Capítulo 4
En la que la nieve vuelve y los nervios también
La segunda noche de calma terminó con otra tormenta. Esta llegó sin avisar, a las once de la noche, cuando Zéphyr ya estaba en pijama leyendo en su habitación y Leandro —supuso— hacía lo mismo en la suya.
El ruido del viento contra los cristales era tan intenso que bajó a comprobar que todo estuviera bien.
Leandro ya estaba en el salón, avivando el fuego.
—Otra vez —dijo ella desde la escalera.
—Otra vez. —Señaló con la cabeza hacia la ventana—. Hay ramas cayendo. No creo que dure mucho, pero...
—Pero aquí estamos.
—Aquí estamos.
Zéphyr bajó y se sentó en el sofá con las rodillas recogidas. Leandro se acomodó en el sillón. Ninguno de los dos tenía sueño.
Durante un rato se limitaron a escuchar la tormenta: el viento golpeando los cristales con una furia casi personal, el crujido ocasional de alguna rama cediendo bajo el peso de la nieve acumulada, el zumbido intermitente del generador que parecía, cada vez más, una cuenta atrás hacia algún tipo de avería inevitable.
—¿Cree que aguantará? —preguntó Zéphyr, señalando vagamente hacia donde se oía el generador.
—No tengo ni idea. Soy abogado, no electricista.
—Pero seguro que tiene una opinión informada sobre cualquier cosa, ¿no? Es lo que hacen los abogados.
—Tengo una opinión informada sobre la probabilidad de que esto acabe con nosotros congelándonos en mitad de la noche, si eso le sirve de consuelo.
—No demasiado.
Leandro se levantó, sin más explicación, y volvió un minuto después con dos mantas que debía de haber localizado en algún armario durante su exploración de la casa los días anteriores.
Le tendió una a Zéphyr sin decir nada, con la misma economía de gestos con la que parecía hacerlo todo, y se sentó de nuevo con la otra sobre los hombros.
—Gracias —dijo ella, envolviéndose en la manta con un agradecimiento genuino que no esperaba sentir tan intensamente por algo tan pequeño.
—Por si las moscas.
—¿Siempre piensa en todo?
—Es deformación profesional. Anticipar problemas es literalmente mi trabajo.
—¿A qué tiene miedo? —preguntó ella de repente.
Él la miró.
—Es una pregunta extraña.
—Es una noche extraña.
Leandro consideró esto durante un momento.
—A llegar a los cincuenta y seguir sin saber cómo descansar. —Lo dijo despacio, como si lo estuviera descubriendo mientras hablaba—. ¿Y usted?
—A quedarme pequeña. —Hizo una pausa—. A conformarme. A elegir la versión más segura de todo y despertar un día dándome cuenta de que dejé fuera lo que de verdad quería.
—¿Y qué es lo que de verdad quiere?
La pregunta quedó en el aire entre el crepitar del fuego y el viento afuera.
Zéphyr lo miró y por un instante pensó que la respuesta era más complicada de lo que había sido esa mañana, antes de que él sonriera esa sonrisa pequeña y oxidada, antes de que le contara lo del matrimonio, antes de que sus silencios empezaran a parecerle cómodos.
—Aún lo estoy averiguando —respondió.
—Eso es una respuesta honesta.
—¿No le parece poco?
—Me parece suficiente.
Y se quedaron así, con el fuego entre ellos y la tormenta afuera, en un silencio que ya no tenía nada de incómodo.
Al cabo de un rato, Zéphyr —que nunca había sido buena guardando silencios durante demasiado tiempo— rompió la calma con una pregunta que llevaba un rato dándole vueltas.
—¿Tiene hermanos, además de la que le obligó a venir aquí?
—Solo Inés. Es médica, en urgencias. Si usted cree que yo trabajo demasiado, debería conocerla a ella.
—¿Se parecen?
—Más de lo que cualquiera de los dos admitiría. —Una pausa, casi divertida—. Ella diría que yo soy el terco y yo diría que ella es la terca, y los dos tendríamos razón.
—Suena a una relación entrañable.
—Lo es, a su manera. Es la única persona que me dice las cosas que necesito oír y no las que quiero oír.
—¿Y qué necesita oír ahora mismo, si no le importa que pregunte?
Leandro la miró largamente, el fuego reflejándose en sus ojos grises, antes de responder con una honestidad que pareció sorprenderlo a él mismo.
—Que está bien parar. Que el mundo no se acaba si dejo de revisar el correo durante una semana. —Una pausa—. Llevo intentando creérmelo dieciocho meses. Quizá esta tormenta consiga lo que dieciocho meses de terapia no han logrado.
—¿Va a terapia?
—Iba. Lo dejé hace un año, cuando empecé el caso grande del bufete. Mi terapeuta diría que eso confirma exactamente su diagnóstico.
—¿Cuál era el diagnóstico?
—Que prefiero el trabajo a sentir las cosas. Que llenar cada hora del día es más fácil que averiguar qué hay debajo si dejo de hacerlo.
Zéphyr no respondió de inmediato. Se limitó a mirarlo, envuelta en su manta, sintiendo que aquella confesión —dicha con tanta naturalidad, casi como si hablara del tiempo— pesaba más que cualquier otra cosa que hubiera compartido con ella hasta entonces.
—Para que conste —dijo finalmente—, yo tengo exactamente el mismo diagnóstico, solo que mi versión se llama "estar siempre ocupada con encargos de diseño que en realidad podría rechazar".
—¿Por qué no los rechaza?
—Por la misma razón que usted no deja de revisar el correo. Porque parar significa pensar, y pensar significa admitir cosas que prefiero no admitir todavía.
—¿Como qué?
—Como que dejé que una relación mediocre durara dos años de más porque la alternativa —estar sola, no saber qué hacer con mi tiempo, enfrentarme a mí misma sin distracciones— me daba más miedo que la mediocridad.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino el tipo de silencio que aparece cuando dos personas acaban de reconocerse en el otro de una manera que ninguna esperaba.
~ * ~
A la una de la madrugada, Zéphyr bostezó.
—Me voy a la cama.
—Yo también en un momento.
Se puso de pie. Pasó frente a él para recoger su taza y en ese momento la casa dio un leve crujido —estructura asentándose, nada grave— y ella dio un paso en falso. No cayó. No fue para tanto. Pero durante exactamente dos segundos la mano de Leandro estuvo en su brazo, sujetándola.
Solo dos segundos. Luego la soltó.
—Gracias —dijo ella.
—No hay de qué —dijo él.
Pero ninguno de los dos se movió durante uno o dos segundos más de lo estrictamente necesario.
El calor de su mano persistió sobre el brazo de Zéphyr incluso después de que la hubiera retirado, una sensación absurda y completamente desproporcionada para algo tan breve, y por la expresión de Leandro —una ligera tensión en la mandíbula, los ojos fijos en un punto indeterminado del suelo— Zéphyr sospechó que él estaba experimentando algo parecido.
—Buenas noches, Leandro.
—Buenas noches, Zéphyr.
Era la primera vez que usaban sus nombres el uno con el otro. Ambos lo notaron. Ninguno lo comentó.
Zéphyr subió las escaleras despacio, consciente de cada peldaño, consciente de que Leandro seguía abajo sin moverse, consciente —sobre todo— de que algo había cambiado esa noche, algo pequeño pero irreversible, como una grieta diminuta en una superficie que hasta entonces había parecido sólida.
Tardó mucho en dormirse. No por la tormenta, que ya empezaba a amainar afuera, sino por el eco persistente de una mano sobre su brazo durante dos segundos que, de alguna manera absurda, se habían sentido como mucho más tiempo.
~ * ~
Abajo, Leandro se quedó un rato más frente al fuego ya casi extinguido, repasando mentalmente la velada con la meticulosidad de quien revisa un contrato en busca de una cláusula que se le haya pasado por alto.
No había sido su intención sujetarle el brazo más tiempo del estrictamente necesario.
O quizá sí lo había sido, en algún nivel que no estaba dispuesto a examinar todavía con la luz encendida.
Lo cierto es que durante esos dos segundos había sentido algo que no sentía desde hacía años: la conciencia plena, casi dolorosa, de la presencia de otra persona, no como una obligación ni como un caso que resolver, sino como algo que simplemente quería seguir teniendo cerca.
Pensó en Claudia, inevitablemente, en la facilidad con la que durante los últimos años de su matrimonio había dejado de notar esos pequeños momentos: una mano en el brazo, un nombre dicho de una manera distinta, la curva de una sonrisa real frente a una de cortesía.
Se preguntó si la había perdido por trabajar demasiado, como siempre se había dicho a sí mismo, o si la había perdido mucho antes, en el momento exacto en que dejó de prestar atención a esos detalles diminutos que, sospechaba ahora, eran en realidad lo único que de verdad sostenía una relación.
Apagó las últimas brasas con el atizador, comprobó que la puerta principal estuviera bien cerrada contra el viento, y subió las escaleras despacio, deteniéndose un instante frente a la puerta de la habitación de Zéphyr antes de seguir hacia la suya.
No tocó. No dijo nada. Pero se quedó allí, en la oscuridad del pasillo, durante más tiempo del que habría podido justificar ante nadie, sintiendo que algo en su vida —algo que llevaba años clausurado, archivado, dado por perdido— acababa de abrir una rendija minúscula hacia la luz.
~ * ~
A la mañana siguiente, la tormenta había amainado del todo, dejando tras de sí un silencio distinto, más denso, como si la montaña entera necesitara recuperar el aliento después de tanta furia nocturna.
Zéphyr bajó tarde, con el pelo todavía revuelto del sueño, y encontró a Leandro en la cocina, ya vestido, con dos tazas de café preparadas y una expresión que no terminaba de identificar: parte timidez, parte algo más cálido que no se atrevía a nombrar.
—Buenos días —dijo él, tendiéndole la taza.
—Buenos días. —Lo aceptó, notando que sus dedos se rozaban un instante más de lo estrictamente necesario para el intercambio—. ¿Has dormido bien?
—No mucho, en realidad.
—¿La tormenta?
—No exactamente. —La miró directamente, sin esconderse detrás de la taza esta vez—. Estuve pensando en lo de anoche.
Zéphyr sintió que el estómago le daba un vuelco, mitad nervios, mitad algo que se parecía sospechosamente a la esperanza.
—¿Y qué pensaste?
—Que llevaba mucho tiempo sin querer sujetar el brazo de alguien solo para tener una excusa de seguir tocándola dos segundos más.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores: cargado, expectante, con esa electricidad particular que aparece justo antes de que algo cambie de manera irreversible.
—Eso es bastante directo para ser las nueve de la mañana —dijo ella, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
—Tengo entendido que la sinceridad es más fácil antes del mediodía. Menos tiempo para arrepentirse.
—¿Y te arrepientes?
—En absoluto.
Ninguno de los dos avanzó más en ese momento —el desayuno seguía esperando, la cocina seguía siendo demasiado pequeña para tanta tensión contenida—, pero algo quedó claramente establecido entre ellos: que lo que fuera que estaba creciendo en esa casa ya no era simplemente la cortesía forzada de dos desconocidos compartiendo un techo por error administrativo.