Atrapados en la tormenta Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Leandro ya había encendido la chimenea cuando Zéphyr bajó con el pelo seco y ropa de abrigo. Se lo encontró sentado en el sillón junto al fuego, con un libro abierto y el ceño fruncido de quien lee y, al mismo tiempo, está pensando en algo que le interesa más.

No levantó la vista cuando ella entró.

—¿Hay café? —preguntó.

—En el armario de arriba a la derecha.

—Gracias.

—De nada.

Silencio.

El tipo de silencio que no es cómodo, sino que está lleno de cosas sin decir y de la clara sensación de que cualquier comentario, por inocente que sea, podría convertirse en una discusión.

Zéphyr encontró el café, lo preparó y, sin pensarlo demasiado, sirvió dos tazas.

Mientras esperaba a que hirviera el agua, se permitió observar la cocina con más detenimiento: una vieja radio de transistores en la encimera, con la antena algo torcida; un calendario de pared todavía abierto en el mes de noviembre, congelado en un tiempo que ya no existía; y, pegada con un imán al frigorífico, una nota manuscrita y descolorida que decía «Disfrutad de la casa — M.

y J.», sin más explicación, como un mensaje en una botella de alguien que ya no estaría allí para recibir respuesta.

Se acercó y dejó una taza en la mesita junto a su sillón.

No dijo nada.

Se sentó en el sofá con la suya entre las manos, mirando el fuego como si fuera lo más interesante del mundo.

Pasaron unos segundos.

Leandro alargó la mano. Cogió la taza.

No dijo gracias.

Pero bebió.

Y Zéphyr decidió, por ahora, que eso era suficiente.

Fuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo poco a poco las huellas que ambos habían dejado al llegar, como si la montaña quisiera borrar toda evidencia de que, hasta esa misma tarde, sus vidas habían sido completamente independientes la una de la otra.

~ * ~

Esa primera noche, después de cenar algo improvisado con lo que encontraron en la despensa —un poco de pan duro, queso, una lata de atún que ninguno de los dos reclamó con demasiado entusiasmo—, se sentaron, cada uno en un extremo del sofá, con la distancia exacta y calculada de dos desconocidos que todavía no han decidido si confiar el uno en el otro.

—Tengo que avisarle de algo —dijo Leandro, mirando el fuego en lugar de a ella.

—¿De qué?

—Ronco. Si oye algo parecido a un oso por las noches, no es un oso.

Zéphyr soltó una risa breve, sorprendida por la naturalidad con la que aquel hombre tan formal acababa de confesar un defecto tan poco glamuroso.

—Gracias por el aviso. Yo hablo en sueños. A veces en italiano, que es un idioma que no hablo conscientemente.

—¿Y eso por qué?

—Ni idea. Mi exnovio decía que una vez me oyó discutir con alguien sobre la receta de un risotto, en italiano perfecto, y a la mañana siguiente no recordaba absolutamente nada.

—Eso es inquietante.

—Bienvenido a la casa de los misterios nocturnos, Voss.

—Genial. Justo lo que necesitaba para dormir tranquilo.

—Podría ser peor. Podría tener sonambulismo.

—No tiente a la suerte.

Se quedaron un rato más en silencio, el fuego crepitando entre ellos, hasta que Zéphyr, vencida por el cansancio del viaje y el frío acumulado durante horas, se quedó dormida a medias contra el brazo del sofá.

Leandro, que llevaba un rato observándola de reojo sin atreverse a decir nada, finalmente se levantó, fue a buscar una manta del armario del pasillo y la colocó sobre ella con un cuidado que contradecía por completo la frialdad con la que la había recibido esa misma tarde en el porche.

Zéphyr no se despertó. Pero a la mañana siguiente, cuando encontró la manta sobre sus hombros y ningún recuerdo de cómo había llegado hasta allí, sospechó —con una sospecha que decidió no verbalizar todavía— que el hombre irritante del jersey color crudo tenía más capas de las que su primera impresión sugería.

~ * ~

A primera hora de esa mañana, mucho antes de que Zéphyr despertara del todo, Leandro se quedó un rato de pie junto a la ventana de su habitación, observando cómo la nieve seguía cayendo con la misma densidad incansable de la noche anterior, calculando —con esa parte de su cerebro que nunca terminaba de apagarse del todo, ni siquiera en mitad de una tormenta— cuántos días podrían quedar atrapados allí en el peor de los escenarios.

La respuesta, según sus números, era preocupante.

Pero descubrió, con una sorpresa que le costó admitir incluso a sí mismo, que la preocupación no era tan intensa como debería haber sido.

Había algo en aquella casa pequeña, en el crujido de la madera, en el desconocido vocabulario marinero de la mujer que dormía al otro lado del pasillo, que hacía que la idea de quedarse atrapado durante días resultara, contra toda lógica profesional, casi tolerable.

Bajó las escaleras con sigilo, decidido a preparar café antes de que ella despertara, como una pequeña ofrenda de paz después del recibimiento poco amable de la tarde anterior.

Mientras buscaba los filtros en los armarios de la cocina, se sorprendió a sí mismo tarareando una melodía que no identificó hasta varios minutos después: una canción que Claudia solía poner los domingos por la mañana, hacía años, en otra vida, en otra cocina.

No supo si aquello era un buen augurio o una advertencia. Decidió, por el momento, no pensarlo demasiado, y se concentró en hacer el café exactamente como había visto a Zéphyr tomarlo, fuerte, sin azúcar, aunque todavía no lo supiera con certeza y tuviera que adivinarlo.

~ * ~

Cuando Zéphyr bajó, media hora después, despeinada y con cara de haber dormido mal en una cama desconocida, se encontró con la taza ya preparada sobre la encimera, todavía caliente, sin que nadie se la hubiera pedido.

—¿Esto es para mí? —preguntó, sorprendida.

—A menos que haya otra persona en la casa de la que no me haya enterado.

—No es eso. Es que... —Se detuvo, sin saber bien cómo terminar la frase sin que sonara más significativo de lo que probablemente era—. Gracias.

—De nada.

Bebió un sorbo, con cautela, esperando que estuviera mal hecho solo para tener algo de qué quejarse. Estaba perfecto.

—¿Cómo sabías que lo tomo así?

Leandro se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no resultaba del todo convincente.

—Lo vi ayer, cuando preparó el suyo. Memoria de detalles. Es otra deformación profesional.

—¿Memorizas cómo toma el café la gente?

—Memorizo todo lo relevante. Resulta que usted, sin que se lo pidiera, ha empezado a ser relevante.

Zéphyr no supo qué responder a eso, así que se limitó a beber otro sorbo de café, ocultando detrás de la taza una sonrisa que no quería que él viera todavía, aunque sospechaba, por la manera en que él la observaba de reojo, que no lo había conseguido del todo.