Atrapados en la tormenta
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Prólogo
Doce horas antes del desastre
Zéphyr
Zéphyr Castelao tenía un don especial para meterse en líos.
No era algo que hubiera cultivado con esmero ni una habilidad de la que se enorgulleciera especialmente, pero ahí estaba: treinta y dos años, mochila al hombro, GPS sin cobertura y una tormenta de nieve que, según el parte meteorológico que había ignorado olímpicamente esa mañana, iba a ser «la más intensa de los últimos veinte años en la sierra».
—Genial —murmuró para sí misma, tamborileando con los dedos sobre el volante mientras el coche resoplaba cuesta arriba por una carretera que hacía rato había dejado de merecer ese nombre—. Simplemente genial, Zéphyr. Brillante planificación, como siempre.
El limpiaparabrisas chirrió en un movimiento cansado, arrastrando más hielo que nieve. A su alrededor, los pinos se alzaban como sombras borrosas, cada vez más densas, como si la montaña quisiera cerrarse sobre ella y tragársela sin hacer ruido. Durante un segundo —solo uno— pensó en dar la vuelta.
Luego recordó el piso vacío, las conversaciones sin terminar, el silencio incómodo que había dejado atrás en Madrid.
Y pisó un poco más el acelerador.
Se había tomado esa semana de vacaciones con una misión muy clara: alejarse de todo.
De su ex, de su jefa y de cualquier cosa que implicara tomar decisiones importantes.
Necesitaba desaparecer unos días, aunque fuera en medio de la nada.
La casita de turismo rural que había reservado en el último momento —porque era lo único que quedaba libre en un radio de cien kilómetros— prometía chimenea, vistas a la montaña y silencio absoluto.
Silencio. Qué concepto tan atractivo.
Llevaba meses sin él. Desde que Marcos se había mudado del piso —con su mitad de los libros, su mitad de la vajilla y absolutamente ninguna explicación que tuviera sentido más allá de un «creo que ya no somos lo que éramos», dicho con la misma indiferencia con la que comentaría el tiempo— la casa se le había quedado grande de una manera extraña, llena de espacios vacíos con forma de él: el lado de la cama que ya no se deshacía, el cajón del baño que ya no olía a su colonia, el silencio de las siete de la tarde que antes llenaban las noticias que él veía sin sonido mientras ella dibujaba en el sofá.
No lo echaba de menos a él, exactamente. Echaba de menos la costumbre. Y eso, pensó mientras el coche derrapaba ligeramente en una curva, era quizá más triste todavía.
En el trabajo tampoco ayudaba. Llevaba tres meses haciéndose cargo prácticamente sola de la cuenta de un cliente que cambiaba de opinión cada dos días y media, y su jefa —Renata, la directora creativa, una mujer que medía el éxito en horas extra no remuneradas— había empezado a mirarla con esa expresión de quien está calculando si merece la pena ascenderte o sustituirte por alguien más joven y más barato.
Zéphyr necesitaba, con una urgencia que rozaba lo físico, no pensar en nada de eso durante una semana entera.
La radio del coche, que llevaba sin señal desde el pueblo, soltó un último estertor de estática antes de morir definitivamente.
Zéphyr la apagó con un manotazo y siguió conduciendo en silencio, acompañada solo por el chirrido del limpiaparabrisas y el crujido de los neumáticos sobre la nieve recién caída.
Lo que nadie le había advertido es que también prometía vecino.
Y que ese vecino iba a ser el hombre más irritante, más arrogante, más absurdamente guapo que había tenido la desgracia de conocer en toda su vida.
Pero eso, claro, lo descubriría en aproximadamente veinte minutos.
Cuando el coche por fin se rindió con un suspiro mecánico que sonó peligrosamente definitivo, Zéphyr apoyó la frente contra el volante durante un instante. El motor dio dos sacudidas, como si quisiera disculparse, y se apagó del todo.
—No pasa nada —se dijo, sin creérselo—. Todo bajo control.
Giró la llave. Nada. Lo intentó otra vez, con esa fe ciega y absurda que uno deposita en los motores cuando no tiene ni la más remota idea de mecánica. El silencio fue inmediato. Denso. Inquietante.
Miró el móvil. Sin cobertura, por supuesto. Miró el mapa que había impreso —porque algo en su instinto de supervivencia, aunque torpe, le había sugerido que un GPS no era de fiar en mitad de la sierra— y calculó que la casa debía de estar a menos de un kilómetro. Caminable. En teoría.
Al abrir la puerta, el frío la golpeó como una bofetada.
La nieve crujió bajo sus botas mientras salía, ajustándose la bufanda con manos torpes.
Maldijo al coche, al clima, a la web de reservas y, por extensión, al universo entero.
Sacó la maleta del maletero —pesaba como si hubiera metido ladrillos en lugar de jerséis— y empezó a caminar.
Mientras caminaba, recordó —sin poder evitarlo, como ocurre con los recuerdos que eligen los peores momentos para presentarse— la última conversación que había tenido con Marcos, tres semanas atrás, en la cocina del piso que ya no compartían.
Él había estado de pie junto a la nevera, con esa camisa de rayas que ella siempre le había dicho que le quedaba mal y que él insistía en ponerse de todos modos, explicándole con una calma que a Zéphyr todavía le revolvía el estómago recordar, que «esto» —el gesto vago con la mano que abarcaba seis años de relación— «simplemente había dejado de tener sentido».
—¿Hay alguien más? —le había preguntado ella, porque parecía la pregunta obligatoria en esas circunstancias.
—No. —Y lo peor es que ella le había creído, porque mentir nunca había sido el problema de Marcos.
Su problema era la indiferencia, esa capacidad asombrosa de dejar de querer algo sin que pareciera costarle ningún esfuerzo—.
Es solo que ya no... no sé. No siento nada raro al pensar en irme.
Y eso me parece que dice más que cualquier otra cosa.
Zéphyr había tardado tres días en llorar.
No porque no le doliera —le dolía, con una sordidez constante que le costaba nombrar—, sino porque cuando finalmente se sentó a analizar lo que sentía, descubrió con una especie de horror tranquilo que la tristeza más grande no era por perder a Marcos, sino por darse cuenta de cuánto tiempo llevaba conformándose con una versión reducida de lo que quería de una relación.
Habían sido buenos compañeros de piso, en realidad.
Buenos compañeros de viaje, de cenas con amigos, de domingos perezosos viendo series.
Pero nunca, en seis años, había sentido por él la clase de urgencia que las películas prometían, esa sensación de no poder respirar bien cuando la otra persona no estaba cerca.
Se había prometido, llorando sobre el volante en el parking de un supermercado al que había ido a comprar, absurdamente, solo helado, que la próxima vez —si había una próxima vez— no se conformaría con «suficiente».
Que esperaría a sentir algo que la asustara un poco, porque sospechaba que ese miedo era la señal de que de verdad importaba.
No tenía ni idea de que esa promesa estaba a punto de ponerse a prueba a menos de un kilómetro de donde se encontraba en ese momento.
Siguió caminando.
Aún no sabía que aquella tormenta iba a cambiarlo todo.
~ * ~
Leandro
Leandro Voss, a cuatrocientos metros de distancia, miraba el mismo cielo gris con una expresión que sus socios en el bufete habrían reconocido de inmediato: el ceño fruncido de quien ya sabe que algo va a salir mal y está calculando exactamente cuánto le va a costar.
El viento arrastraba la nieve en ráfagas irregulares que golpeaban las ventanas de la casa como si alguien insistiera en entrar. Él observaba el paisaje con los brazos cruzados, inmóvil, como si pudiera imponer orden sobre el caos a base de pura voluntad.
Sobre la mesa del salón, todavía sin deshacer, descansaba su maletín de trabajo.
Lo había llevado por costumbre, no porque pensara usarlo —se había prometido a sí mismo, con la solemnidad de quien hace un juramento que sabe que va a romper, que esos tres días serían sagrados—, pero la idea de dejarlo en el despacho le había producido una ansiedad tan desproporcionada que había terminado metiéndolo en el coche sin decírselo a Inés.
—Tres días —le había dicho su hermana por teléfono, con ese tono que solo emplean las hermanas pequeñas que llevan razón y lo saben—. Solo tres días, Leandro. Sin móvil, sin correos, sin expedientes. Te lo exijo como hermana y como médica.
—Tengo un juicio el lunes.
—El juicio existirá igual el lunes si tú existes el domingo. Que es justo lo que me preocupa.
Había accedido porque Inés tenía razón —cosa que jamás le diría en voz alta— y porque llevaba dieciocho meses sin dormir más de cinco horas seguidas.
La última vez que se miró en el espejo del despacho, sobre el lavabo de mármol que tanto le había costado elegir para impresionar a los clientes, había tenido que apartar la vista demasiado rápido.
Las ojeras ya no eran ojeras: eran una declaración de intenciones.
Un hombre de cuarenta y un años que se estaba consumiendo despacio, caso a caso, cliente a cliente, sin que nadie —ni siquiera él— se diera cuenta del coste real.
Su matrimonio había sido la primera baja.
Cuatro años con Claudia, terminados con una calma casi quirúrgica, sin gritos ni reproches, solo la constatación mutua de que ya no quedaba nada que salvar.
«No te odio, Leandro», le había dicho ella la última noche, guardando sus cosas en cajas con esa eficiencia que él mismo le había enseñado sin querer.
«Pero tampoco puedo seguir siendo la persona que espera a que decidas vivir. »
No había vuelto a salir con nadie desde entonces.
No por falta de oportunidades —el bufete tenía un suministro constante de abogadas jóvenes, clientas agradecidas y amigas de su hermana decididas a «animarlo un poco»—, sino porque la sola idea de invertir tiempo emocional en otra persona le resultaba, sencillamente, agotadora. Más fácil trabajar. Más seguro.
Lo que no había previsto era que la nieve fuera a enterrar la carretera de acceso.
Ni que el generador empezara a hacer un ruido sospechoso, un traqueteo grave e irregular que sonaba exactamente como las facturas de reparación que presagiaba.
Ni que, en la única casa a kilómetros a la redonda, fuera a aparecer una mujer con el pelo empapado, las botas llenas de barro y un vocabulario de camionero que le haría olvidar —por primera vez en mucho tiempo— que tenía reunión el lunes.
Cuando distinguió una figura avanzando con dificultad entre la nieve, entrecerró los ojos.
Por un momento pensó que era una alucinación provocada por el aislamiento, una broma de la luz gris de la tormenta.
Pero la figura tropezó, soltó algo que sonó sospechosamente parecido a un insulto marinero, y volvió a levantarse con una dignidad obstinada que resultaba, contra todo pronóstico, entrañable.
Y, por primera vez en días —en meses, quizá—, dejó de pensar en trabajo.