Atrapados en la tormenta Capítulo 7
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Capítulo 7

En la que la tormenta dentro es peor que la de fuera

El quinto día la carretera siguió cortada. El sexto también.

Zéphyr había dejado de contar. Había algo en el ritmo de aquellos días —desayuno juntos, mañanas en silencio o en conversación, comidas que habían pasado a ser un proyecto compartido, tardes junto al fuego— que hacía que la noción del tiempo funcionara diferente.

O quizá era que pensar en que aquello tenía que terminar le resultaba cada vez más incómodo.

Durante esos dos días, sin que ninguno lo planeara, se habían instalado pequeñas costumbres que ya parecían llevar meses en marcha: Leandro preparaba el café exactamente como a ella le gustaba —cargado, sin azúcar, con un toque de canela que había descubierto que a Zéphyr le encantaba después de verla añadirlo una vez— sin que ella tuviera que pedirlo.

Zéphyr, por su parte, había aprendido a dejarle el primer cuarto de hora de la mañana en silencio absoluto, sin preguntas, porque había notado que Leandro necesitaba ese tiempo para despertar del todo antes de poder mantener una conversación coherente.

Habían descubierto, también, una rutina nocturna que ninguno de los dos había sugerido en voz alta pero que ambos seguían sin falta: después de cenar, el sofá y el sillón frente al fuego, a veces en silencio, a veces hablando de cosas pequeñas —el libro que Leandro fingía leer, los bocetos que Zéphyr coleccionaba sin mostrarlos todos—, hasta que el sueño o la prudencia los enviaba a habitaciones separadas.

El sexto día por la tarde, mientras fregaban juntos después de la comida —otro ritual que se había instalado sin discusión, ella enjabonando, él aclarando, en una coreografía que ya no requería palabras—, Zéphyr se sorprendió calculando mentalmente cuántos días quedaban antes de que la carretera, inevitablemente, se abriera.

La idea le produjo una opresión extraña en el pecho que no supo nombrar del todo.

El séptimo día amaneció con el anuncio, vía radio —única conexión con el mundo exterior que tenían—, de que la carretera abriría al día siguiente.

Leandro lo oyó. Zéphyr lo oyó. Se miraron a través de la cocina.

—Mañana —dijo ella.

—Mañana —confirmó él.

El desayuno transcurrió en un silencio diferente a todos los anteriores: más pesado, más consciente de lo que llegaba.

Zéphyr removió su café mucho más tiempo del necesario, observando cómo la cucharilla dibujaba pequeños remolinos sin llegar a disolver nada, mientras intentaba ordenar lo que sentía en algo parecido a una conclusión coherente.

Madrid la esperaba: el piso vacío, la agencia, Renata exigiendo entregas, su madre preguntando por mensajes de voz cada vez más insistentes.

Una vida entera, completa, que había seguido funcionando sin ella durante una semana y que retomaría su ritmo en el momento exacto en que cruzara de nuevo esa carretera.

Y, sin embargo, lo único que conseguía pensar con claridad era que no quería que aquello terminara.

Leandro, por su parte, pasó la mañana ordenando —innecesariamente, dado que apenas tenían equipaje— su maleta, doblando y desdoblando la misma camisa varias veces, hasta que Zéphyr, que lo observaba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados, no pudo contener una sonrisa.

—¿Esa camisa te ha hecho algo?

Él se detuvo, camisa en mano, con expresión ligeramente avergonzada.

—Estoy procesando.

—¿Doblando ropa?

—Es lo que hago cuando no sé qué hacer con las manos.

—¿Y qué es lo que no sabes hacer con las manos, exactamente?

Leandro la miró entonces, dejando la camisa sobre la cama, y por un instante pareció que iba a decir algo importante. Pero se contuvo.

—Nada. Olvídalo.

—Leandro.

—De verdad, no es nada.

Zéphyr no insistió, aunque sospechó —correctamente, como descubriría apenas unas horas más tarde— que aquel "nada" escondía exactamente lo mismo que a ella le estaba costando tanto nombrar.

observando cómo la cucharilla dibujaba pequeños remolinos sin llegar a disolver nada, mientras intentaba ordenar lo que sentía en algo parecido a una conclusión coherente.

Madrid la esperaba: el piso vacío, la agencia, Renata exigiendo entregas, su madre preguntando por mensajes de voz cada vez más insistentes.

Una vida entera, completa, que había seguido funcionando sin ella durante una semana y que retomaría su ritmo en el momento exacto en que cruzara de nuevo esa carretera.

Y, sin embargo, lo único que conseguía pensar con claridad era que no quería que aquello terminara.

A media mañana, Zéphyr se puso el abrigo y las botas y salió a dar una vuelta por la nieve. Necesitaba aire. Necesitaba espacio para pensar.

No oyó a Leandro seguirla hasta que sus pasos crujieron detrás de ella.

—¿Puedo?

Ella asintió sin decir nada.

Caminaron juntos entre los pinos cargados de nieve, con el silencio del bosque alrededor. Sus alientos formaban nubes blancas que se mezclaban en el aire frío.

Caminaron un buen rato sin hablar, cada uno absorto en sus propios pensamientos, hasta llegar a un claro pequeño donde la nieve, intacta, brillaba bajo un rayo de sol que se había abierto paso entre las nubes con una generosidad casi teatral, como si el cielo entero hubiera decidido ponerse de acuerdo con el momento.

—¿Qué vas a hacer cuando vuelvas? —preguntó él.

—Trabajo. Buscar un apartamento nuevo —el que tenía era el de la pareja—. Llamar a mi madre, que lleva una semana sin saber nada de mí.

—¿Y después de todo eso?

Zéphyr se detuvo. Se volvió hacia él.

—¿Qué me estás preguntando realmente, Leandro?

Él también se detuvo. La miró con esa intensidad que tenía y que últimamente ya no intentaba disimular.

—Te estoy preguntando si esto —señaló vagamente el espacio entre los dos— termina mañana cuando abramos esa carretera.

Zéphyr sintió el corazón hacer algo complicado.

—Eso depende de los dos.

—De ti —dijo él—. Depende de ti. Yo sé lo que quiero.

—¿Qué quieres?

Y Leandro Voss, el hombre que había llegado a esa montaña siendo una pared con traje, que llevaba dos años protegiéndose detrás de un horario imposible, que fruncía el ceño incluso cuando estaba contento, dio un paso hacia ella.

—No quiero que esto termine mañana.

Zéphyr tragó saliva.

—Somos muy diferentes.

—Lo sé.

—Vives para el trabajo.

—Estoy intentando cambiar eso.

—Una semana en una montaña no cambia a una persona.

—No. —Dio otro paso—. Pero una persona puede cambiarte a ti.

El silencio del bosque era absoluto. Solo la nieve, los árboles, el vaho de sus alientos.

—Vivimos en ciudades distintas, prácticamente —añadió ella, casi desesperada por encontrar más obstáculos que mencionar, como si nombrarlos en voz alta pudiera protegerla de algo—.

Tienes un bufete que te consume dieciocho horas al día.

Yo tengo una jefa que considera el fin de semana una sugerencia opcional.

Esto —repitió su propio gesto, señalando el espacio entre los dos— es fácil aquí, en mitad de la nieve, sin nada más que hacer.

¿Cómo sabes que no se va a desmoronar en cuanto volvamos a la vida real?

—No lo sé —admitió él, sin apartar la mirada—.

No tengo ninguna garantía que darte. Pero sí sé una cosa: llevo dieciocho meses sin querer nada que no fuera ganar el siguiente caso, y en una semana contigo he querido cosas que ni siquiera sabía que todavía era capaz de querer.

Eso, para mí, ya es suficiente información para intentarlo.

—Llevas cuatro días sin consultar el correo —dijo ella, porque necesitaba decir algo sensato.

—Llevo cuatro días sin querer hacerlo. —Sus ojos no se apartaron de los suyos—. Eso no me había pasado en años.

Zéphyr lo miró durante un largo momento.

Luego miró el bosque, el cielo, la nieve.

Pensó en Marcos, en lo fácil que había sido quedarse en lo cómodo, en lo mucho que se había prometido a sí misma, al dejarlo, que la próxima vez elegiría con los ojos abiertos en lugar de cerrarlos por comodidad.

Pensó en Leandro frunciendo el ceño sobre una olla de guiso, en su mano sujetándole el brazo durante dos segundos, en la manera en que decía su nombre como si tuviera más sílabas de las que tenía.

—Dame esta tarde —dijo al fin—. Para pensarlo.

Leandro asintió.

—Toda la que necesites.

Pero no se movió de inmediato. Se quedó allí, en mitad del claro, con la nieve brillando alrededor de ambos, y antes de darse la vuelta para volver a la casa, añadió en voz baja, casi como si no estuviera del todo seguro de querer que ella lo oyera:

—Para que conste: sea lo que sea lo que decidas, esta semana ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho, mucho tiempo.

Y se marchó, dejándola sola en el claro, con el corazón latiendo de una manera que no recordaba haber sentido en años.

~ * ~

Zéphyr se quedó allí mucho después de que los pasos de Leandro se perdieran entre los árboles, sentada sobre una piedra cubierta de nieve que no sintió fría hasta varios minutos después, cuando el frío empezó a filtrarse a través de la ropa con la insistencia silenciosa con la que la realidad suele recordarnos que sigue existiendo incluso en los momentos más decisivos.

Pensó en su madre, en su teoría sobre las cosas complicadas que merecen la pena.

Pensó en Marcos, en la indiferencia tranquila con la que se había marchado, y en cómo aquello —comparado con la tensión nerviosa, casi dolorosa, que sentía en ese momento— le pareció de pronto la prueba más clara de que lo que tenía con Leandro, fuera lo que fuera, no se parecía a nada de lo que había sentido antes.

Pensó en el miedo que se había prometido a sí misma perseguir en lugar de evitar, aquel día en el parking del supermercado, llorando sobre el volante con un bote de helado derritiéndose en el asiento del copiloto.

Y pensó, sobre todo, en la cara de Leandro al decir que esa semana había sido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.

En cómo no había sonado a frase ensayada ni a táctica de seducción, sino a algo arrancado con esfuerzo de un hombre que llevaba años sin permitirse decir en voz alta lo que de verdad sentía.

Sacó su libreta de la mochila —la llevaba siempre, una costumbre de años— y, sin pensarlo demasiado, dibujó el claro: los árboles, la nieve brillando bajo aquel rayo de sol improbable, y, en un rincón, casi escondida entre las líneas del paisaje, la silueta de un hombre alejándose con las manos en los bolsillos.

Cuando terminó el dibujo, ya tenía la respuesta. La había tenido, sospechaba, desde el momento en que él dio el primer paso hacia ella. Solo había necesitado el tiempo y el silencio del bosque para reconocerla.

Guardó la libreta, se puso de pie, y caminó de vuelta a la casa con una determinación que no había sentido en años.

~ * ~

Leandro, mientras tanto, había llegado a la casa mucho antes que ella y se había sentado en el porche, incapaz de entrar, incapaz también de quedarse completamente quieto.

Repasaba mentalmente cada palabra que había dicho en el claro, preguntándose si había sido demasiado directo, si debería haber esperado, si acababa de arruinar lo único bueno que le había pasado en mucho tiempo por precipitarse.

Sacó el teléfono —todavía sin cobertura— y lo volvió a guardar, un gesto reflejo que ya no tenía ninguna utilidad real más allá de calmar la ansiedad.

Pensó en llamar a Inés, aunque fuera imposible, solo para escuchar su voz diciéndole que todo iba a salir bien, o quizá diciéndole exactamente lo contrario, que había sido un idiota por presionarla, que debería haber esperado a que ella diera el primer paso.

Cuando finalmente la vio aparecer entre los árboles, caminando con un paso distinto al que tenía al salir —más firme, más decidido—, sintió que el corazón le daba un vuelco que no recordaba haber sentido desde la adolescencia, esa mezcla exacta de pánico y esperanza que solo se experimenta cuando algo importante está a punto de decidirse.

No se levantó de inmediato. Esperó a que ella llegara hasta el porche, observando su rostro en busca de alguna pista, cualquier indicio de lo que estaba a punto de escuchar.

—Bueno —dijo ella, deteniéndose frente a él con la libreta todavía en la mano—. He estado pensando.

—Eso me han dicho.

—¿Quieres saber en qué?

Leandro se puso de pie, despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

—Más que nada en el mundo.

Y Zéphyr, en lugar de responder con palabras, simplemente se acercó, le tomó la mano y entrelazó los dedos con los suyos, un gesto que decía, sin necesidad de ninguna explicación adicional, exactamente lo que él necesitaba saber.

—Para que conste —dijo ella, finalmente, con la voz un poco temblorosa por el frío o por los nervios, ya no estaba segura de cuál de las dos cosas—, esto me da bastante miedo.

—A mí también.

—Pero quiero intentarlo de todas formas.

—Eso —dijo Leandro, acercándola hacia él— es exactamente lo que yo quería oír.

Entraron juntos en la casa, todavía con las manos entrelazadas, dejando fuera el frío y las dudas, y por primera vez desde que habían llegado a esa montaña por error, ninguno de los dos sintió la necesidad de fingir que todo estaba completamente bajo control.