Atrapados en la nube CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Asier salió de su despacho en dirección a la entrada de la agencia. Caminaba erguido, mirando al infinito y emanaba una seguridad en sí mismo que nunca antes había percibido.

Sofía levantó la mirada. Incrédula. Desorientada.

No se imaginaba ni por un segundo lo que va a suceder.

Miró a Clara buscando una señal que pudiera esclarecer lo que está pasando.

No hubo respuesta. Esta no levantó la mirada en ningún instante.

Se levantó y fue en busca de Asier, desesperada.

Encuentro el vacío del abismo. Sola. Nadie a su alrededor que pudiera apoyarla o estar junto a ella en esos segundos tan desconcertantes.

Yo no iba a ser quien me acercase a ella para consolarla.

Ahora percibiría el amargo momento de la soledad no buscada.

El momento en el que todos te vuelven la espalda sin importarles ni lo más mínimo si tienes un mal día, si pasas un mal momento en tu vida o si el mundo que gira en torno a ti se derrumba como una gran torre de cristal solemne, firme, inquebrantable pero tan frágil que con un pequeño soplo de aire cae desplomada al suelo.

El sonido del timbre hacía presagiar lo peor. Cerré los ojos. Percibía el sonido de las agujas del reloj situado en la recepción del recinto. Tic, tac, tic, tac. Era el sonido de la parca en busca de su víctima.

La puerta se abrió y dos individuos entraron en la oficina. Asier se acercó a saludar efusivamente. No eran los clientes con los que se había firmado originariamente el contrato. Tampoco el empresario con el que tuve la cita en el club de jazz.

Esto descolocaría más a Sofía. Dos personas a las que ninguno de nosotros habíamos visto en nuestra vida.

Ninguno excepto Asier. Ahora empezaba a cuadrar en mi cabeza la jugada de mi jefe.

Dos personas ajenas a un contrato que se había firmado con anterioridad no levantarían ninguna sospecha en ella de que había sido una trama urdida por dos de sus compañeras y su jefe.

Un trabajo limpio y sin huellas que evitaría el que fuésemos acusados de utilizar información confidencial en nuestro propio beneficio.

Después de saludar se metieron los tres en el despacho y Asier cerró la puerta con un golpe fuerte y seco. Sofía no daba crédito. No había sido invitada a la reunión. Altiva y llena de ira, llamó a Clara.

—Clara, por favor, dame los datos de beneficios que se han sacado del contrato de Barcelona. —No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba pasando—. Los quiero encima de mi mesa en diez minutos por favor.

Se levantó, cogió un paquete de cigarrillos del bolso y un pequeño mechero y se dirigió a la puerta de salida deleitándonos con un estruendoso portazo.

—Yo no quiero estar aquí en este momento, Clara. —Miré a la chica, que buscaba rápidamente en su ordenador toda la información que le acababa de pedir Sofía.

¿Qué es lo que estaba tramando nuestra gerente? Tenía diez minutos para pensar un plan de emergencia. Con lo que no contaba era con que el camino que iba a seguir era completamente equivocado y se iba a meter en lo más profundo del precipicio.

Antes de cinco minutos ya había regresado. Dos caladas al cigarrillo y listo. Sus acciones delataban su estado de ansiedad.

—¿Han salido ya? —preguntó a la chica de recepción.

—No, aún no.

—Llama a Asier y dile inmediatamente que voy a entrar en la sala. Con o sin su permiso. Me da igual. Tengo el mismo derecho que él a enterarme de todo lo que suceda en esta empresa. —La ira se había desatado imperiosamente en ella.

La muchacha miró asustada. Nunca la había visto igual.

Es lo que tiene la desesperación. Saca lo peor de nuestras entrañas.

Nuestra mirada se vuelve turbia y los ojos se salen de las órbitas.

Así somos los seres humanos, tan pasionales para unas cosas y tan perversos para otras.

Y esta era la cara que Sofía estaba mostrando a todos nosotros.

Cogió el teléfono, pero no había terminado de marcar la extensión de la sala de reuniones cuando Sofía se dirigió como una bala hacia allí.

—Va a entrar —le dio tiempo a decir con voz entrecortada.

Clara y yo nos miramos mientras Sofía entraba con un arrebato descomunal a la sala. Alea iacta est. La suerte estaba echada.

11.17

Se escuchó el primer clamor de una campana.

Dentro de la sala de juntas los primeros gritos de Sofía traspasaron las paredes que en ese momento parecían de papel. Era previsible. Había caído en la trampa de Asier. Ni por un momento se habría imaginado lo que él tenía preparado para ella.

Silencio. Treinta segundos en el más absoluto silencio. Pude escuchar los latidos de mi corazón, impasibles ante lo que estaba ocurriendo. Bombeando pacientemente a la espera de la explosión final.

—¡Eres un hijo de puta! —El piso de la oficina tembló como si un terremoto hubiese hecho aparición de repente para destruir todo lo que había a su paso.

—¡Sofía tienes que asumir que hay otros proyectos mejores que el tuyo y nuestra empresa tiene que apostar por ellos.

Asier sabía manejar a la perfección ese tipo de situaciones. Frío. Hierático, sin ningún tipo de compasión frente a un enemigo destruido y sin poder de reacción.

—¿En qué te basas para decir que esa mierda es mejor que la mía? —Sofía había perdido el norte completamente.

—Por favor, Sofía, esto es algo que tenemos que hablar en privado. Respeta al cliente, por favor.

—¡Iros todos al puto infierno! Asier, esto no se va a quedar así, te juro que voy a acabar contigo sea como sea. Prepárate porque esto no ha acabado.

El rechinar de una silla contra el suelo fue el preludio del segundo clamor de las campanas.

El sonido de sus tacones se percibía como un atronador estruendo.

Sofía abrió la puerta y sin dirigirnos la mi-rada se dirigió rápidamente a la salida.

El momento fue de lo más abrumador. Todos nosotros dirigíamos nuestros ojos ávidos de información hacia el cuerpo de ella que parecía desprender fuego.

Mis manos ardían. Parecía como si todos los sentimientos y emociones hacia ella, reprimidos durante tanto tiempo, saliesen de repente a la luz proyectando toda la energía hacia afuera.

Nunca había sentido esto. Tocaba mis palmas y quemaban.

¿Qué poder había ejercido esa mujer durante tanto tiempo como para bloquear toda mi energía?

Observé como Clara se frotaba las manos.

Seguramente tenía la misma sensación que yo.

Nuestra energía volvía a fluir de nuevo por todas las partes de nuestro cuerpo.

Las fuerzas del universo se habían aliado para derrotar a ese vampiro y Asier había clavado la estaca en lo más profundo de su corazón envenenado.