Atrapados en la tormenta Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Lista? —preguntó Leandro, de pie en el umbral con las maletas ya en mano.

—Casi. —Sacó su libreta y, en la última página en blanco, escribió rápidamente una nota, arrancó la hoja y la dejó sobre la mesa de centro, donde un futuro huésped pudiera encontrarla.

—¿Qué has escrito?

—Nada importante. Solo un agradecimiento a la casa.

Leandro no insistió, aunque más tarde, cuando ya estaban en el coche bajando por la carretera recién despejada, no pudo evitar preguntarse qué decía exactamente aquella nota.

Lo descubriría meses después, cuando volvieran a esa misma casa y encontraran, providencialmente, que nadie la había movido: «Gracias por guardarnos durante una semana que cambió todo.

Si alguna tormenta os atrapa aquí con alguien inesperado, dejad que ocurra. — Z. y L.»

El descenso por la montaña fue, contra todo pronóstico, tranquilo.

La carretera, recién despejada por las máquinas quitanieves, ofrecía una visibilidad perfecta, y el paisaje que habían visto cubrirse de blanco durante una semana entera ahora se desplegaba ante ellos con una claridad casi cinematográfica: los pinos cargados de nieve, el valle extendiéndose abajo, el cielo de un azul que no habían visto desde su llegada.

—¿Nervioso? —preguntó Zéphyr, mirándolo de reojo mientras él conducía con las manos firmes sobre el volante.

—Mucho. —Una pausa—. ¿Tú?

—También. Pero de la buena manera.

—¿Existe una manera buena de estar nervioso?

—Existe cuando lo que te espera al final del nerviosismo es algo que de verdad quieres.

Leandro alargó la mano derecha, sin apartar la vista de la carretera, y ella la tomó sin dudar, entrelazando los dedos con los suyos sobre el asiento central, en un gesto que ya no necesitaba explicación ni permiso.

Cuando llegaron al pueblo, donde la cobertura volvió de golpe en una avalancha de notificaciones acumuladas durante una semana —correos de Renata, mensajes de su madre, llamadas perdidas de Inés—, ambos coincidieron, sin necesidad de decirlo, en apagar los teléfonos durante quince minutos más, solo para alargar un poco más ese paréntesis que la tormenta les había regalado antes de que el mundo real reclamara, inevitablemente, su atención.

Pararon en un pequeño bar del pueblo, el único que parecía abierto, para tomar algo caliente antes de separar sus caminos: él hacia su coche, aparcado donde lo había dejado una semana antes; ella hacia el suyo, todavía varado donde se había quedado sin batería, aunque ahora con la grúa ya avisada para rescatarlo.

—Esto es raro —dijo Zéphyr, removiendo el chocolate caliente que había pedido sin pensarlo, como una especie de premio por haber sobrevivido a la tormenta—. Llevamos una semana viéndonos todo el día, todos los días, y ahora vamos a tener que aprender a vernos de la manera normal.

—¿Hay una manera normal?

—No tengo ni idea. Nunca he empezado una relación viviendo primero con la persona.

—Técnicamente, empezamos al revés.

—Completamente al revés. La gente normal se conoce, queda unas cuantas veces, y solo después de meses se plantea convivir. Nosotros hicimos eso primero y la cita normal nos queda pendiente.

Leandro sonrió, removiendo su café.

—Entonces hagamos una. Una cita de verdad. Restaurante, mesa, conversación sin tormenta de fondo ni generador a punto de fallar.

—¿Cuándo?

—¿El viernes? Estaré en Madrid para entonces, supongo. Tengo cosas que resolver en el bufete, pero el viernes por la noche es sagrado.

—El viernes. —Zéphyr sonrió, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el chocolate—. Me apunto a la cita normal, Voss.

—Será un honor invitarte formalmente, Castelao.

Se despidieron en el aparcamiento del bar con un beso que duró más de lo que cualquiera de los dos había planeado, ajenos al frío, ajenos a la gente que pasaba camino de sus coches, conscientes únicamente de que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tenía miedo de lo que vendría después.

~ * ~

El trayecto de vuelta a Madrid, ya sola en su propio coche —rescatado finalmente por la grúa, con la batería cargada y el motor funcionando de nuevo con una docilidad sospechosa, como si también él hubiera decidido cooperar después de tanto drama—, le dio a Zéphyr el tiempo y el silencio necesarios para procesar todo lo que había ocurrido en esa semana.

Pensó en lo absurdo que sonaría si lo contara en voz alta a alguien que no hubiera estado allí: que había llegado a una casa rural buscando solamente desconectar del mundo, que un error de reservas la había emparejado con un completo desconocido, y que siete días después había vuelto a casa enamorada de un abogado de cuarenta y un años con el que apenas había intercambiado un mensaje de texto en su vida.

Sonaba a la trama de una de esas comedias románticas que solía ver los domingos por la tarde sin demasiadas expectativas, el tipo de historia que uno disfruta precisamente porque sabe que nunca le pasará a uno mismo.

Y sin embargo, allí estaba, conduciendo de vuelta a una ciudad que ya no se sentía exactamente igual que una semana antes, con el teléfono vibrando cada pocos minutos con mensajes de Leandro —cosas pequeñas, sin importancia real: una foto del paisaje desde su coche, una broma sobre lo raro que era volver a tener cobertura constante, una pregunta sobre cuál era su restaurante favorito en Madrid para poder reservar mesa el viernes— y sintiendo, con cada mensaje, que la realidad a la que estaba volviendo no era tan amenazante como había temido.

Llamó a Noa en cuanto entró en el área de cobertura estable, incapaz de esperar más tiempo para contárselo todo.

—No te lo vas a creer —empezó, sin saludo previo.

—Cuéntame ya, que llevo una semana sin saber nada de ti y me he imaginado escenarios horribles.

—Me he enamorado de un abogado en mitad de una tormenta de nieve.

Un silencio al otro lado de la línea, seguido de una carcajada que duró bastante más de lo razonable.

—Eso —dijo Noa finalmente, todavía riendo— es lo más a lo que se parece a una novela romántica que te ha pasado nunca en la vida, y eso que has tenido novios bastante dramáticos.

—Lo sé. Yo tampoco me lo creo del todo.

—¿Y es bueno? El abogado, digo.

Zéphyr pensó en Leandro frunciendo el ceño sobre una olla de guiso, en su mano sujetándole el brazo durante dos segundos eternos, en la manera en que decía su nombre como si tuviera más sílabas de las que tenía.

—Es complicado —dijo, sonriendo sola en el coche—. Pero de la buena manera.

—Esas son las mejores, según dicen.

—Eso me han dicho, sí.

~ * ~