Atrapados en la tormenta Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Por la tarde, mientras el cielo empezaba a oscurecerse antes de tiempo, Zéphyr encontró a Leandro sentado en el último peldaño de la escalera con el ceño fruncido, mirando fijamente un punto indeterminado de la pared.

—¿Todo bien? —preguntó, sentándose a su lado sin pedir permiso.

—Estaba pensando en el caso que dejé a medias.

—¿Quieres hablar de ello?

Leandro la miró, sopesando la pregunta con una seriedad que a Zéphyr ya empezaba a resultarle entrañable.

—Es una disputa entre dos hermanos por el control de la empresa familiar.

Lleva dos años en los tribunales. —Suspiró—.

A veces pienso que lo único que estoy haciendo es prolongar el dolor de dos personas que en el fondo solo quieren que su padre, que murió hace tres años, les hubiera dicho una sola vez cuál de los dos era el favorito.

—Eso es bastante triste.

—Es bastante humano. La mayoría de los litigios que llevo no son realmente sobre dinero, aunque todo el mundo finge que sí. Son sobre otra cosa: sobre sentirse visto, sobre saldar cuentas viejas que nunca tuvieron que ver con contratos.

—¿Y tú cómo lidias con eso? Con cargar el peso emocional de la gente además del legal.

—Mal —admitió, con una honestidad que sorprendió a ambos—.

Lo compartimentaba. O eso creía. Resulta que compartimentar durante quince años seguidos termina pareciéndose sospechosamente a no sentir nada en absoluto, hasta que un día te das cuenta de que no recuerdas la última vez que llamaste a alguien solo para preguntarle cómo está, sin que hubiera una factura de por medio.

Zéphyr no dijo nada de inmediato. Se limitó a quedarse allí, sentada a su lado en aquel peldaño de madera fría, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras no siempre pueden hacer.

—Para que conste —dijo finalmente—, esto cuenta. Esta conversación. No hay factura de por medio.

Leandro la miró, y algo en su expresión se suavizó de una manera que Zéphyr empezaba a reconocer como genuina.

—Lo sé —dijo—. Y es la primera vez en mucho tiempo que algo así me hace sentir mejor en lugar de más cansado.

~ * ~

Cenaron tarde esa noche, después de que la conversación en la escalera los dejara a ambos con la sensación de haber compartido algo que no sabían bien cómo nombrar todavía.

Zéphyr propuso ver si encontraban alguna película en el disco duro del televisor antiguo del salón, una especie de tregua silenciosa después de tanta confesión.

Encontraron, entre un puñado de comedias románticas de los noventa y un documental sobre ballenas que ninguno se atrevió a admitir que le interesaba, una película de cine negro en blanco y negro que ambos coincidieron en que merecía la pena, sobre todo porque ninguno la había visto y ambos fingieron, con poco éxito, que les daba igual el desenlace.

—Apuesto a que el mayordomo es el asesino —dijo Zéphyr a los veinte minutos.

—Es demasiado obvio. Apuesto por la viuda.

—Eso es solo porque odias a la viuda.

—No odio a la viuda. Simplemente no me fío de nadie que llore tan perfectamente sincronizado con la música.

—Eres un cínico.

—Soy abogado. Es lo mismo, solo que con título universitario.

Ganó Leandro, para disgusto de Zéphyr, que se pasó los últimos diez minutos de la película quejándose en voz baja de lo previsible que era el guion, mientras él, con una sonrisa que ya no se esforzaba en esconder, disfrutaba abiertamente de su victoria.

—No hace falta que sonrías así —dijo ella, cruzándose de brazos cuando aparecieron los créditos.

—¿Así cómo?

—Como el gato que se ha comido al canario.

—No tengo ni idea de qué me hablas. Estoy completamente sereno.

—Estás insoportable.

—Eso también es posible.

Apagaron el televisor y, sin que ninguno lo planeara, se quedaron un rato más en el sofá, charlando sobre películas que les gustaban, sobre series que habían abandonado a mitad de temporada, sobre los gustos cinematográficos completamente opuestos que, sospechosamente, no parecían ser un obstáculo tan grande como debería haber sido entre dos personas que apenas se conocían desde hacía dos días.

~ * ~

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Zéphyr, cuando el silencio ya empezaba a hacerse cómodo, casi somnoliento.

—Claro.

—¿Por qué decidiste venir aquí, exactamente? A esta casa, en mitad de la nada, sin cobertura. Pareces más de hoteles con servicio de habitaciones que de turismo rural extremo.

Leandro consideró la pregunta con esa seriedad característica que aplicaba incluso a las cuestiones más pequeñas.

—Inés lo eligió. Dijo que necesitaba algo que me obligara físicamente a desconectar, porque sabía que si me dejaba elegir, elegiría algo con wifi y servicio de habitaciones, como bien dices, y terminaría trabajando de todos modos.

—Tu hermana te conoce bien.

—Demasiado bien, para mi gusto. —Sonrió—. ¿Y tú? ¿Por qué esta casa?

—Porque era lo único disponible cuando decidí, de un día para otro, que necesitaba desaparecer una semana. No fue una elección meditada. Fue más bien un acto de desesperación con tarjeta de crédito.

—Un acto de desesperación bastante afortunado, en retrospectiva.

—En retrospectiva, sí. —Lo miró de reojo—. Aunque el día que llegué, con la maleta volcada en la nieve y un completo desconocido mirándome desde el porche sin ofrecer ayuda, no habría usado exactamente la palabra "afortunado".

—En mi defensa, usted insistió en que estaba perfectamente.

—Y usted me creyó, lo cual demuestra una falta de perspicacia preocupante para alguien que se gana la vida leyendo a la gente en los tribunales.

—Touché.

Se rieron juntos, ese tipo de risa compartida que ya empezaba a sentirse como un idioma propio entre ellos, y subieron a sus respectivas habitaciones poco después, con la sensación —compartida, aunque no verbalizada— de que cada día que pasaba en esa casa los acercaba un poco más a algo que ninguno de los dos había anticipado al hacer las maletas.

Después de comer, mientras recogían los platos —otra coreografía improvisada de cuerpos esquivándose en un espacio demasiado pequeño—, Leandro se quedó mirando por la ventana de la cocina, donde la nieve seguía cayendo con una densidad casi hipnótica.

—¿Sabe? —dijo, sin mirarla—. Llevo años sin comer sin mirar el móvil.

—¿Y hoy?

—Hoy no lo he tocado desde el desayuno.

—¿Eso es bueno o malo?

Leandro lo pensó, con la misma seriedad que aplicaba a todo.

—Todavía no lo sé.