Atrapados en la tormenta Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Volvieron a la casa cuando el cielo ya había adoptado ese tono morado oscuro tan particular del atardecer de montaña, sin prisa, comentando trivialidades —el tipo de árboles que poblaban la ladera, si el generador aguantaría otra noche, si quedaba suficiente leña— que, sin que ninguno lo dijera en voz alta, eran en realidad una manera de seguir hablando sin tener que abordar todavía lo que de verdad estaba empezando a crecer entre ellos.

~ * ~

Esa noche, después de cenar, Leandro se ofreció —con una formalidad que a Zéphyr ya empezaba a hacerle gracia— a enseñarle a jugar al ajedrez, ya que había encontrado un tablero de madera algo deteriorado en el mismo armario donde estaban los juegos de mesa.

—Le he dicho que soy pésima en ajedrez.

—Por eso mismo. Es la oportunidad perfecta para enseñarle.

—¿Es usted de los que disfrutan ganando con ventaja?

—Soy de los que disfrutan explicando reglas. Es deformación profesional, otra vez.

Se sentaron en el suelo, frente a la chimenea, con el tablero entre ambos, y Leandro procedió a explicar los movimientos de cada pieza con una paciencia que sorprendió a Zéphyr, acostumbrada como estaba a la versión más cortante de él que había conocido el primer día.

—El caballo se mueve en forma de L —explicó, moviendo la pieza para ilustrarlo—. Es la pieza más impredecible del tablero, lo cual irónicamente la convierte también en la más útil para sorprender al adversario.

—Suena a usted, en realidad.

—¿Yo, impredecible?

—Usted llegó a esta casa pareciendo la persona más rígida y predecible del mundo, y en dos días ha confesado un divorcio, un matrimonio fallido y una abuela que le enseñó a cocinar mientras lloraba por dentro. Diría que es usted bastante de caballo.

Leandro se quedó callado un momento, sopesando el comentario con una expresión que Zéphyr no pudo descifrar del todo.

—Nadie me había descrito nunca así.

—Bueno, soy la primera. Disfrute del privilegio.

Jugaron tres partidas. Zéphyr perdió las tres, aunque la última estuvo sorprendentemente cerca, y al final de la noche, mientras recogían las piezas y las guardaban en su caja de madera desportillada, Leandro le dijo, casi como una confesión robada al silencio:

—Hacía mucho que no enseñaba nada a nadie sin que fuera por trabajo.

—¿Y qué tal la experiencia?

—Mejor de lo que esperaba.

—Para que conste, yo pienso enseñarle a dibujar antes de que esto termine. Aunque solo sea para devolverle el favor.

—Acepto el reto.

—No es un reto. Es una promesa.

Cumplieron esa promesa al día siguiente, después de comer, cuando el sol —tímido pero presente— entraba por las ventanas del salón con una claridad que invitaba a quedarse cerca de ellas.

Zéphyr sacó dos libretas, le entregó una a Leandro junto con un lápiz, y se sentó frente a él con la seriedad de una maestra que se toma su trabajo más en serio de lo que su alumno esperaba.

—Lo primero —dijo— es que dejes de pensar que vas a hacerlo mal.

—Eso es imposible. Lo voy a hacer mal con toda seguridad.

—Eso es exactamente la actitud que te voy a pedir que abandones durante los próximos veinte minutos.

—De acuerdo. Lo voy a intentar sin asumir el fracaso de antemano. Mejor así.

—Mejor así.

Le pidió que dibujara la ventana, simplemente las líneas del marco y la silueta del paisaje detrás, sin preocuparse por los detalles.

Leandro lo intentó con la misma concentración fruncida que aplicaba a todo, y el resultado fue, técnicamente hablando, un desastre: líneas torcidas, proporciones imposibles, una ventana que parecía a punto de derrumbarse sobre sí misma.

—Es horrible —dijo él, contemplando su propia obra con auténtico horror.

—Es tu primer dibujo en, ¿cuánto, veinte años?

—Treinta, probablemente.

—Entonces es perfectamente razonable que sea horrible. —Zéphyr se inclinó sobre el papel—. Pero mira esto. —Señaló una línea concreta, la que delineaba la rama del árbol que se veía a través del cristal—. Esta línea tiene movimiento. Tiene algo. El resto es torpe, pero esto no lo es.

Leandro miró la línea que ella señalaba con una atención que normalmente reservaba para cláusulas contractuales.

—No la había notado especialmente.

—Por eso estoy yo aquí. Para notar las cosas que tú no notas todavía.

Pasaron la siguiente media hora así, ella corrigiendo con paciencia, él quejándose con humor sobre lo absurdo que era, a su edad, sentirse como un niño de primaria intentando dibujar dentro de las líneas.

Pero en algún momento, sin que ninguno lo señalara, dejó de quejarse del todo, absorto en la tarea con una concentración que ya no tenía nada de fingida.

—¿Sabes qué es esto, en realidad? —dijo Zéphyr, observándolo trabajar.

—¿Qué?

—La primera cosa que haces en mucho tiempo sin que tenga ningún objetivo práctico. No vas a ganar un caso con este dibujo. No vas a impresionar a ningún cliente. Solo lo estás haciendo porque sí.

Leandro se detuvo, lápiz en mano, y la miró con una expresión que mezclaba sorpresa y algo parecido al alivio.

—Tienes razón. —Una pausa—. No recordaba la última vez que hice algo sin razón práctica.

—Pues bienvenido de nuevo al club.

—¿El mismo club de la gente que no controla nada?

—El mismo. Cada vez tiene más miembros.

Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos entendieron que aquella pequeña promesa llevaba implícita otra mucho más grande: la de que, de alguna manera, esperaban que hubiera tiempo suficiente para cumplirla.

~ * ~

Antes de subir a dormir, Zéphyr se detuvo junto a la ventana del salón, observando cómo la luna —apenas visible entre las nubes que empezaban a despejarse— proyectaba un resplandor pálido sobre la nieve, suficiente para distinguir el contorno del bosque, el camino que habían despejado esa misma tarde, las huellas dobles de sus propias botas mezclándose con las de Leandro de una manera que ya resultaba difícil de separar.

—¿Sigues despierta? —La voz de Leandro llegó desde las escaleras, baja, casi un susurro, como si temiera romper algo si hablaba más fuerte.

—Estoy mirando la luna. Es ridículamente bonita esta noche.

Él se acercó y se quedó de pie junto a ella, lo bastante cerca como para que Zéphyr notara el calor que desprendía después de haber estado junto al fuego, sin llegar a tocarla.

—¿Sabes? —dijo él, después de un silencio que no resultó incómodo—. Llevo toda la noche pensando que esto es la primera vez en mucho tiempo que no tengo ninguna prisa por que termine el día.

—Eso es bastante poético para un abogado.

—No lo digas tan alto. Mi reputación en los tribunales depende de que nadie sepa que soy capaz de decir cosas así.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

—Eso espero.

Se quedaron así un rato más, contemplando la nieve plateada bajo la luna, sin necesidad de decir nada más, hasta que el frío que se filtraba por el cristal terminó empujándolos, con cierta reluctancia compartida, de vuelta hacia el calor de sus respectivas habitaciones.