Atrapados en la tormenta Capítulo 9
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Capítulo 9

En la que la carretera abre pero nadie tiene prisa

Amaneció con luz.

Luz de verdad, dorada, que entraba por las rendijas de las contraventanas y dibujaba rayas cálidas en el suelo de madera.

Zéphyr lo notó antes de abrir los ojos, y cuando los abrió encontró el techo de vigas de la habitación que no era la suya y a Leandro dormido a su lado con la respiración lenta y el ceño, por una vez, completamente relajado.

Se quedó mirándolo más tiempo del que habría admitido.

Así era diferente. Sin la guardia, sin el traje metafórico, sin el agotamiento vigilante de un hombre que llevaba demasiado tiempo intentando controlarlo todo.

Era solo él: un poco de canas en las sienes, una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha que nunca le había preguntado de dónde venía, las manos abiertas sobre la almohada.

Se preguntó, observándolo, cómo sería despertar así cada mañana: sin la urgencia, sin el reloj invisible que parecía gobernar cada movimiento de Leandro en sus horas de vigilia.

Pensó en la cicatriz —tendría que preguntarle, en algún momento, de dónde venía— y en las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, que se suavizaban por completo cuando dormía, como si incluso su cuerpo necesitara ese permiso explícito para descansar de verdad.

—Sé que me estás mirando.

La voz llegó sin que abriera los ojos.

—Estoy analizando los datos de anoche —respondió Zéphyr sin un ápice de vergüenza.

—¿Conclusiones?

—Pendientes de verificación.

Ahora sí abrió los ojos. La miró de esa manera que tenía desde hacía días, directa y sin escudarse en nada.

—¿Qué clase de verificación?

—Científica. Empírica. —Se encogió de hombros—. Ya sabes.

Leandro se rio, y la atrajo hacia él, y la segunda vez fue diferente a la primera: más despierta, más consciente, con la luz de la mañana entrando por las rendijas y ninguno de los dos con prisa por nada.

[Puerta cerrada.]

~ * ~

La radio anunció a las once de la mañana que la carretera quedaba abierta al tráfico.

Los dos estaban en la cocina. Leandro hacía café —ya sin incidentes de harina— y Zéphyr tostaba pan. Se miraron cuando llegó el anuncio.

—Podríamos irnos hoy —dijo él.

—Podríamos.

—O mañana.

—También.

Leandro le pasó el café. Sus dedos se rozaron en el asa de la taza.

—¿Qué prefieres?

Zéphyr bebió. Pensó. Miró por la ventana el paisaje blanco y quieto.

—Mañana —dijo—. Mañana me parece bien.

—Mañana, entonces.

Decidieron, sin necesidad de discutirlo demasiado, aprovechar ese último día extra que se habían concedido.

Salieron a media mañana a caminar hasta el límite del valle, esta vez sin la tensión de los primeros paseos, sus manos entrelazadas con una naturalidad que a Zéphyr le pareció casi sorprendente, dada la brevedad de todo aquello que había empezado entre ellos apenas una semana antes.

—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —dijo ella, mientras caminaban entre los pinos.

—¿Qué?

—Que se sienta tan poco extraño. Llevamos siete días conociéndonos, y sin embargo... —Buscó las palabras adecuadas—. Es como si lleváramos más tiempo.

—Quizá porque en condiciones normales, en la ciudad, con trabajo y distracciones, habríamos tardado meses en llegar a esta cantidad de conversaciones reales. Aquí no había nada más que hacer que hablar. O cocinar. O jugar a las cartas y hacer trampas.

—Una vez.

—Tres veces, según mis cálculos, pero no voy a volver a discutir eso.

Se sentaron un rato sobre una roca despejada de nieve, contemplando el valle que se extendía abajo, ya visiblemente más transitable: a lo lejos, podían distinguirse máquinas quitanieves trabajando en la carretera principal, pequeños puntos amarillos moviéndose con una lentitud burocrática que contrastaba con la urgencia que ambos habían sentido apenas un día antes.

—¿Tienes miedo? —preguntó Zéphyr, sin necesidad de especificar de qué.

—Mucho. —La sinceridad de Leandro no vaciló—. Tengo miedo de que esto sea solo la versión vacacional de mí, la que tiene tiempo y nieve y nada más que hacer. Tengo miedo de volver al bufete el lunes y que en dos semanas vuelva a ser exactamente el hombre que era antes de llegar aquí.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Estoy pensando en hablar con mis socios sobre reducir mi carga de casos. No del todo —no podría, ni económica ni psicológicamente—, pero lo suficiente para que quede margen para... —la miró— esto. Para lo que sea que esto vaya a ser.

—Eso es un buen comienzo.

—¿Y tú? ¿Tienes miedo?

Zéphyr lo pensó, observando el vapor de su propio aliento disolverse en el aire.

—Tengo miedo de hacer exactamente lo que hice con Marcos: quedarme en algo por comodidad en lugar de por convicción. Pero esto se siente distinto. Esto no se siente cómodo, exactamente. Se siente como un riesgo que de verdad quiero correr, que es algo completamente distinto.

—Eso es información razonablemente esperanzadora, para los estándares de esta conversación.

—Lo sé. Estoy mejorando.

Volvieron a la casa cuando el sol empezaba a declinar, helados pero satisfechos, y pasaron la tarde organizando el equipaje con calma, sin la urgencia que habría dictado la lógica de cualquier otra circunstancia, deteniéndose más de una vez para besarse en mitad de una habitación a medio recoger, como si quisieran posponer todo lo posible el momento de cruzar de nuevo esa carretera hacia sus vidas separadas.

Esa noche, la última en la casa, decidieron sin necesidad de discutirlo que cenarían lo que quedaba en la despensa, una mezcla algo improvisada de sobras que terminó pareciéndose más a un festín de despedida que a una simple cena de restos.

Abrieron la última botella de vino de la bodega improvisada del cobertizo y, ya con las maletas medio cerradas esperando junto a la puerta, se sentaron en el suelo frente a la chimenea, como la primera noche, aunque ya nada se parecía a la primera noche.

—¿Sabes qué echaré de menos? —dijo Zéphyr, con la copa entre las manos.

—¿Qué?

—El crujido de la madera del pasillo. El que siempre me hace tropezar.

—Eso es extrañamente específico.

—Es que es verdad. Llevo toda la semana tropezando en el mismo punto exacto del pasillo, y de alguna manera ya forma parte de cómo recuerdo esta casa.

—Yo echaré de menos no tener wifi.

Zéphyr lo miró con incredulidad.

—¿En serio?

—En serio. Es la primera vez en años que no he sentido la obligación constante de estar disponible para todo el mundo. Cuando volvamos a tener cobertura, va a ser como recibir una bofetada de realidad.

—Bueno, al menos tendrás mi número de teléfono para suavizar el golpe.

—Eso —dijo él, acercándose para besarla— ya es lo único de la realidad que me apetece recuperar con urgencia.

Se quedaron despiertos hasta tarde, hablando de nada y de todo, postergando el sueño como si dormir significara acelerar la llegada de la mañana siguiente y, con ella, el final inevitable de aquel paréntesis perfecto que la tormenta les había regalado.

Se sentaron a desayunar. El sol entraba de lleno ahora y hacía destellar la nieve afuera con esa luz de enero que dura poco pero es perfecta mientras dura.

—Leandro.

—Dime.

—Cuando volvamos a la ciudad... —Dejó la tostada—. Esto funciona diferente allí. El trabajo, la distancia, el ritmo...

—Lo sé. —No lo interrumpió. La dejó hablar y luego respondió—: Pero yo llevo dos años eligiendo lo más seguro. Y lo más seguro me ha salido bastante mal.

—Tampoco es un argumento romántico que te quite el sueño.

—No soy especialmente romántico.

—Eso es mentira. Anoche fuiste bastante...

—Zéphyr.

—¿Qué.

—Lo que quiero decir es que quiero intentarlo. —Lo dijo con la misma claridad con que debía de hablar en los juicios—. No tengo garantías y no te voy a prometer que lo voy a hacer perfecto. Pero quiero intentarlo contigo.

Zéphyr lo miró durante un largo momento.

Luego alargó la mano por encima de la mesa y entrelazó sus dedos con los de él.

—Yo también quiero intentarlo —dijo—. Pero si trabajas más de doce horas seguidas sin avisarme, te mando la factura de la terapia.

—Trato.

—Y tienes que aprender a hacer tortitas sin convertir la cocina en una nevada interior.

—Eso es negociable.

—No lo es.

Él apretó sus dedos.

—De acuerdo. Las tortitas.

—Y una cosa más —añadió ella, con una seriedad que pretendía ser autoridad pero que se deshacía en una sonrisa a medio camino—. Quiero conocer a Inés. Cualquier mujer capaz de obligarte a desconectar durante tres días merece mi respeto eterno.

—Le vas a encantar. Y va a usar eso en tu contra cada vez que yo intente trabajar un fin de semana.

—Perfecto. Necesito aliados.

—Trato hecho, entonces. Las tortitas, los horarios, Inés.

—Y los apartamentos.

—¿Qué pasa con los apartamentos?

—Que tendremos que decidir, en algún momento no muy lejano, si tiene sentido seguir pagando dos alquileres en la misma ciudad.

Leandro la miró con una sorpresa genuina, casi divertida.

—Eso es ir bastante rápido para alguien que hace dos días tenía dudas serias sobre arriesgarse.

—No estoy decidiendo nada todavía. Solo estoy poniendo la idea sobre la mesa, como tú pondrías una cláusula en un contrato. Para que conste que existe.

—Anotado. —Sonrió—. Con la fecha y todo.

Y afuera, la nieve seguía brillando con esa luz imposible de enero, y dentro, el café humeaba entre sus manos entrelazadas, y Zéphyr pensó que había cosas peores que quedarse atrapada en una tormenta con el hombre más irritante del mundo.

Cosas bastante peores.

~ * ~

Hicieron el equipaje juntos, sin prisa, deteniéndose más de una vez para revisar que no quedaba nada olvidado: el cargador de Leandro enredado entre las sábanas, la bufanda de Zéphyr colgada del respaldo de una silla donde la había dejado la primera noche sin acordarse después.

Antes de cerrar la puerta por última vez, Zéphyr se quedó un momento mirando el salón: la chimenea ya apagada, el sofá verde botella con las marcas de sus tardes allí sentados, la mesa de centro donde habían jugado al Trivial y a las cartas, el tablero de ajedrez todavía a medio guardar en su caja desportillada.