Atrapados en la tormenta Capítulo 2
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Capítulo 2

En la que se descubre que cocinar juntos es un deporte de contacto

La primera noche transcurrió sin incidentes notables, si no contamos el momento en que Zéphyr salió al baño a las tres de la mañana en completa oscuridad y se tropezó con los zapatos de Leandro que alguien —él, obviamente— había dejado en medio del pasillo.

—¡Por todos los santos! —siseó en voz baja, sujetándose al marco de la puerta.

Desde la habitación de al lado llegó una voz grave y soñolienta.

—¿Está bien?

—Perfectamente. Sus zapatos están intentando asesinarme, pero perfectamente.

Una pausa.

—Lo siento.

Zéphyr parpadeó en la oscuridad. Una disculpa. Voluntaria. Sin que nadie se la arrancara.

—No pasa nada —respondió, y siguió hasta el baño sintiéndose extrañamente bien.

Cuando volvió a su habitación, descalza sobre el suelo helado, los zapatos ya no estaban en el pasillo.

Alguien los había movido —recogido, en realidad, con un cuidado casi cómico— y los había dejado perfectamente alineados junto a la puerta de la habitación de Leandro, como dos soldados en formación.

Zéphyr sonrió en la oscuridad sin saber muy bien por qué le hacía gracia, y tardó más de lo que habría admitido en quedarse dormida otra vez.

~ * ~

Por la mañana, la nieve había seguido cayendo toda la noche y el paisaje fuera de las ventanas era de una belleza casi irreal: metros y metros de blanco sin interrumpir, los árboles doblados bajo el peso, el cielo quieto y gris.

Zéphyr lo miraba con el café en la mano cuando Leandro bajó las escaleras.

Llevaba el pelo revuelto y una camiseta vieja con una frase de algún congreso de derecho que ya no era legible.

Tenía ojeras y aspecto de haber dormido mal, y aun así había algo en él —maldita sea— que resultaba perturbadoramente atractivo a las ocho de la mañana.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días —respondió él, mirando por la ventana con la misma expresión que ella debía de tener—. Sigue nevando.

—Sí.

—La carretera va a seguir cortada.

—Sí.

—Bien.

Zéphyr parpadeó.

—¿Bien?

Él se encogió de hombros mientras se servía café.

—Necesitaba días sin obligaciones. Supongo que esto cuenta.

Era la frase más cercana a una confesión personal que le había oído hasta ese momento. Zéphyr lo miró con renovado interés.

—¿A qué se dedica?

—Abogado.

—Ah. —Hizo una pausa—. ¿De los malos o de los buenos?

Él la miró por encima de la taza.

—Depende de qué lado esté usted.

Zéphyr soltó una carcajada. Breve, sorprendida, genuina. Él la miró como si no estuviera seguro de qué había causado ese efecto, y luego apartó los ojos con una rapidez que a ella le pareció demasiado deliberada.

—¿Y usted? —preguntó él.

—Diseñadora gráfica. Trabajo para una agencia de publicidad. —Hizo una pausa—. De las malas o de las buenas, según el día.

Algo en la comisura de sus labios se movió. No llegó a ser una sonrisa, pero casi.

Se quedaron un rato en silencio, cada uno con su taza, mirando cómo la nieve seguía cayendo afuera con una constancia casi hipnótica. Zéphyr fue la primera en romperlo.

—¿Lleva mucho ejerciendo?

—Quince años.

—¿Y le gusta?

Leandro consideró la pregunta con una seriedad que parecía desproporcionada para algo tan sencillo.

—Me gustaba —dijo al fin—. Ahora ya no sé si es que me gusta o es que no sé hacer otra cosa.

—Eso es bastante deprimente.

—Es bastante honesto.

—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez —dijo ella, repitiendo sin saberlo una frase que más tarde se convertiría en una especie de mantra entre ellos.

Leandro la miró entonces con una atención distinta, como si acabara de descubrir que la mujer que se había tropezado con su maleta en la nieve tenía, además de un vocabulario sorprendentemente colorido, cierta capacidad para decir cosas que se le quedaban dentro durante horas.

~ * ~

El problema surgió a mediodía, cuando se trataba de decidir quién cocinaba.

—Yo puedo hacer pasta —ofreció Zéphyr, revisando el contenido de la despensa.

—Yo había pensado hacer un guiso con lo que hay.

—Un guiso tarda horas.

—La pasta estará lista en veinte minutos y no tiene ninguna gracia.

—¿La comida tiene que tener gracia?

—Debería.

Se miraron. Era una cocina pequeña y de alguna manera ambos habían terminado de pie frente a los fogones, con menos de un metro entre ellos, cada uno con su argumento y ninguno dispuesto a ceder.

—¿Sabe cocinar? —preguntó ella, porque la pregunta le pareció relevante.

—Mejor de lo que parece.

—Yo también.

—Entonces hagamos las dos cosas.

Zéphyr lo pensó un segundo.

—¿La pasta como primero y el guiso como segundo?

—Exacto.

—Eso es mucha comida para dos personas.

—Hay tormenta y nada que hacer. —Se encogió de hombros—. Que sea mucha comida es precisamente el punto.

Y así fue como se encontraron los dos en aquella cocina pequeña, moviéndose con más cuidado del necesario para no rozarse, pasándose cuchillos y cucharas de madera con una cortesía exagerada y un silencio que poco a poco fue perdiendo tensión y ganando algo parecido a la comodidad.

A los pocos minutos, sin embargo, la cortesía exagerada empezó a resquebrajarse en pequeñas batallas territoriales.

Leandro tenía una manera muy concreta de picar la cebolla —cuadrados perfectos, casi geométricos, con la precisión de quien ha leído un manual sobre el tema— y no pudo evitar fruncir el ceño cuando vio que Zéphyr cortaba el ajo en láminas irregulares, casi al azar.

—Eso no es picar ajo, es destrozarlo.

—Es picar ajo con personalidad.

—El ajo no necesita personalidad. Necesita uniformidad para que se cocine de manera homogénea.

—Mire quién habla, el hombre que ha intentado convencerme de que un guiso necesita "tres horas mínimo" cuando claramente la receta de su abuela dice dos.

—Mi abuela no escribía recetas. Las llevaba en la cabeza. Yo solo estoy haciendo lo que recuerdo.

—Pues su memoria exagera los tiempos de cocción.

—Mi memoria es perfecta.

—Su memoria tiene ojeras de no dormir, como usted.

Leandro se quedó momentáneamente sin respuesta, lo cual Zéphyr consideró una pequeña victoria táctica, y volvió a su cebolla con una concentración que sospechosamente se parecía a la indignación.

Leandro cocinaba bien. Muy bien, de hecho. Y lo hacía con una concentración que Zéphyr encontró inesperadamente fascinante: el mismo ceño fruncido de siempre, pero aplicado ahora a rehogar cebolla y a echar especias con una precisión casi quirúrgica.

—¿Quién le enseñó? —preguntó ella.

—Mi abuela. —Lo dijo sin apartar los ojos de la olla—. Era la única persona en el mundo a la que no le podía decir que no.

—¿Y eso por qué?

Leandro removió el guiso despacio, como si la pregunta requiriera el mismo cuidado que la receta.

—Porque me crió ella, en realidad. Mis padres trabajaban mucho, viajaban más, y los veranos eran siempre en su casa, en un pueblo de Castilla con cuatro calles y una sola tienda.

Ella tenía una regla: si querías comer, tenías que ayudar a cocinar.

No había excepciones, ni para el niño de ocho años que prefería estar en el río.

—¿Y usted prefería el río?

—Prefería el río. —Una pausa, casi una sonrisa—. Hasta que descubrí que cocinar con ella significaba dos horas a solas escuchando historias que no contaba a nadie más. Después de eso, dejé de quejarme.

Zéphyr sonrió hacia el vapor de la pasta, sintiendo que aquella pequeña confesión pesaba más de lo que su tono casual sugería.

—La mía me enseñó a hacer torrijas. Solo torrijas. Tiene una teoría de que si dominas las torrijas, lo demás viene solo.

—¿Y viene solo?

—No especialmente. —Removió—. Pero las torrijas me quedan de escándalo.

—¿Sigue viva? Su abuela.

—Sí. Noventa y un años y todavía me regaña si no le mando fotos cada semana. —Hizo una pausa—. ¿Y la suya?

Algo se ensombreció brevemente en la expresión de Leandro.

—Murió hace seis años. Justo antes de que me casara.

—Lo dijo con la voz contenida de quien ha aprendido a mencionar las pérdidas sin que le tiemble nada, aunque algo en sus manos, en la forma en que apretó la cuchara de madera un segundo de más, sugería lo contrario—.

A veces pienso que si hubiera estado en la boda, habría visto antes que todos que aquello no iba a funcionar.

Tenía un radar especial para esas cosas.

Zéphyr no dijo nada de inmediato. Dejó que el silencio se asentara, no porque no tuviera nada que decir, sino porque sospechaba que algunas cosas necesitaban espacio antes que palabras.

—Lo siento —dijo al fin, con sencillez.

—Gracias. —Leandro volvió a la olla—. Hace tiempo que no hablaba de ella.

—¿Por qué ahora?

Él la miró, con esa expresión todavía analítica pero ya menos defendida que el primer día.

—No lo sé. —Una pausa—. Quizá porque usted tiene una manera de hacer preguntas que no se sienten como interrogatorios.

—Es un cumplido raro.

—Es el único tipo de cumplido que sé hacer.

Esta vez sí. Una sonrisa pequeña, rápida, real. Leandro Voss sonreía y el mundo seguía girando, aunque Zéphyr tardó un par de segundos en volver a respirar con normalidad.

~ * ~

Comieron en la mesa de la cocina, porque ninguno de los dos sugirió moverse al comedor formal que habían descubierto al fondo del pasillo, demasiado solemne para una situación que ya empezaba a sentirse, contra todo pronóstico, cómoda.

—Está bueno —admitió Leandro, probando la pasta con la actitud de quien hace una concesión importante.

—Lo sé. —Zéphyr probó el guiso a su vez, y arqueó las cejas con auténtica sorpresa—. Esto está mejor que bueno. Esto está indecentemente bueno.

—Mi abuela estaría orgullosa.

—Su abuela debería haber patentado la receta.

Comieron en un silencio cómodo, interrumpido solo por comentarios ocasionales sobre la nieve que no dejaba de caer al otro lado de la ventana, sobre el generador que de cuando en cuando emitía un zumbido preocupante, sobre la posibilidad —remota, especulativa, casi una broma compartida— de que se quedaran atrapados allí mucho más de lo previsto.

Ninguno de los dos, en ese momento, se atrevió a admitir que la idea no les resultaba del todo desagradable.

~ * ~