Capítulo 3
En la que los silencios empiezan a decir demasiado
El tercer día amaneció despejado.
Bueno: sin nieve nueva. El cielo seguía gris y la carretera seguía cortada, pero al menos la ventisca había parado y desde las ventanas se veía el valle con aquella luz fría y quieta que solo existe en enero a mil metros de altitud.
Zéphyr lo descubrió cuando salió a la pequeña terraza envuelta en su abrigo y la bufanda de lana que siempre metía en la maleta por si acaso.
El frío le mordió las mejillas y el silencio era tan absoluto que por un momento se olvidó de todo: de Madrid, de su ex, de los plazos de entrega, de la vida entera.
Se quedó allí, apoyada en la barandilla de madera, observando cómo el valle entero parecía contener la respiración bajo aquel manto blanco.
A lo lejos, una bandada de pájaros —no supo identificar la especie, algo oscuro y rápido contra el cielo pálido— cruzó el horizonte en una formación cambiante, y Zéphyr pensó, sin poder evitarlo, en lo pequeña que se sentía la vida real desde allí arriba: Renata y sus exigencias imposibles, Marcos y su silencio definitivo, todo reducido a un murmullo distante, casi irrelevante frente a la magnitud serena de la montaña.
—Impresionante, ¿verdad?
Leandro había salido detrás de ella sin que lo oyera. Llevaba el abrigo mal abrochado y una taza de café en cada mano. Le ofreció una sin decir nada más y se apoyó en la barandilla junto a ella.
—¿Cuánto tiempo lleva sin hacer esto? —preguntó Zéphyr.
—¿El qué?
—Quedarse quieto. Mirar algo sin que tenga que ver con trabajo.
Una pausa larga. El vapor del café subía entre los dos.
—Demasiado —admitió él.
—Yo también. —Bebió—. Me fui de Madrid huyendo, básicamente.
Llevo seis meses con una relación que no funcionaba y otros seis negándomelo a mí misma.
Cuando por fin lo dejé, me di cuenta de que no tenía ni idea de qué quería hacer con mis días libres.
Solo sabía que necesitaba estar en algún sitio donde nadie me conociera.
No sé por qué te estoy contando esto, pensó. Pero no lo dijo.
—¿Y lo ha encontrado? —preguntó él—. El sitio.
—Tiene una pega importante —dijo ella, mirándolo de reojo.
—El vecino.
—El vecino.
Silencio. Y luego, inesperadamente, Leandro se rio. Una risa baja, breve, un poco oxidada, como de algo que llevaba tiempo sin usarse.
—Yo tenía un matrimonio —dijo, y Zéphyr se quedó muy quieta—. Cuatro años. Se acabó hace dos. —Bebió café—. Resultó que trabajar dieciséis horas diarias no es exactamente compatible con tener pareja.
—¿Cómo se llamaba?
La pregunta lo sorprendió, eso fue evidente en la manera en que su mano se detuvo a medio camino hacia la boca, la taza suspendida en el aire un instante de más.
—Claudia. —Lo dijo despacio, como probando si la palabra todavía dolía—. Era arquitecta. Inteligente, paciente durante mucho más tiempo del que yo merecía, y completamente harta de mí cuando finalmente decidió irse.
—¿La quiso?
—Sí. —No hubo vacilación en la respuesta, lo cual de alguna manera resultó más doloroso que si la hubiera habido—. Pero quererla no fue suficiente. Necesitaba algo que yo no sabía dar: tiempo, presencia, la sensación de ser una prioridad y no una casilla en la agenda.
—¿Lo solucionó?
—¿El qué?
—Las horas.
—No. —Lo dijo sin autocompasión, solo como un hecho—. Sigo trabajando igual. Pero ahora al menos no hago daño a nadie más que a mí mismo.
Zéphyr lo miró. Realmente lo miró, sin el filtro de la irritación de los primeros días. Y vio algo que no había visto antes: no arrogancia, sino agotamiento. No distancia, sino costumbre de estar solo.
—Eso es una forma bastante triste de verlo —dijo con cuidado.
—Puede. —Se encogió de hombros—. O es honesto.
—Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Él la miró entonces. Directo, sin escudarse en la taza ni en el paisaje.
—Sí —dijo—. Sí, supongo que sí.
Se quedaron un momento más en silencio, observando cómo el vapor de sus alientos se mezclaba en el aire helado, hasta que Leandro, con una voz distinta —más ligera, casi tentativa— rompió el momento.
—¿Y Marcos qué hacía? Para que conste, no me ha dicho su nombre, pero asumo que tiene nombre.
Zéphyr soltó una risa breve, sorprendida por la pregunta directa.
—Marcos. Trabajaba en finanzas. Era de esas personas que hablan de "sinergias" sin ironía y que consideran que ver una película entera sin mirar el móvil es un sacrificio considerable.
—Suena espantoso.
—Lo era, un poco. Pero también era encantador cuando quería, y durante mucho tiempo eso fue suficiente para que yo no me preguntara si quería algo más que "suficiente".
—¿Y ahora lo quiere?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, más pesada de lo que su tono casual sugería. Zéphyr la consideró con la misma seriedad con que Leandro consideraba todo.
—Ahora estoy intentando averiguar qué es "más", exactamente —dijo al fin—. Lo cual es más difícil de lo que parece.
—Bienvenida al club.
Chocaron, sin pensarlo demasiado, las tazas de café en un gesto que pretendía ser una broma y que terminó siendo, de alguna manera, una pequeña promesa silenciosa.
~ * ~
Esa tarde Zéphyr sacó su libreta de bocetos y se instaló en el sofá junto a la chimenea. No era trabajo exactamente —no tenía encargo—, solo el impulso de dibujar que le venía cuando algo le movía algo por dentro.
Leandro leía en el sillón de enfrente. O fingía leer; ella había notado que pasaba las páginas demasiado despacio para estar realmente leyendo.
El lápiz se movía sobre el papel con esa fluidez que Zéphyr solo encontraba cuando dejaba de pensar y se limitaba a observar: primero las líneas generales del paisaje que se veía desde la terraza, después el árbol concreto que la había fascinado esa mañana —doblado bajo el peso de la nieve, casi vencido, pero sin llegar a romperse—, y finalmente, sin que ella lo planeara del todo, un trazo que se parecía sospechosamente a una mandíbula tensa inclinada sobre un libro.
Borró esa última línea rápidamente, con una eficiencia algo culpable, antes de que Leandro pudiera ver lo que estaba dibujando.
—¿Qué dibuja? —preguntó él al cabo de un rato.
—La vista desde la terraza. El árbol ese que está doblado por la nieve pero no se rompe. —Levantó la libreta para que pudiera verlo.
Leandro se inclinó hacia delante. La miró durante varios segundos.
—Es bueno —dijo, y en su voz no había condescendencia, solo una constatación.
—Lo sé. —No era vanidad, solo la seguridad tranquila de alguien que conoce su trabajo—. Es lo único que hago bien sin esfuerzo.
—¿Solo lo único?
—Y hacer café. Ya son dos cosas.
—¿Por qué diseño y no, por ejemplo, pintura? Con ese nivel, podría dedicarse a otra cosa.
Zéphyr se encogió de hombros, pasando una nueva página de la libreta.
—El diseño paga el alquiler. La pintura, en cambio, paga exactamente nada, a menos que tengas la suerte o los contactos adecuados, que no es mi caso.
—Una pausa—. Además, esto —señaló la libreta— no es para vender.
Es solo para mí. Si empezara a depender de ello para comer, dejaría de ser un refugio y se convertiría en otra cosa de la que huir.
—Eso tiene sentido.
—¿Usted tiene algo así? Algo que sea solo suyo, sin convertirlo en trabajo.
Leandro lo pensó durante un tiempo sospechosamente largo.
—Solía correr —dijo al fin—. Hace años. Sin música, sin aplicación contando el ritmo, solo correr. Lo dejé cuando empecé en el bufete grande.
—¿Por qué lo dejó?
—Porque encontré una excusa razonable cada día durante aproximadamente tres años, hasta que ya ni siquiera necesitaba la excusa.
—Eso es bastante triste.
—Usted ya lo ha dicho antes. Sobre otra cosa. —Sonrió, apenas—. Empiezo a pensar que mi vida entera podría resumirse con esa frase suya.
—¿Cuál?
—"Es una forma bastante triste de verlo."
—Podríamos bordarlo en un cojín.
—Lo pondría en el sofá del despacho. Asustaría a los clientes lo suficiente como para que pagaran a tiempo.
Él volvió a su libro. Pero esta vez con una sonrisa que no desapareció del todo.
~ * ~
Más tarde, cuando el sol —tan tímido como había sido durante todo el día— empezó a desaparecer detrás de la cordillera, Zéphyr propuso salir a caminar antes de que oscureciera del todo, solo unos minutos, lo justo para comprobar el estado de la carretera de acceso y, secretamente, lo justo para llenar los pulmones de algo distinto al aire encerrado de la casa.
Leandro, contra todo pronóstico, aceptó sin necesidad de que ella insistiera demasiado.
Caminaron en un silencio que ya no resultaba incómodo, las botas hundiéndose en la nieve fresca con un crujido satisfactorio, hasta el punto donde el camino se cortaba abruptamente bajo un amasijo de ramas caídas y nieve compactada que dejaba claro, sin necesidad de ningún parte meteorológico, que nadie iba a entrar ni salir de allí en mucho tiempo.
—Bueno —dijo Zéphyr, contemplando el obstáculo con las manos en los bolsillos—. Oficialmente atrapados.
—Oficialmente. —Leandro estudió el tronco caído con la misma atención clínica que aplicaría a un contrato—. Ni con una motosierra despejaríamos esto antes de que vuelva a nevar.
—¿Eso le preocupa?
Él consideró la pregunta con una honestidad que a Zéphyr la sorprendió.
—Hace dos días me habría preocupado muchísimo. —Una pausa—. Ahora mismo, no tanto.
—¿Por qué el cambio?
—No lo sé con certeza —dijo él, y en su voz había algo parecido a la sorpresa de descubrirlo en el momento mismo de decirlo—.
Quizá porque he dejado de fingir que tengo el control sobre algo de todo esto.
La carretera, la nieve, el generador. Nada de eso depende de mí, y curiosamente eso es un alivio.
Zéphyr lo miró de reojo, sintiendo que aquella pequeña confesión pesaba más que cualquier otra cosa que él hubiera dicho hasta entonces.
—Bienvenido al club de la gente que no controla nada —dijo, con una sonrisa torcida.
—¿Tiene carnet ese club?
—Solo una norma: aceptar que la tormenta gana siempre.
—Trato hecho.