Atrapados en la nube CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Llegué al Recoletos Jazz diez minutos antes de la hora marcada.

El lugar estaba vacío. Entré sigilosamente y me dirigí al camarero que estaba al final de la barra sonriendo mientras miraba el móvil y veía un video en YouTube.

—Perdona, ¿está abierto no?

—Sí, por supuesto —me dijo el chico amablemente—. ¿Quiere tomar algo?

—Pues si me pones un vino te lo agradecería. —Empezaba a estar nerviosa.

Tenía que hacer una operación de negocios que iba a resultar crucial en mi vida y a la vez retar a un hombre que me daba mil vueltas a la hora de hacer transacciones.

Me senté en una de las mesas bajas frente al escenario. El piano de cola dormía esperando que llegase la tarde para ponerse en movimiento.

—¿Ahora no viene nadie a tocar? —pregunté inocentemente al chico mientras pensaba en la estrategia que iba a tomar cuando mi rival se presentase.

Tenía que verlo así, como una lucha de poder con igualdad de condiciones entre los dos contrincantes.

Si me hacía valer saldría victoriosa, pero si dudaba un minuto se apoderaría de mí.

Así eran los hombres de negocios, aves de rapiña ambiciosas en busca de gloria.

—Sí, ahora en unos minutillos me pongo yo. Es el único momento en el que puedo disfrutar de esa maravilla.

—¡Estupendo! —Por un momento pensé que se iba a mantener el silencio en esa gran sala y el pánico se apoderó de mí. La música amansa a las fieras y en un momento dado podría distraer su atención focalizando el tema en la música.

¿Y si no viene? Comprobé que el mensaje había sido leído, pero no había habido respuesta.

«Bueno, pensé, si no viene me tomo el vino y me voy con Marc.

Ahora mismo sólo me apetece estar con él y seguramente esté impaciente porque vuelva a la habitación del hotel para estar en sus brazos.

Tampoco le voy a enviar ningún mensaje. Ojalá este hombre no se presente. Tendré más tiempo para pasar con Marc.

Una notificación saltó en mi móvil.

—Llegaré unos minutos tarde, estoy en un atasco. Los negocios son los negocios, y he estado toda la mañana en una reunión, pero mi tiempo es tuyo a partir de ahora… Muac.

Este hombre venía a por todas. Estaba claro que quería obtener beneficios por partida doble. Pero yo tampoco iba de inocente. Cada uno tenía que jugar sus cartas y posiblemente los dos saliésemos vencedores en esta batalla.

El chico de la barra se acercó al piano.

—¿Algo en especial? —Miró hacia mí mientras iba tocando una a una las teclas del piano suavemente como un tesoro preciado al que hay que cuidar con esmero.

—Pues no sé, lo que quieras. Si te digo la verdad no tengo mucha idea de música, me encanta el club de jazz de la película La, la Land, la ciudad de las estrellas y el ambiente me recuerda mucho a este. Summer Montage creo recordar que se llamaba.

El muchacho empezó a tocar la banda sonora de la película mientras silbaba alegremente.

—Ahora mismo me has transportado a la película, estoy feliz. — Era un momento único: mi vino, mi música preferida y yo misma.

Unas manos cerraron mis ojos de repente y me susurraron al oído algo que no pude entender bien.

—Mon amour, ya he llegado.

Sonreí y sin mover un ápice de mi cuerpo contesté en un tono tranquilo y relajado.

—Te estaba esperando.

Mi cabeza tenía que mantenerse fría. Era mi baza para atraer a ese hombre.

Se sentó junto a mí y pidió un gin-tonic. El pianista se levantó inmediatamente y fue a la barra a preparar la bebida.

—Bueno, bueno, señorita. He estado esperando este momento desde que nos vimos aquella noche. ¿Qué me puedes ofrecer?

—Y tú ¿qué estás dispuesto a dar? —Ningún rodeo. Los dos al grano. Era el momento de poner en marcha mi parte más racional.

—Yo, lo que me pidas. No sé lo que tienes, Zoe, pero me dejaste encandilado esa noche. Pareces una persona normal y corriente, pero tienes algo, eres más lista de lo que piensa la gente y eso es muy peligroso. Yo como hombre de negocios no puedo caer en tu red de seducción.

—Ja, ja, ja… pero ¿qué estás diciendo?, ¿eso piensas de mí? Qué poco me conoces. —Intentaba crear un ambiente distendido con él—. Las reglas del juego las podemos poner los dos.

—Por nuestra relación laboral y lo que venga —pronunció a modo de sentencia.

Sonreí y brindamos. Ese hombre sabía perfectamente lo que había y donde quería llegar.

No quería perder el tiempo así que inmediatamente saqué el porfolio con toda la información sobre el proyecto.

Por un lado, la de Sofía, que me había suministrado Clara, por otro, la nuestra, que supondría el ascenso a la gloria o la caída al infierno.

El hombre buscó en su cartera unas gafas de vista cansada y se las puso mientras intentaba encontrar entre el maremágnum de papeles un bolígrafo para hacer anotaciones.

—Seguro que me lo vas a agradecer —le susurré al oído.

—Vamos a ver de lo que eres capaz de hacer, señorita Zoe.

Abrió el porfolio y comenzó a examinarlo exhaustivamente.

Sus ojos se movían rápidamente de un lado a otro del papel como si fuese un profesor corrigiendo un examen en busca de los errores del alumno.

Decidí dejarme llevar por el momento mientras disfrutaba de la música con mi copa de vino en la mano e imaginar que en ese instante estaba con Marc.

Los dos mirándonos a los ojos tiernamente y escuchando alguna melodía que nos trasladase a un mundo que solo queríamos compartir.

—Zoe, Zoe. —El empresario me dio un leve zarandeo en el brazo para llamar la mi atención.

—Perdón, lo siento, se me ha ido el santo al cielo. —¡Madre mía, qué vergüenza!, me había abandonado al placer en medio de una operación de negocios.

—Bueno, pues independientemente de que me atraes muchísimo —comenzó su exposición a lo grande—, tengo que decirte que este enfoque me parece mucho más atractivo que el que nos envió Sofía y que, posiblemente, tenga un mayor engagement.

¿Cómo no nos facilitó este otro punto de vista? No me explico por qué ha hecho esto.

—No me voy a meter en cuestiones empresariales. —Decidí cortar el rumbo por el que quería tomar la conversación y no meterme en un jardín del que no pudiera salir—. Únicamente quería que supieses que esta es mi opción y aposté por ella.

—Lo presentaré mañana al grupo de gestión y tendrás noticias mías. Tengo una hora antes de marcharme, hoy es un día complicado, pero me apetecía quedar contigo.

—Lo mismo digo. —Ahora empezaba la parte B del trato y esto era lo que peor llevaba. Tomé su mano y la besé acercándola a mis mejillas.

Se acercó y me besó en los labios. No me sorprendió.

Sabía que ese momento tenía que formar parte de la reunión.

Empezaba a estar relajada al saber que no pasaríamos de unos besos furtivos arropados por la melodía de un piano de cola y el del placer de saber que había dado el primer paso para conseguir que todo ese empeño que habíamos puesto en ese diseño iba a comenzar a dar sus frutos.