Atrapados en la tormenta Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Zéphyr sonrió, sin decir nada más, y siguió secando los platos mientras afuera la tormenta continuaba construyendo, copo a copo, las circunstancias exactas que iban a mantenerlos juntos mucho más tiempo del que ninguno de los dos había planeado.

~ * ~

Esa noche, ya en su habitación, Leandro se quedó despierto más tiempo del habitual, mirando el techo de vigas oscuras, pensando en el caso que había dejado a medias en el despacho: una disputa societaria entre dos hermanos que llevaban heredando rencores familiares desde mucho antes de que la empresa siquiera existiera, un litigio que llevaba dos años consumiendo más horas de su vida que cualquier relación que hubiera tenido jamás.

Recordó la primera vez que había aceptado ese caso, hacía dos años, con la misma ambición ciega con la que había aceptado todos los casos importantes de su carrera: la idea de que ganar aquello demostraría algo, aunque nunca había terminado de definir exactamente qué.

Sus socios lo consideraban el mejor litigante del bufete, el hombre que nunca perdía una negociación, el que se quedaba hasta las dos de la madrugada repasando cada cláusula hasta memorizarla.

Lo que nadie sabía —lo que ni siquiera él se había permitido admitir hasta hacía relativamente poco— era que esa dedicación no nacía de la pasión, sino del miedo: miedo a parar, miedo a lo que pudiera encontrar si dejaba de llenar cada hora con trabajo.

Pensó en Claudia, en la última conversación que habían tenido antes de que ella se fuera definitivamente.

«No te odio, Leandro», le había dicho, guardando sus cosas en cajas con esa eficiencia que él mismo le había enseñado sin querer.

«Pero tampoco puedo seguir siendo la persona que espera a que decidas vivir.

» En su momento, aquella frase le había dolido como una bofetada.

Ahora, dos años después, tumbado en una cama desconocida con el sonido de la tormenta de fondo, entendía por primera vez cuánta razón tenía.

Pensó también, inevitablemente, en Zéphyr: en la manera en que se había reído esa tarde, genuina y sin reservas, cuando él había hecho ese comentario sobre los lados buenos y malos de la abogacía.

En cómo había mencionado a su abuela con una calidez tan distinta a la formalidad con la que él hablaba de la suya.

En la facilidad —inquietante, nueva— con la que había compartido con ella, en apenas un día, más cosas reales sobre sí mismo que las que había compartido con la mayoría de la gente que conocía desde hacía años.

No supo en qué momento exacto se quedó dormido, pero cuando lo hizo, por primera vez en mucho tiempo, no soñó con expedientes ni con plazos judiciales, sino con una cocina pequeña llena de vapor y risas.

~ * ~

Por la tarde, con la cocina ya recogida y la luz exterior cada vez más escasa, Zéphyr decidió explorar la casa con más detenimiento.

Encontró, en un armario del pasillo que olía a naftalina y a años de huéspedes distintos, una pila de fotografías antiguas metidas dentro de una caja de zapatos: una pareja mayor sonriendo frente a la misma chimenea que ahora ardía en el salón, un grupo de niños construyendo un muñeco de nieve en lo que parecía ser la misma terraza, alguien —probablemente uno de los propietarios originales— de pie junto a la puerta principal con un perro pastor a sus pies.

—Mira esto —le dijo a Leandro, que pasaba por el pasillo en ese momento, mostrándole una de las fotografías.

Él se detuvo, la examinó con interés genuino.

—¿Quiénes serán?

—No tengo idea. Pero hay algo bonito en pensar que esta casa lleva décadas guardando a gente que viene a escapar de algo, aunque sea solo del invierno.

—O a esconderse de algo —añadió Leandro, con un tono que pretendía ser ligero pero que dejaba entrever algo más serio debajo.

—¿Usted se está escondiendo de algo, Voss?

Él la miró, sorprendido por la pregunta directa, y por un momento pareció que iba a esquivarla con alguna broma. Pero no lo hizo.

—Probablemente de mí mismo. Es lo que mi hermana diría, al menos.

—Su hermana parece una mujer perspicaz.

—Insoportablemente perspicaz. Es agotador tener una hermana que es médica y psicóloga aficionada al mismo tiempo.

—Yo agradecería tener algo de eso en mi familia. Mi madre solo tiene teorías sobre por qué no he encontrado "un buen chico" todavía, y ninguna de esas teorías incluye la posibilidad de que simplemente no haya tenido suerte.

—¿Y qué teorías tiene?

—Que trabajo demasiado. Que soy demasiado exigente. Que dibujo en lugar de socializar. —Contó con los dedos, como repasando una lista memorizada—. Ah, y mi favorita: que asusto a los hombres con mi vocabulario.

—Eso último tiene cierto fundamento, por lo que he podido observar en las últimas veinticuatro horas.

—Cállese, Voss.

Guardaron juntos las fotografías de nuevo en la caja, con un cuidado casi reverente, como si devolvérselas a la oscuridad del armario fuera una manera de respetar a quienes habían estado allí antes que ellos, disfrutando —o sufriendo, quién sabe— de la misma nieve, el mismo fuego, el mismo silencio absoluto de la montaña.