Leandro. Por supuesto que es un sí.
Se besaron entre risas y espuma de fregar, en una cocina que olía a comida casera y a domingo cualquiera, exactamente el tipo de momento ordinario y perfecto que ninguno de los dos habría podido imaginar aquella primera tarde, hacía más de un año, cuando una maleta se volcó en la nieve y dos desconocidos descubrieron, sin buscarlo, que algunos errores administrativos son en realidad los mejores regalos que la vida puede ofrecer.
~ * ~
Reservaron, en efecto, la misma casa —el propietario, al reconocer los nombres en la solicitud, les había escrito un correo entusiasta prometiendo que esta vez no habría "ningún error administrativo", aunque ambos coincidieron, entre risas, en que no habrían cambiado nada de lo ocurrido aquella primera vez ni aunque hubieran podido.
Llegaron un viernes de enero, casi exactamente un año después de aquel primer encuentro en la nieve, con el coche cargado de provisiones suficientes para sobrevivir a cualquier tormenta que la montaña decidiera enviarles.
La carretera, esta vez, estaba completamente despejada, y subieron sin incidentes hasta la casita de piedra que ya conocían de memoria.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Zéphyr, mientras Leandro sacaba las maletas del coche, esta vez sin que ninguna decidiera volcarse en mitad del camino.
—¿Qué?
—Que el año pasado, en este mismo sitio, yo no tenía ni idea de que mi vida estaba a punto de cambiar por completo.
Leandro dejó las maletas en el porche y se acercó a ella, rodeándola con los brazos contra el frío del atardecer que empezaba a caer sobre la montaña.
—Yo tampoco —admitió—. Solo sabía que había una mujer gritando insultos marineros en mitad de la nieve, y que, por algún motivo que todavía no termino de entender del todo, no podía dejar de mirarla.
—Qué declaración tan poco romántica, Voss.
—Es lo único que sé hacer.
—Mentira —dijo ella, besándolo brevemente—. Llevas un año demostrando que sabes hacer muchas más cosas románticas de las que admites en público.
—Eso queda entre nosotros.
—Por ahora.
Entraron juntos en la casa, encendieron la misma chimenea, y mientras la luz de la tarde se apagaba sobre el valle nevado, ambos se sentaron en el mismo sofá verde botella donde todo había comenzado, esta vez sin la distancia calculada de dos desconocidos, sino con la cercanía natural de quienes ya han decidido, sin necesidad de pronunciarlo de nuevo, que quieren seguir eligiéndose.
—¿Sabes qué echo de menos de aquella primera semana? —dijo Zéphyr, acurrucada contra su hombro.
—¿Qué?
—No saber qué iba a pasar. La incertidumbre tenía algo emocionante.
—Yo prefiero esto. —Leandro le besó la coronilla—. Saber que vas a estar aquí mañana, y pasado, y el día después. Resulta que la certeza también puede ser emocionante, a su manera.
—Eso es lo más romántico que me has dicho nunca, para que conste.
—No se lo digas a mis socios. Mi reputación de hombre frío e implacable depende de que esto quede en familia.
—Tu secreto está a salvo conmigo. —Sonrió contra su pecho—. Igual que lo estuvo el primer día.
Fuera, la nieve seguía cayendo, suave y constante, exactamente como había caído un año antes, cuando dos desconocidos llegaron por error a la misma casa y descubrieron, sin buscarlo, que algunas tormentas no llegan para destruir, sino para obligarnos a parar el tiempo suficiente y ver con claridad lo que de verdad importa.
~ * ~
FIN
Serie amores (Son novelas independientes, se pueden leer en cualquier orden):
1- Amor fuera de inventario
2- Atrapados en la tormenta