Capítulo 1
El camino de piedra que llevaba a la casita era traicionero incluso en verano. En enero, con diez centímetros de nieve recién caída y otros veinte amenazando desde un cielo color pizarra, era directamente una invitación al desastre.
Zéphyr lo descubrió cuando su maleta —una de esas con ruedas que prometían funcionar «en cualquier terreno», mentira flagrante— decidió capitular a mitad de camino, girarse con dignidad ofendida y volcarse arrastrándola con ella.
Durante un segundo, ambos —maleta y propietaria— permanecieron inmóviles en la nieve, como si pudieran fingir que aquello no había pasado.
—¡Mecachis en la mar! —gritó al fin, y la palabra rebotó contra los pinos cargados de nieve con una acústica perfecta, casi teatral.
—¿Necesita ayuda?
La voz llegó desde arriba. Grave, seca, con un punto de impaciencia que no hacía ningún esfuerzo por disimular.
Zéphyr levantó la vista desde su posición en el suelo —rodilla izquierda hundida en la nieve, orgullo por los suelos— y vio a un hombre de pie en el porche de la casita.
Alto. Demasiado alto. Pelo oscuro, con esas canas en las sienes que algunas personas parecían ganarse a pulso. Jersey grueso color crudo. Postura recta. Expresión… complicada. De esas que no son abiertamente hostiles, pero tampoco invitan precisamente a la conversación.
Y una mandíbula que, sinceramente, no tenía ningún derecho a ser tan perfectamente definida en ese momento concreto de su vida.
—No —respondió ella, poniéndose de pie con más dignidad de la que la situación merecía—. Estoy perfectamente.
El hombre la miró.
Miró la maleta volcada.
Miró la nieve en su rodilla.
Volvió a mirarla a ella.
—Sí, se nota.
Zéphyr sintió cómo algo muy poco civilizado le subía por la garganta. Apretó los dientes, agarró el asa de la maleta —que ahora parecía pesar el doble por puro rencor— y continuó subiendo el camino hasta el porche con la cabeza bien alta.
Si iba a hacer el ridículo, al menos lo haría con estilo.
A medio camino, la maleta volvió a atascarse en un surco de hielo bajo la nieve fresca, y por un instante pareció que repetiría la caída anterior.
Zéphyr tiró con más fuerza de la necesaria, las botas resbalando, y soltó una retahíla de palabras que no eran exactamente aptas para todos los públicos.
Desde el porche, el hombre no se movió ni un milímetro para ayudarla, lo cual a Zéphyr le pareció a partes iguales indignante y, vergonzosamente, un poco impresionante: estaba claro que no era de los que se ofrecían dos veces.
—Podría ayudarme, ¿sabe? —dijo ella entre dientes, sin mirar hacia arriba.
—Usted ha dicho que estaba perfectamente.
—Eso fue antes de que el universo decidiera ponerse creativo conmigo.
Algo —no del todo una sonrisa, pero cerca— cruzó brevemente el rostro del hombre. No bajó a ayudarla. Pero tampoco volvió a meterse dentro, y se quedó observándola con los brazos cruzados mientras ella terminaba de subir, como un espectador educado en un deporte de riesgo moderado.
Solo cuando llegó arriba se dio cuenta del problema.
La llave que le habían mandado por correo era para esa puerta.
La misma puerta frente a la que estaba ese hombre con su jersey irritante, su mirada analítica y su presencia ocupando demasiado espacio para tratarse de alguien que no había sido invitado a su semana de aislamiento emocional.
—Creo que hay un error —dijo ella, sacando la llave y mostrándola como si fuera una prueba judicial.
—Eso mismo estaba pensando yo —respondió él sin moverse.
Se miraron. Esta vez con más atención.
Zéphyr notó, contra su voluntad, los detalles: los ojos grises, casi del mismo color que el cielo de tormenta; las líneas de cansancio alrededor de la boca que sugerían más noches sin dormir de las que cualquier persona razonable debería acumular; las manos, grandes, con los nudillos un poco enrojecidos por el frío, metidas a medias en los bolsillos de un pantalón que claramente no había sido diseñado para la montaña sino para salas de juntas.
—Leandro Voss. Tengo reservada esta casa hasta el domingo.
—Zéphyr Castelao. Y yo también.
Silencio.
Un silencio más denso que la nieve acumulándose en el tejado.
—Imposible —dijo él.
—Coincido —dijo ella—. Y, sin embargo, aquí estamos los dos con la misma llave. Lo cual sugiere que el universo ha decidido divertirse a nuestra costa.
Leandro no sonrió. Pero algo en su mirada cambió, apenas un matiz.
Sacó el móvil. Lo miró. Lo levantó hacia el cielo como si eso pudiera invocar cobertura. Lo volvió a mirar.
—Sin señal.
—Lo sé —dijo Zéphyr—. Llevo sin cobertura desde que pasé el pueblo. ¿Hay wifi o también forma parte de la experiencia rural extrema?
—El router está dentro. —Abrió la puerta con un gesto eficiente, como si ya hubiera decidido que discutir en el porche no era productivo—. La contraseña… —buscó con la mirada— ahí. «casaElPinar1987», todo junto.
Zéphyr entró detrás de él, arrastrando la maleta, dejando un rastro de nieve derretida que decidió no disculparse por dejar.
Dos minutos después, ambos estaban inclinados sobre el portátil, lo suficientemente cerca como para notar la presencia del otro, lo suficientemente tensos como para ignorarlo deliberadamente.
El correo del propietario era claro: había habido un «error administrativo» en la plataforma de reservas. Los reembolsos se procesarían en un plazo de siete a diez días hábiles. Y, por cierto, la carretera de acceso estaba oficialmente cerrada por la nevada.
Zéphyr soltó una risa breve, sin humor.
—Siete a diez días hábiles. Qué maravilla. Muy operativo todo.
—La carretera cortada —añadió Leandro, con ese tono preciso de quien enumera hechos como si fueran pruebas en un juicio—. En plena tormenta.
—Una casa.
—Para dos personas.
Se miraron de nuevo.
Esta vez el silencio no era solo incómodo. Era… evaluativo. Como si ambos estuvieran calculando riesgos.
Leandro fue el primero en moverse hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo con una densidad que no dejaba lugar a dudas sobre la veracidad del aviso meteorológico.
Sacó su teléfono de nuevo —gesto reflejo, casi compulsivo, como si esperara que la red se hubiera reparado a sí misma en los últimos noventa segundos— y volvió a guardarlo con un suspiro contenido.
—No me sorprende —murmuró, más para sí mismo que para ella.
—¿El qué?
—Nada de esto me sorprende. —Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo ligeramente, y a Zéphyr le sorprendió descubrir que ese pequeño desorden lo hacía parecer, durante un segundo, mucho menos formidable—.
Llevo dieciocho meses esperando a que algo saliera exactamente como estaba planeado.
Esto es solo la confirmación de que el universo tiene sentido del humor.
—Un sentido del humor bastante cruel.
—El más cruel de todos.
—Hay dos habitaciones —dijo él al fin, con el tono de un hombre que está tomando una decisión ejecutiva y no piensa repetirla—. Comparto los gastos, la cocina y el salón. No comparto mis cosas, mi silencio ni mi espacio personal.
Zéphyr arqueó una ceja.
—Qué generoso. Yo comparto el oxígeno y poco más. Pero de acuerdo.
—Una cosa más —añadió él, con la misma seriedad de antes—. Si hay que repartir tareas, prefiero que quede claro desde ahora. No quiero estar negociando quién friega cada noche como si fuera una mediación.
—¿Siempre habla así? ¿Como si todo fuera un contrato?
—Es lo que sé hacer.
—Bueno —dijo Zéphyr, encogiéndose de hombros con una ligereza que no sentía del todo—. Pues hagamos el contrato. Lunes, miércoles y viernes friego yo. Martes, jueves y sábado, usted. El domingo, si seguimos vivos, lo decidimos a cara o cruz.
Algo parecido a la sorpresa cruzó el rostro de Leandro, como si no esperara que ella aceptara las reglas del juego con tanta facilidad.
—De acuerdo —dijo, y por un instante pareció que iba a añadir algo más, pero no lo hizo.
Leandro asintió, como si aquello fuera un contrato verbal perfectamente válido. Se dio la vuelta sin añadir nada más.
Y Zéphyr se quedó mirando su espalda un segundo más de lo necesario, preguntándose cómo era posible que alguien tan antipático tuviera una espalda así.
Y, más importante aún, cómo demonios iba a sobrevivir varios días encerrada con él.
~ * ~
La casa era, hay que reconocerlo, preciosa.
Techos de madera oscura, una chimenea de piedra que ocupaba casi toda la pared del salón, ventanas con vistas directas a la montaña nevada. Todo olía a leña, a frío contenido y a ese tipo de silencio que no existe en las ciudades.
Zéphyr recorrió las habitaciones con la curiosidad de quien necesita memorizar las salidas de emergencia de un lugar desconocido.
Dos habitaciones en la planta de arriba, ambas con vistas a la montaña, separadas por un pasillo corto con suelo de madera que crujía en el punto exacto donde Zéphyr decidió, sin saberlo todavía, que tropezaría más de una vez durante los siguientes días.
Un baño compartido —detalle que Zéphyr decidió archivar en la categoría de "problemas futuros"— con una bañera de hierro fundido que parecía sacada de otra época y una ventana pequeña por la que entraba una luz fría y azulada.
Y una cocina que olía vagamente a canela, como si alguien hubiera intentado hacer del lugar algo acogedor…
y lo hubiera conseguido demasiado bien: especieros etiquetados a mano, una cesta de mimbre con manzanas que ya empezaban a arrugarse, cortinas de cuadros que alguien había planchado con un cuidado casi ceremonial.
En el salón, además de la chimenea, había una estantería baja repleta de libros de bolsillo con los lomos descoloridos por el sol de veranos pasados, un sofá de tres plazas tapizado en un verde botella algo gastado, y una mesa de centro con marcas circulares de tazas de café que sugerían generaciones de huéspedes anteriores, todos ellos —presumiblemente— menos tensos que los actuales.