Capítulo 8
En la que la chimenea hace horas extra
Zéphyr pasó la tarde en su habitación. Dibujó. Pensó. Dibujó un poco más.
Llenó tres páginas de bocetos que no eran de árboles ni de paisajes sino de una mandíbula tensa, de unas manos cruzadas sobre las rodillas, de una sonrisa pequeña y oxidada que le había costado días arrancarle.
Se sentó junto a la ventana, con la libreta sobre las rodillas, y dejó que el lápiz se moviera casi sin su permiso: primero un boceto rápido de las manos de Leandro alrededor de una taza de café, después sus hombros encorvados sobre un libro que no leía, finalmente —sin que ella lo decidiera del todo— un esbozo de los dos sentados frente al fuego, las figuras apenas indicadas con unas pocas líneas, pero inequívocamente juntas.
Dejó el lápiz un momento y se permitió, por primera vez desde que había llegado a esa montaña, pensar de verdad en lo que quería, sin la voz cauta de costumbre susurrándole que se conformara con lo seguro.
Recordó una conversación con su mejor amiga, Noa, meses atrás, sentadas en la terraza de un bar en Malasaña, cuando todavía estaba con Marcos y fingía no notar las grietas.
—¿Eres feliz? —le había preguntado Noa, sin rodeos, como solo ella se atrevía a preguntarle.
—Estoy bien —había respondido Zéphyr, y Noa había puesto esa cara que pone la gente cuando sabe que le estás mintiendo y decide no insistir, por ahora.
—«Bien» no es lo mismo que feliz, ¿sabes?
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues conformándote con «bien»?
No había tenido respuesta entonces. La tuvo, sentada junto a esa ventana con la libreta en las rodillas y el corazón latiendo de una manera completamente distinta a como había latido en seis años con Marcos: porque «bien» daba miedo de abandonar, pero menos miedo que arriesgarse a sentir algo de verdad y que se rompiera.
Pensó que quizás había llegado el momento de dejar de elegir lo que menos daba miedo y empezar a elegir lo que de verdad quería, aunque temblara un poco al hacerlo.
Cerró la libreta con una decisión repentina y bajó las escaleras antes de que el valor que sentía en ese momento tuviera tiempo de desaparecer, como suele pasar con esas resoluciones tomadas a solas en una habitación, que parecen tan firmes hasta que hay que ponerlas en práctica frente a otra persona.
Se detuvo un instante frente al espejo del pasillo, ese mismo espejo donde había visto su propio reflejo cada mañana durante una semana sin prestarle demasiada atención.
Esa noche, sin embargo, se miró con más detenimiento: el pelo todavía húmedo de la ducha, las mejillas ligeramente sonrosadas por el calor de la chimenea, los ojos con un brillo que no recordaba haber tenido en mucho tiempo, quizás desde antes de Marcos, quizás desde antes de aprender a conformarse.
—Vale —se dijo a sí misma, en voz tan baja que apenas fue un susurro—. Vale.
Repasó mentalmente cada argumento que se había dado a sí misma en el claro del bosque: las ciudades distintas, los horarios imposibles, el riesgo de que algo que parecía tan fácil en mitad de la nieve se desmoronara en cuanto la vida normal —con sus plazos, sus jefas, sus rutinas agotadoras— volviera a imponerse.
Eran argumentos razonables. Eran, de hecho, exactamente el tipo de argumentos que su versión más cautelosa, la que había aguantado dos años de más con Marcos por pura comodidad, habría usado para justificar no arriesgar nada.
Pero también pensó en otra cosa: en que esa misma cautela, ese mismo instinto de elegir siempre lo seguro, era precisamente lo que se había prometido a sí misma dejar atrás.
"A quedarme pequeña", le había dicho a Leandro la noche de la tormenta.
"A conformarme." Y allí estaba, a punto de hacer exactamente eso, de elegir la versión más segura de la situación —terminarlo todo limpiamente, sin compromisos, sin riesgo— por miedo a que algo bueno resultara, al final, ser solo otra decepción más.
Cuando bajó las escaleras, la casa olía a cena y el fuego estaba encendido.
Leandro estaba en la cocina. No la oyó llegar.
Ella se quedó un momento en el umbral, mirándolo: de espaldas, removiendo algo en la olla, con la radio encendida en voz muy baja.
Había algo en esa imagen —cotidiana, doméstica, completamente ordinaria— que le apretó el pecho de una manera que ya no tenía sentido seguir ignorando.
Se fijó en los detalles que ya conocía sin haberlos memorizado a propósito: la manera en que Leandro se subía las mangas del jersey hasta los codos cuando cocinaba, como si quisiera tener las manos completamente libres; el modo en que tarareaba, sin darse cuenta, una melodía que no terminaba de identificar pero que sonaba sospechosamente parecida a algo que la radio había puesto esa misma mañana; la pequeña arruga de concentración entre sus cejas que aparecía cada vez que probaba la sal de algo y decidía si necesitaba más.
Pensó, observándolo desde el umbral, en lo extraño que era haber memorizado tantos pequeños gestos de un hombre al que apenas conocía hacía una semana. Y en lo poco que le importaba que fuera extraño.
—Huele bien —dijo ella.
Él se volvió.
Sus ojos la recorrieron un segundo, solo un segundo, antes de volver a ser los de siempre.
—Sopa de verduras. Lo único que quedaba con sentido.
—Perfecto.
Cenaron despacio. Hablaron poco, pero el silencio ya no necesitaba llenarse.
Zéphyr observó, mientras comía, los pequeños gestos que ya conocía de memoria sin haberlo planeado: la manera en que Leandro sostenía la cuchara con la mano izquierda mientras la derecha descansaba sobre la mesa, el modo en que fruncía levemente el ceño al probar algo, como evaluando si necesitaba más sal, el silencio cómodo que ya no tenía nada de la tensión evaluativa de los primeros días.
Pensó que podría acostumbrarse a esto. Que, de hecho, ya se había acostumbrado, en apenas una semana, de una manera que debería asustarla más de lo que lo hacía.
Cuando los platos estaban recogidos y el fuego empezaba a bajar, Zéphyr lo miró desde el sofá.
—He pensado —dijo.
Leandro levantó los ojos del libro.
—¿Y?
—Y que tienes razón en que somos diferentes. Y que una semana en una montaña no cambia a una persona. —Hizo una pausa—. Pero que a veces uno sabe cuándo algo vale la pena aunque no sepa todavía cómo va a funcionar.
Leandro dejó el libro.
Se levantó del sillón despacio, como si quisiera darle tiempo a cambiar de opinión. Cruzó el salón. Se sentó en el sofá, junto a ella, tan cerca que sus rodillas casi se tocaban.
—¿Vale la pena? —preguntó en voz baja.
—Tú me dices.
Y entonces Leandro levantó la mano y le apartó con cuidado un mechón de pelo que había caído sobre su mejilla. El gesto fue tan deliberado, tan sin prisa, que Zéphyr contuvo el aliento.
—Zéphyr.
—¿Qué.
—Llevo tres días queriendo hacer esto.
Y la besó.
Lo hizo despacio, sin urgencia, como alguien que ha estado esperando y ya no tiene prisa porque sabe que el tiempo que tendrá será suficiente.
Sus manos subieron a su cara con una delicadeza que contrastaba con todo lo que ella había imaginado de él esos primeros días, cuando era solo una pared con traje.
La boca de Leandro era cálida y sabía a vino tinto y a algo que Zéphyr no supo describir excepto que quería más.
Ella respondió deslizando las manos hasta su jersey, aferrándolo levemente, y él emitió un sonido bajo en la garganta que hizo que el mundo entero se redujera a ese sofá, esa chimenea, esa noche.
Cuando se separaron —apenas, lo suficiente para respirar— Leandro apoyó su frente contra la de ella.
—¿Bien? —susurró.
—Más que bien —respondió Zéphyr—. Aunque podría usar más datos para estar segura.
Él se rio contra su boca.
—Datos. —La volvió a besar, esta vez con menos delicadeza y más intención—. Cuántos necesitas.
—Los que hagan falta.
Se quedaron así un tiempo que ninguno de los dos midió, entre besos que se volvían más lentos y luego más urgentes, entre risas bajas cuando alguno de los dos decía algo que rompía momentáneamente la intensidad del momento, entre el calor del fuego y el calor de algo mucho más nuevo y mucho más incierto que ninguno de los dos había esperado encontrar en una casa compartida por error administrativo.
—Para que conste —murmuró Zéphyr en algún momento, con los labios todavía cerca de los suyos—, esto es exactamente el tipo de decisión imprudente que mi terapeuta, si tuviera terapeuta, me diría que analizara con más calma.
—¿Y qué dirías tú?
—Que algunas decisiones imprudentes resultan ser las correctas.
—Eso es información legalmente poco rigurosa.
—Bueno, menos mal que esto no es un juicio.
—No. —La acercó más hacia él—. Esto es mucho mejor que cualquier juicio que haya tenido en quince años de carrera.
Y el fuego siguió ardiendo en la chimenea, y la nieve siguió durmiendo afuera, y la noche hizo lo que hacen las noches cuando dos personas finalmente dejan de resistirse.
[Puerta cerrada.]