Capítulo 5
En la que el tuteo llega con la harina
El cuarto día amaneció con sol.
Sol de enero, tímido y sin calor real, pero sol. Los rayos entraban por las ventanas del salón y hacían destellar la nieve recién caída con una intensidad casi obscena. Zéphyr bajó las escaleras sintiéndose extrañamente bien y encontró a Leandro en la cocina intentando hacer tortitas.
Intentando.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó ella, mirando la superficie de trabajo.
—Pequeño incidente con la harina.
—¿Un pequeño incidente?
—Un incidente de tamaño moderado.
Había harina en la encimera, en el suelo, en el jersey de Leandro y, por algún motivo que desafiaba la física, en su frente izquierda.
Zéphyr se mordió el labio para no reírse.
—Tiene harina en la frente.
—Lo sé.
—¿Y...?
—Y no sé cómo ha llegado ahí.
—¿Sabe que esto contradice por completo la imagen que se ha estado esforzando en proyectar desde que llegué? La del hombre que tiene todo bajo control.
—Esto es una anomalía estadística. No volverá a repetirse.
—Eso suena exactamente a lo que diría alguien justo antes de que se repitiera.
Esta vez no pudo contenerse. Se rio, abierta y sin vergüenza, y Leandro la miró con una expresión que quería ser de indignación pero que no lo conseguía del todo porque sus propias comisuras traicionaban.
—Aparta —dijo Zéphyr, colocándose junto a él—. Yo hago las tortitas.
—Yo estaba haciéndolas.
—Con resultados evidentes. Dame el bol.
—Soy perfectamente capaz de...
—Leandro. —Era la primera vez que lo llamaba solo por el nombre, sin el tratamiento formal, y ambos lo notaron—. El bol.
Una pausa.
—Está bien —cedió. Y luego, en voz más baja—: Zéphyr.
El nombre en su boca sonaba diferente. Como si tuviera más sílabas de las que tenía.
Trabajaron juntos: ella con la masa, él lavando los arándanos que habían encontrado en el congelador, los dos rozándose en esa cocina pequeña que parecía diseñada específicamente para que dos personas no pudieran estar en ella al mismo tiempo sin que sus codos se encontraran.
—Tienes que batir más rápido —dijo Leandro, observando por encima de su hombro con una autoridad que no le correspondía en absoluto, dado el estado previo de la encimera.
—Tú no tienes ni voz ni voto en esto. Has perdido tu credibilidad culinaria por el día.
—Solo intento ayudar.
—Lava los arándanos, Voss.
—Sí, jefa.
Aquello —"jefa", dicho con un tono burlón que no escondía del todo cierta calidez— se quedó flotando entre ellos durante un instante extraño antes de que ambos, por tácito acuerdo, decidieran ignorarlo.
—¿Por qué el derecho? —preguntó ella mientras vertía la primera tortita en la sartén.
Él tardó un momento en responder.
—Porque me gusta ordenar el caos. —Escurrió los arándanos—. Que todo tenga una norma, un argumento, una estructura. En los casos complicados siempre hay un hilo que, si lo encuentras, lo desenmadeja todo.
—¿Y en la vida?
—En la vida el hilo es más difícil de encontrar.
—¿Siempre fue así? ¿Necesitar estructura?
Leandro lo pensó, secando los arándanos con un trapo de cocina con un cuidado innecesario, como si la pregunta requiriera tiempo además de palabras.
—Creo que empezó cuando mis padres se divorciaron.
Yo tenía doce años, Inés ocho. De repente había dos casas, dos calendarios, dos versiones de cada Navidad.
—Una pausa—. Empecé a hacer listas. De todo.
Qué llevar a cada casa, qué decir y qué no decir en cada una, cómo evitar que mi padre y mi madre se cruzaran en la puerta. Supongo que nunca dejé de hacer listas.
—Eso explica muchísimo sobre la persona que conocí hace cuatro días, discutiendo sobre el tiempo exacto de cocción de un guiso.
—Me alegra que mi trauma infantil le resulte entretenido.
—No me resulta entretenido. Me resulta —buscó la palabra adecuada— comprensible.
Zéphyr volteó la tortita.
—¿Y el diseño? —preguntó él—. ¿Por qué eso?
—Por lo contrario. —Sonrió—. Porque puedes meter caos en algo y hacerlo bello. Porque las normas existen para romperlas de manera interesante.
—Somos bastante opuestos.
—Bastante. —Sirvió la primera tortita—. Y sin embargo aquí estamos, haciendo el desayuno juntos sin que nadie haya muerto todavía.
—Es pronto.
—Cierto. —Le pasó el plato—. Cómetela antes de que cambie de opinión.
Leandro la miró. La tortita. A ella otra vez.
—Gracias —dijo, y esta vez lo dijo diferente. Sin prisa, sin el automatismo educado de los primeros días. Como si lo dijera de verdad.
Zéphyr sintió algo en el pecho que prefirió no analizar demasiado.
~ * ~
Después del desayuno, con la cocina todavía manchada de harina —ninguno de los dos se había apresurado especialmente a limpiarla del todo—, salieron a despejar el camino de entrada, una tarea que se había vuelto necesaria después de que el peso acumulado de la nieve amenazara con bloquear por completo la puerta principal.
Encontraron dos palas en el cobertizo, ambas oxidadas y con mangos de madera astillados, y se pusieron a trabajar codo a codo bajo el sol pálido de la mañana.
—Esto es absurdo —dijo Zéphyr, deteniéndose para recuperar el aliento al cabo de diez minutos—. Cavamos un camino para una carretera que sigue cortada.
—El ejercicio es bueno para la moral.
—El ejercicio es una excusa que se inventan los abogados para sentirse productivos incluso de vacaciones.
—Tiene razón. —Leandro clavó la pala en la nieve con más fuerza de la necesaria, sin dejar de sonreír—. Pero al menos esto sí tiene un resultado tangible. Cavamos, vemos el camino, sabemos que hemos conseguido algo. El trabajo de despacho rara vez ofrece esa claridad.
—¿Por eso le gusta tanto cavar nieve?
—Empiezo a sospechar que sí.
Trabajaron en un silencio puntuado por bromas ocasionales, el vapor de su respiración formando nubes que se disolvían rápidamente en el aire frío, hasta que el camino quedó, si no completamente despejado, al menos transitable.
—Mira eso —dijo Zéphyr, señalando el resultado con un orgullo desproporcionado—. Hemos hecho algo con nuestras manos. Como personas de las cavernas.
—Como personas de las cavernas con palas oxidadas y sin ningún propósito real más allá de no quedar enterrados en nuestra propia puerta.
—No le quites el mérito al momento, Voss.
—No le estoy quitando nada. Solo siendo preciso.
—La precisión es agotadora.
—Es mi mayor virtud y mi peor defecto, según quién lo cuente.
Volvieron adentro con las mejillas rojas por el frío, las manos entumecidas a pesar de los guantes, y una sensación compartida de logro modesto que, sin que ninguno lo dijera en voz alta, se sintió mejor que cualquier informe legal cerrado a tiempo o cualquier campaña publicitaria aprobada sin cambios.
~ * ~
Por la tarde, mientras buscaban más leña, descubrieron una pequeña bodega improvisada en un rincón del cobertizo: media docena de botellas de vino cubiertas de polvo, sin etiqueta legible, que debían de llevar allí más tiempo del que cualquiera de los dos quería calcular.
—¿Nos atrevemos? —preguntó Zéphyr, sosteniendo una botella contra la luz para intentar adivinar su color.
—Legalmente, esto podría considerarse apropiación indebida.
—Legalmente, esto podría considerarse "encontrado en una casa que estamos pagando, en circunstancias de fuerza mayor". Además, dudo que el propietario nos demande por beber un vino de origen incierto.
—Tiene un argumento sorprendentemente sólido para no ser abogada.
—Aprendo rápido.
Abrieron una botella esa noche, con un sacacorchos oxidado que encontraron en el mismo cajón que los manteles de cuadros, y resultó ser, contra todo pronóstico, sorprendentemente bueno: un tinto con cuerpo, ligeramente afrutado, que ninguno de los dos supo identificar pero que ambos coincidieron en disfrutar.
—Por la casa que nos secuestró —propuso Leandro, levantando su copa.
—Por el error administrativo más afortunado de la historia —corrigió ella.
Brindaron. El vino les calentó por dentro de una manera que el fuego de la chimenea, por sí solo, no había conseguido del todo.
—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —dijo Zéphyr, después de un rato, con las mejillas ya ligeramente sonrosadas por el vino—. Que llevo dos días sin sentir la necesidad de mirar el móvil para comprobar si alguien me ha escrito.
—¿Eso es raro para ti?
—Muy raro. Suelo comprobarlo cada diez minutos, más o menos. Es vergonzoso decirlo en voz alta, pero es la verdad.
—No tiene nada de vergonzoso. Yo llevaba dieciocho meses sin pasar un día completo sin mirar el correo del trabajo, y ahora resulta que llevo cuatro sin hacerlo y sigo, sorprendentemente, vivo.
—Quizá la nieve tiene poderes curativos que nadie nos había contado.
—O quizá simplemente necesitábamos una excusa que no dependiera de nosotros para parar.
Zéphyr lo miró, sintiendo que aquella frase, dicha con tanta naturalidad, encerraba más verdad de la que cualquiera de los dos estaba todavía preparado para admitir del todo.
~ * ~
Terminaron la botella entre risas cada vez más relajadas, y en algún momento de la noche, ya con las defensas bajas por el vino y el cansancio acumulado del día cavando nieve, Zéphyr le preguntó algo que llevaba un rato dándole vueltas.
—¿Qué pasó exactamente con Claudia? Si no te importa que pregunte. No los detalles legales, sino... lo de verdad.
Leandro se tomó su tiempo para responder, girando la copa entre los dedos.
—Lo de verdad es que dejé de estar presente mucho antes de dejar de estar casado.
—Una pausa larga—. Ella me lo dijo de mil maneras distintas durante años: con peleas, con silencios, con cartas que escribía y nunca me daba.
Y yo seguía pensando que el problema se resolvería solo, en cuanto cerrara ese caso, en cuanto llegara ese ascenso, en cuanto tuviera "tiempo" de verdad para arreglarlo.
Nunca llegó ese momento. Siempre había otro caso, otro ascenso, otra excusa razonable.
—¿La quisiste de verdad?
—Sí. —No dudó—. Pero quizá no lo suficiente como para cambiar lo que de verdad importaba. O quizá la quise de la manera incorrecta: priorizando proveerle una vida cómoda en lugar de estar presente en la vida que ya teníamos.
—Eso es una distinción importante.
—La aprendí demasiado tarde.
—¿Y ahora? —preguntó ella, con cuidado—. ¿Crees que has cambiado, o solo que lo sabes mejor en teoría?
Leandro la miró largamente, con una honestidad que parecía costarle físicamente.
—No lo sé con certeza. Espero que sí. Pero también sé que las personas no cambiamos solo porque lo decidamos una noche de borrachera de vino barato en una montaña.
Cambiamos cuando lo practicamos, día tras día, eligiendo de manera distinta aunque sea más difícil.
—Sonrió, apenas—. Supongo que esta semana es mi primera práctica.
—Bastante buena nota, hasta ahora.
—Todavía es pronto para calificar el examen.
—Cierto. —Levantó su copa—. Por las segundas oportunidades, entonces. Aunque ninguno sepa todavía si las vamos a aprovechar bien.
—Por eso.
Chocaron las copas, y el sonido del cristal se mezcló con el crepitar del fuego y el silencio absoluto de la nieve cayendo afuera, sellando sin palabras una promesa que ninguno de los dos estaba todavía preparado para pronunciar en voz alta.
~ * ~
Más tarde esa noche, ya con la botella vacía y el fuego reducido a brasas, Zéphyr le preguntó algo que llevaba un rato dándole vueltas, envalentonada por el vino y por la calidez de la conversación.
—¿Alguna vez piensas en tener hijos?
Leandro la miró, sorprendido por el giro de la conversación, pero respondió sin la evasión que ella había temido.
—Lo pensé, con Claudia. Hablamos de ello durante el segundo año de matrimonio. —Una pausa—. Decidimos esperar. Después esperamos tanto que cuando finalmente nos planteamos intentarlo en serio, ya no quedaba matrimonio que sostuviera la decisión.
—¿Te arrepientes?
—De no tener hijos con ella, no. —Lo dijo con una certeza que sorprendió a Zéphyr—. De haber esperado tanto para vivir las cosas importantes, sí. Esa es la lección que más me ha costado aprender de todo esto.
—¿Y ahora? ¿Sigues queriéndolo?
—Sí. Algún día. —La miró, con una vulnerabilidad que pocas veces le había mostrado hasta entonces—. ¿Y tú?
—Yo también. Algún día. —Sonrió, casi tímida—. Aunque preferiblemente no en mitad de una tormenta de nieve sin cobertura.
—Eso sería un parto bastante memorable, hay que admitirlo.
—Memorable y absolutamente terrible. No, gracias.
Se rieron juntos, aliviando la intensidad repentina de la conversación, pero algo quedó sembrado entre ellos esa noche: la certeza compartida, todavía no verbalizada del todo, de que ambos imaginaban un futuro que iba más allá de aquella semana en la montaña, más allá incluso de la incertidumbre de regresar a sus vidas separadas.