Atrapados en la tormenta Capítulo 6
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Capítulo 6

En la que las cartas se ponen sobre la mesa

—Trivial —dijo Zéphyr.

—Dominó —dijo Leandro.

Se miraron.

—¿Y si jugamos a las cartas? —propuso ella—. El primero que llegue a cien puntos en la brisca decide a qué jugamos mañana.

—¿Sabe jugar a la brisca?

—Me enseñó mi abuelo. Llevo veinte años ganándole a todo el que se ponga.

—Interesante. —Él sacó la baraja—. Reparte.

Lo que siguió fue una hora de juego que fue revelando, carta a carta, algo que ninguno de los dos habría sabido articular pero que estaba ahí: la manera en que Leandro fruncía el ceño cuando tenía mala mano pero nunca lo reconocía; la forma en que Zéphyr hablaba mientras jugaba, como si las palabras fueran una táctica de distracción; el modo en que él sonreía —cada vez más— cuando ella decía algo que no esperaba.

—Treinta de rey —anunció ella, poniendo las cartas.

—Maldición.

—¿Perdón? ¿El señor abogado jura en voz alta?

—Cuando pierde al brisca, sí.

—Encantador. —Recogió la baza—. Ochenta a cuarenta. ¿Rendición?

—Jamás.

Pero perdió. Tres partidas seguidas, aunque la segunda estuvo cerca y la tercera Zéphyr tuvo que hacer trampa —solo un poco— porque él estaba jugando demasiado bien y no estaba dispuesta a ceder terreno así como así.

—Trivia mañana —anunció ella.

—Acepto la derrota con dignidad.

—Ha hecho trampa.

—No hay pruebas.

—He visto perfectamente cómo pasaba esa carta.

Zéphyr abrió la boca para negarlo y se encontró con que Leandro la miraba con un brillo en los ojos que no había visto antes: divertido, cálido, completamente sin guardia.

—Puede que un poco —admitió.

—Ya.

—Solo en la tercera partida.

—Tres veces.

—¡Una vez, en la tercera partida!

Se miraron y entonces los dos se rieron, al mismo tiempo, sin que ninguno lo hubiera planeado.

~ * ~

Cumplieron la apuesta al día siguiente, después de comer, cuando la luz de la tarde empezaba a teñirse de ese dorado pálido tan característico del invierno en la sierra.

Sacaron el Trivial Pursuit con la misma seriedad ceremonial con la que habrían abordado una negociación importante, repartiendo las quesitos de colores sobre el tablero desgastado.

—Categoría de geografía —leyó Zéphyr en voz alta, sacando una tarjeta—. ¿Cuál es el río más largo de Sudamérica?

—Eso es insultantemente fácil. El Amazonas.

—Correcto. —Le pasó el quesito amarillo con una expresión de fastidio fingido—. Mi turno. Ciencia. ¿Cuál es el hueso más largo del cuerpo humano?

—El fémur.

—¿Cómo sabe usted eso?

—Resulta que en derecho civil aprendemos más anatomía de la que cualquiera esperaría, gracias a los casos de responsabilidad civil.

—Qué macabro.

—Es información útil.

—Es información perturbadora, que es distinto.

El juego avanzó con esa mezcla de competitividad genuina y burla constante que ya parecía haberse convertido en el idioma natural entre ellos.

Leandro dominaba ciencia e historia con una facilidad que resultaba casi ofensiva; Zéphyr, en cambio, arrasaba en arte y entretenimiento, citando datos sobre películas y pintores que dejaban a Leandro genuinamente impresionado.

—¿Cómo sabe tantas cosas sobre el Renacimiento italiano? —preguntó él, después de que ella respondiera correctamente a una pregunta particularmente oscura sobre Caravaggio.

—Estudié Bellas Artes antes de cambiarme a Diseño Gráfico. Mis padres pensaron que era una crisis pasajera. No lo fue del todo: simplemente descubrí que prefería el diseño aplicado al arte por el arte. Pero me quedé con los datos inútiles sobre pintores muertos.

—No son inútiles si le ganan partidas de Trivial.

—Ahí tiene razón.

Cuando el sol terminó de ponerse y encendieron las lámparas del salón, el marcador estaba sorprendentemente reñido: Zéphyr con cuatro quesitos, Leandro con tres, ambos disputando el último con un entusiasmo que ninguno de los dos habría admitido sentir por un juego de mesa de los noventa.

—Última pregunta —anunció Zéphyr, levantando la tarjeta con dramatismo exagerado—. Categoría: Historia. ¿En qué año cayó el Muro de Berlín?

Leandro cerró los ojos un instante, como si necesitara concentración absoluta.

—Mil novecientos ochenta y nueve.

—Correcto. —Zéphyr suspiró con un teatral disgusto—. Felicidades, ha ganado el Trivial Pursuit más reñido de la historia de esta casa.

—¿Eso significa que decido a qué jugamos pasado mañana?

—Por desgracia, sí. Espero que no sea ajedrez. Soy pésima en ajedrez.

—Anotado.

~ * ~

Más tarde, cuando la risa se había asentado y las cartas estaban recogidas y el fuego chisporroteaba en la chimenea, Leandro habló sin mirarla.

—Hacía mucho tiempo que no me reía así.

—¿Cuánto?

—Demasiado.

Zéphyr lo miró de perfil: la mandíbula tensa por costumbre aunque el resto de él estuviera relajado, las manos cruzadas sobre las rodillas, los ojos en el fuego.

—¿Sabes que eres diferente cuando dejas de intentar parecer difícil? —dijo ella.

Él volvió la cabeza.

—¿Te parezco difícil?

—Los primeros días parecías una pared con traje.

—Y ahora.

No era una pregunta. Pero Zéphyr la respondió de todas formas.

—Ahora pareces una persona. —Una pausa—. Una persona bastante interesante, para ser exacta.

El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores. Más cargado. Más consciente de sí mismo.

—Tú también —dijo él al fin, en voz baja.

Y ninguno de los dos añadió nada más.

Se quedaron así un rato largo, mirando el fuego, escuchando el crepitar de la leña y, más allá de las ventanas, el silencio absoluto de la nieve que cubría cada cosa con una quietud que parecía, esa noche en particular, casi deliberada, como si la montaña entera estuviera conteniendo la respiración a la espera de algo que ambos sentían acercarse sin atreverse todavía a nombrarlo.

~ * ~

A la mañana siguiente, el generador tuvo un breve momento de gloria que les devolvió cobertura durante apenas quince minutos —un capricho de la antena, probablemente, o de algún satélite que decidió alinearse por pura compasión—. Leandro aprovechó para llamar a su hermana.

—¿Sigues viva? —fue el saludo de Inés, sin preámbulos.

—Sorprendentemente, sí.

—¿Y el aislamiento total y la falta de wifi no te han hecho perder la cabeza?

—Al contrario. —Hizo una pausa, consciente de que Zéphyr estaba en la cocina, lo bastante cerca como para oír parte de la conversación—. Hay otra persona atrapada aquí conmigo. Un error de reservas.

Un silencio al otro lado de la línea, cargado de una curiosidad que Leandro pudo sentir incluso a través del teléfono.

—¿Qué tipo de persona?

—Una diseñadora gráfica. De Madrid.

—Leandro Voss. —El tono de Inés cambió, afilado por la sospecha de hermana pequeña que conoce demasiado bien a su hermano—. ¿Por qué tu voz suena distinta cuando dices eso?

—No sé de qué hablas.

—Sé exactamente de qué hablo. Llevas dieciocho meses hablando como un contestador automático y ahora mismo sonabas casi... ¿feliz?

—Estoy en mitad de una tormenta de nieve sin trabajo, Inés. Cualquiera sonaría distinto.

—Si tú lo dices. —No sonaba convencida en absoluto—. ¿Cómo se llama?

—Zéphyr.

—Qué nombre tan bonito.

—Es un nombre poco común.

—Como la persona, imagino.

—Inés.

—Solo digo que me alegra oírte así, sea lo que sea esto. —Su voz se suavizó, perdiendo el filo burlón—. Te lo mereces, Leandro. Después de todo lo de Claudia, después de tanto trabajo. Te lo mereces.

La llamada se cortó poco después, cuando la cobertura desapareció con la misma arbitrariedad con la que había llegado, pero las palabras de Inés se quedaron resonando en algún lugar del pecho de Leandro durante el resto del día, mezclándose con la creciente certeza de que aquella semana estaba dejando de ser un simple paréntesis en su vida para convertirse en algo que prefería no nombrar todavía, por miedo a que decirlo en voz alta lo hiciera demasiado real, demasiado pronto.

~ * ~

Esa tarde, mientras Leandro seguía absorto repasando lo que Inés le había dicho, Zéphyr aprovechó la breve ventana de cobertura para llamar a su madre, sentada en el escalón del porche, envuelta en dos mantas para protegerse del frío.

—¡Por fin! —La voz de su madre sonó aliviada y exasperada a la vez, una combinación que Zéphyr conocía de memoria—. Llevo días dejándote mensajes de voz. Pensé que te había comido un oso.

—No me ha comido ningún oso, mamá. Solo no tenía cobertura. La carretera está cortada por la nieve.

—¿Y dónde estás durmiendo? ¿Es seguro el sitio?

Zéphyr dudó un instante, calculando cuánta información compartir.

—Es una casa rural. Bastante segura, sí.

—¿Sola?

—No exactamente.

Un silencio cargado de expectación al otro lado de la línea.

—Zéphyr Castelao. Explícate.

—Hubo un error con la reserva. Hay otra persona aquí. Un hombre.

—¿Y?

—¿Y qué, mamá?

—¿Es guapo? Lo es, ¿verdad? Lo noto en tu voz.

—Eso no tiene nada que ver con nada.

—Tiene absolutamente todo que ver. Llevas un año sin sonar así de nerviosa por teléfono.

Zéphyr se rio, a pesar de sí misma, mirando hacia la ventana de la cocina donde Leandro seguía moviéndose de un lado a otro, ajeno a la conversación.

—Es abogado. Se llama Leandro.

—¿Y te gusta?

—Mamá.

—Es una pregunta sencilla.

—Es complicado.

—Las cosas complicadas suelen ser las que más merecen la pena, cariño. Mira a tu padre y a mí, treinta y cinco años de matrimonio y seguimos discutiendo todas las semanas sobre cómo se carga el lavavajillas correctamente.

—Eso no suena exactamente a un argumento a favor del amor.

—Es el argumento más sólido que existe. Seguir eligiéndose, incluso cuando es complicado.

La cobertura se cortó antes de que Zéphyr pudiera responder, dejándola con el teléfono en la mano y las palabras de su madre dando vueltas en su cabeza con una persistencia que no esperaba.

~ * ~

Esa noche, ya tarde, cuando el fuego empezaba a bajar y ambos sabían que deberían subir a dormir pero ninguno hacía el primer movimiento, Zéphyr decidió contarle a Leandro la llamada con su madre, omitiendo la parte sobre lo nerviosa que había sonado su voz.

—Mi madre cree que sois treinta y cinco años de discusiones sobre el lavavajillas la definición exacta del amor verdadero.

Leandro soltó una risa breve, genuina.

—Tu madre suena como una mujer sabia.

—Es exasperante, pero sí, a veces tiene razón en cosas que preferiría que no tuviera razón.

—¿Como qué, en este caso?

Zéphyr dudó un instante, sopesando cuánto quería revelar.

—Como que las cosas complicadas suelen merecer la pena. —Lo miró de reojo—. No estoy diciendo que esto sea complicado. Solo... estoy pensando en voz alta.

—¿Y qué piensas, en voz alta, sobre esto?

La pregunta quedó suspendida entre ellos con un peso que ninguno de los dos esperaba a esas horas de la noche, después de una llamada interrumpida y una copa de más.

—Pienso que llevo siete días conociendo a alguien que se supone que no debería conocer, en una casa que se supone que no debería compartir, y que en lugar de sentirme atrapada, me siento más yo misma que en los últimos dos años.

Leandro la miró largamente, sin decir nada de inmediato, como si necesitara tiempo para procesar el peso de lo que ella acababa de admitir.

—Eso —dijo finalmente, con la voz un poco más ronca de lo habitual— es exactamente lo que yo también pienso, aunque no había encontrado todavía las palabras correctas para decirlo.

No se besaron esa noche. No todavía. Pero ambos subieron las escaleras sabiendo que algo se había desplazado entre ellos, algo que ya no tenía vuelta atrás, aunque ninguno estuviera del todo preparado para nombrarlo en voz alta.