Atrapados en la nube CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Mientras estábamos comiéndonos a besos en el taxi que nos llevaba a su hotel sonó el teléfono. Era Sofía.

—Joder, qué oportuna. —Me salió el comentario sin pensar—. Es una llamada de trabajo, Marc, espera un momento.

Marc se apartó unos centímetros de mí, pero continuó acariciando mis mejillas mientras atendía la llamada de mi jefa. Me encantaba cómo me miraba este hombre, parecía como si estuviese admirando una obra de arte, con esa pasión que transmiten solamente unos ojos enamorados.

Por momentos me sentía cautivada por esa persona tímida que había mostrado sus sentimientos hacia mí con esa incertidumbre de no saber lo que le estaba pasando.

Un hombre acostumbrado a estar con alimañas empresariales y saber dominar a esa gente se había hecho pequeño ante los ojos de una mujer normal y corriente, una persona del montón atrapada en una monótona vida como madre de dos hijos y sin ningún aliciente emocional.

Y esa es la maravilla del amor, que todo puede suceder en algún momento de nuestras vidas. Parecía mentira que estuviese viviendo todo esto. Conocer a una persona del otro lado del planeta y estar a punto de consumar una historia de amor que había comenzado unos meses antes por puro azar.

—¡¡Hola, Sofía, ¿cómo vas?!! —Marc continuaba explorando las diferentes partes de mi cuerpo mientras el taxista por el retrovisor miraba pícaramente hacia sus manos—. Tenía pensado llamarte, pero es que no sé si se te habrás enterado. Mi suegra se ha caído.

Me enteré cuando llegué a casa del viaje y me fui al hospital. Ahí ya perdí la noción del tiempo. Ya te habrá contado Asier, ¿no?

Tras varios minutos de monólogo en el que solo se podía reconocer el pronombre “yo” por parte de Sofía, decidí dar por terminada esa conversación que no iba a llegar a ningún sitio.

—Perdona, Sofía, pero yo creo que las líneas están perfectamente definidas. No creo que sea el momento de meter mano de nuevo a una cosa que ya está firmada y que va a ir así adelante.

Como buena jefa destructiva que era, se había permitido el lujo de rebatir ciertos puntos del contrato que acabábamos de firmar en Barcelona, y quería volver a llamar al cliente para discutir con él ciertas cuestiones del mismo.

—Mira, ese es problema tuyo y de Asier. Yo lo veo bien así, pero ahora mismo como comprenderás no tengo la cabeza en eso. Si no te importa mañana te llamo y hablamos, ¿te parece?

Marc retiró las manos de mis rodillas y me miró fijamente. Era la primera vez en toda esa tarde que sus ojos se clavaban en los míos con una nobleza exquisita. Ni siquiera Asier en los momentos en los que estábamos disfrutando uno del otro me había mirado así.

—¿Estás enfadada?

—Claro que estoy enfadada. Mi jefa me acaba de llamar para entrometerse en una cosa que no es suya y que no le incumbe.

—Ahhh, ya. —Se notaba que el pobre no se había enterado pero quería agradarme a toda costa.

—Bueno, sigamos con lo nuestro. —En ese momento solo me apetecía estar con él y probar todas las partes de su cuerpo.

Me había olvidado por completo de Asier.

Era como si esa pasión que había vivido durante el viaje a Barcelona se hubiese esfumado en un instante y ahora buscase la paz que me estaba dando Marc.

El taxi aparcó enfrente de un hotel en plena Milla de Oro madrileña.

—Es aquí. —Marc sacó su tarjeta de crédito inmediatamente para pagar el servicio.

—Que tenga buen día —me dirigí al taxista mientras abría precipitadamente la puerta del coche.

—Igualmente. —Sonrió el hombre mientras subía de nuevo la bandera para coger cuanto antes a una pareja con un niño que esperaba ansiosa a coger el taxi.

El hotel era precioso. Un palacete del siglo XIX decorado exquisitamente y con una entrada digna del refinamiento de las clases más distinguidas de la época.

No me podía creer que estuviese ahí con Marc.

Hace unos días disfrutaba con Asier de unos momentos mágicos en un hotel de lujo de Barcelona, pero ahora me parecía todo como un sueño.

—Marc, ¿de verdad quieres que hagamos esto? —Quería estar segura que lo que íbamos a hacer era algo que los dos deseábamos.

—Llevo meses esperando este momento. No sé lo que pasará después de estar juntos, pero tampoco quiero pensar. Quiero gozar contigo Zoe.

Cogí su mano y la agarré fuertemente. Parecíamos una pareja de enamorados que tímidamente buscan el no ser observados por el personal del hotel.

Atravesamos el hall de entrada en cuyo final se encontraban dos pequeños ascensores.

Estaba cubierto de una gran alfombra persa tejida a mano con un colorido espectacular, tonos ocres, azules y verdes que dejaban entrever la belleza con la que habría deslumbrado algún salón del Antiguo Oriente.

Marc dirigió la mirada hacia arriba. Una gran claraboya cubría el techo de la parte central de la sala y hacía que los colores de la alfombra brillasen con una luz especial.

Las puertas del ascensor se abrieron para nosotros.

Estábamos solos. No podíamos perder más tiempo.

Necesitábamos estar unidos cuanto antes.

Al acercarme a Marc noté cómo su cuerpo desprendía el aroma de ese deseo negado durante tanto tiempo por la distancia, de esa pasión que en unos minutos se iba a materializar en mí.

Llegamos a la puerta de la habitación sin que nos importase lo más absoluto el que alguien pudiera ver y nuestra libido se había disparado hasta límites insospechados.

—Zoe, no puedo aguantar más. —La parte racional de su cerebro había desaparecido completamente.

—Soy toda tuya, Marc, ha llegado tu momento.

Entramos en la habitación, cerré la puerta apresuradamente y empujé a Marc dejándole entre la pared y mi cuerpo sin tener ninguna escapatoria.

—Llevo meses soñando con este momento. Cuando pienso en ti mi cuerpo pierde todo el control. —Mi hombre se acababa de desinhibir completamente.

—¿Y qué es lo que piensas? —le susurré mientras desabrochaba los botones de su camisa apresuradamente.

Noté como su cuerpo comenzaba a temblar mientras mi lengua recorría su pecho de arriba abajo. Me gustaba tener esa sensación de control sobre un hombre. Ahora parecía indefenso, sometido a todos mis deseos y esperando a que yo tomase la iniciativa en este juego de seducción.

—Cuando pienso en ti, Marc —desabroché su pantalón y noté como se estaba preparando para mí—, pienso en una cita secreta en un hotel. Yo, desnuda al lado de esta ventana, tú detrás de mí rozando mi espalda con tu pecho… ¿Qué te parece?

—Eres mi regalo, Zoe…

—Tú entraste en mi vida hace unos meses como un huracán y quiero que sigas formando parte de ella por mucho, mucho tiempo. Mi primer pensamiento cada mañana ya para ti, Marc. He esperado tanto tiempo el tenerte en mis brazos como ahora que no me lo creo.

—¿Dónde está mi regalo? —me sugirió de repente mientras retiraba la única prenda que le quedaba pegada a su cuerpo, el cual se mostraba en todo su maduro esplendor frente a mí.

—Quiero que me enseñes tu cuerpo, Zoe —me susurró mientras buscaba con sus manos mi espalda para desabrochar el corpiño que se escondía tras una sugerente camiseta de tirantes. —Necesito que me enseñes lo que llevas debajo, yo ya te he mostrado cómo soy.

—Quiero que vivamos esto como una cita secreta en un hotel, Marc, dos amantes enseñando al mundo su amor, no importa de donde son o a donde vengan, únicamente el deseo de estar con el otro.

—Quiero verte desnuda, Zoe. —Me besó los labios mientras yo desabrochaba rápidamente el vaquero que llevaba encima e intentaba quitarme a la vez los zapatos de tacón negro que me había puesto para la ocasión.

—Eres mío, Marc, enséñame lo que sabes hacer….

Marc agarró fuertemente mis piernas y las cruzó rodeando su cadera. El fuego se había apoderado completamente de los dos y nuestro instinto más primario había salido a la luz.

—¿Qué quieres hacer? —le dije mientras le acercaba a un pequeño sofá que estaba situado al lado de la cama—. Podemos hacer realidad lo que hemos estado haciendo todos estos meses en nuestra nube particular. No te voy a poner barreras, Marc, dejaremos nuestros destinos en manos del placer.

Después de unos minutos explorándonos uno al otro me di cuenta de que Marc me tocaba de forma muy diferente a como lo hacía Asier.

Con este, la pasión desenfrenada brotaba de cada poro de su piel mientras que con Marc era todo más pausado y más romántico.

Con él se había creado un lazo de unión muy diferente al que tenía con mi jefe.

Sus dedos se deslizaban por mi espalda como si no hubiese tocado nunca el cuerpo de una mujer. Por primera vez en mi vida me sentí como si fuese un tesoro. Las yemas de los dedos de Marc empezaron a recorrer mi espalda con una dulzura que no había experimentado en mi vida.

Nunca un hombre me había tocado así. Era como si sus dedos estuviesen tocando una delicada melodía que había que disfrutar cada instante para que todo fuese en armonía.

—Creo que eres más romántico de lo que pareces y muy tímido, aunque eso lo tendré que comprobar en persona…

—Te deseo tanto, Zoe, has ido entrando en mi vida poco a poco y ahora no quiero que salgas de ella. Te necesito cada momento, necesito besar tus labios, tu cuello, tus pechos y deslizarme poco a poco hacia tu infinito para estar dentro de ti eternamente.

—Quiero sentirte Marc, lenta y profundamente mientras vas entrando en mí y nos fundimos en un solo cuerpo.

—I want to feel how wet u are.., slide my cock inside u….

En ese momento me daba igual que hablase en inglés, en español o en portugués. Estaba tan caliente que podía expulsar llamas de mi cuerpo en cualquier momento.

—¿Puedes sentir el calor que hay en mí? —Mi cuerpo estaba ardiendo—. Marc, quiero llegar contigo al final y que sintamos juntos la fascinación de haber tocado el cielo por primera vez en tantos meses.

—Zoe, I want to see you how you enjoy pleasure… I want u to feel all of mine.