Atrapados en la nube CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Había llegado el momento de conocer al hombre de mi vida.

A medida que se acercaba la hora de nuestro encuentro mi estómago se iba encogiendo.

No sé cómo reaccionaría al verle. Una foto, una única foto enviada a través de la aplicación de mensajes, me daba la pista de cómo iba a ser ese hombre con el que había tenido una relación gracias a la tecnología y a ese gran servidor universal que se había apropiado de nuestros sentimientos tan íntimos durante unos meses.

Es raro como una relación puede hacerse tan intensa, que pierdas la noción de tiempo y espacio, que marque un antes y un después en tu vida y que confirme que el amor verdadero no tiene barreras.

Alfonso estaría en el hospital cuidando de su madre, así que tenía casi un día y medio para comprobar si esa pasión que surgió a través de la red seguía manteniéndose cuando nuestros cuerpos se uniesen y formasen uno solo.

Habíamos quedado en el Café Comercial. Un lugar lleno de encanto donde podías trasladarte al pasado y adoptar durante unos momentos el alma de escritores como Antonio Machado, Enrique Jardiel Poncela o Rafael Sánchez Ferlosio.

La cita era a las siete de la tarde, pero llegué veinticinco minutos antes.

Me apetecía disfrutar del ambiente, las tertulias de la gente y ese glamour que transmiten este tipo de lugares con historia.

En la entrada esperaban dos parejas extranjeras para entrar. Me situé detrás de ellos.

—Señorita, ¿cuántos van a ser? —me preguntó un camarero amablemente.

Me encantaba ese trato tan exquisito y con tanto encanto.

Primero, por lo de señorita. Porque cuando tienes hijos, lo de señora es una cruz que tendrás que llevar permanentemente el resto de tu vida, y segundo, porque la educación se está perdiendo en todos los sitios y encontrar un trato así es poco menos que reconfortante.

—Dos personas, gracias.

—Se puede colocar en la mesa que está pegada a la de los cuatro caballeros que están junto a la ventana.

—¡Perfecto!

Me daba igual cualquier sitio en el que me sentasen porque cuando viniese él solo iba a estar pendiente de sus ojos, su cara, su sonrisa y cualquier gesto que pudiera darme toda la información acerca de él.

Necesitaba todos estos datos de los que había estado privada durante tantas semanas de mi vida y en un momento iba a tenerlos frente a mí.

La luz del lugar era cálida y acogedora, típica de un ambiente literario del siglo XIX y contrastaba con esa luz blanca que provenía de los ventanales exteriores.

A través de los cristales se podía ver a una chica japonesa vestida de novia en una sesión fotográfica. Realmente era un lugar precioso para recordar el día más maravilloso de tu vida. Pasado y presente separados únicamente por unos cuantos adoquines.

Dentro del local las paredes mostraban caricaturas de los grandes escritores y poetas que habían pasado por el lugar e incluso escribir en alguna de sus mesas, como en el caso del escritor Camilo José Cela que podría haber recreado uno de los capítulos de la grandiosa obra La Colmena en las paredes del Café Comercial.

Ver toda esa gente tan variopinta me distrajo por un momento de mi cita con Marc.

Por un lado, quería que llegase ese momento, pero por otro, me asaltaban cientos de dudas sobre qué haría él al verme, qué sensación tendría yo al acercarme y tocar su piel por fin.

¿A qué sabría? ¿Qué olor tendría? ¿Cómo besaría?

Miré el reloj y ya eran las siete y dos minutos. Si era puntual tendría que estar al caer. No perdería la vista ni un minuto de la entrada.

La cantidad de gente que pasaba por esa zona era increíble.

Desde dentro del recinto se notaba el temblor del metro cada vez que hacía su parada en la estación y, al poco tiempo, un racimo de gente emergía hacía la superficie llenando la puerta del Café Comercial y haciendo casi imposible distinguir cualquier cara que estuviese por allí.

Habían pasado quince minutos y Marc seguía sin dar señales de vida.

Empecé a pensar que quizás no aparecería.

Nos habíamos hecho una imagen el uno del otro que posiblemente no tuviese que ver con la realidad.

Eso a muchas personas es algo que les asusta.

¿Y si es otra persona completamente diferente a lo que me ha mostrado?

¿Será como es en la foto que me ha enviado o reconoceré a otra persona completamente diferente al Marc del que me he enamorado?

Bueno, yo tampoco había sido muy sincera con él.

En ningún momento le había contado nada de mi vida así que no tendría que crearme falsas esperanzas en torno a lo que podría pasar entre los dos.

Nuestra relación se había creado en la nube. Una relación basada en el amor y en los sentimientos de dos personas que en un primer momento podían buscar compañía y sensaciones diferentes a la rutina pero que, con el paso del tiempo, se había convertido en una película de amor en toda regla.

—Camarero por favor, me trae la cuenta. —Ya no iba a esperar más. Estaba claro que algo se había cruzado por su cabeza y no iba a presentarse.

Menuda decepción, Zoe. Tenías que haber estado preparada para esto. Esto no tenía sentido y cuanto antes me hiciese a la idea de que era un error el haber empezado esta historia, mejor. Un amor platónico a seis mil kilómetros de distancia, ¿qué sentido tiene eso? Evidentemente, ninguno.

Me dirigí hacia la puerta giratoria y estaba saliendo cuando al otro lado del eje central hizo su entrada un hombre. Parecía sofocado. Llevaba una cazadora de cuero en la mano y una pequeña cartera colgada al cuello. Volví la mirada y él me miró fijamente. Marc había aparecido.

Al verle me dio un vuelco el corazón. Era Marc, pero no conseguía reconocerle.

En mi cabeza había creado una persona totalmente diferente.

La única referencia que tenía de aquel hombre era su foto y alguna que otra foto de sus múltiples viajes de negocios por el mundo.

En persona parecía mayor, aunque tenía ese halo de misterio que me había cautivado en esta relación.

Salí a la calle para volver a entrar de nuevo por la puerta giratoria, pero él se adelantó y salió antes. Nos pusimos uno frente al otro. Todas las conversaciones que habíamos mantenido sobre cómo sería el momento en el que nos conociésemos se habían esfumado. Ninguno de los dos sabía lo que hacer.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Él me dio otro buscando mis labios.

Nos mirábamos fijamente sin saber qué decir. Era una situación rara. Imagino que en su cabeza se habría hecho la misma imagen de mí que yo de su físico y teníamos que asimilar la realidad.

—Hola, Marc. Soy Zoe. —No nos habíamos ni presentado.

—Hola, Zoe. Soy Marc. —Volvió a acercar sus labios a los míos y me besó tímidamente.

Tenía un acento claramente americano. Después de tanto tiempo parecíamos dos extraños. Nuestras conversaciones más íntimas, nuestros encuentros amorosos, la pasión que se desprendía en la red habían desaparecido.

—¿Quieres que tomemos algo aquí mismo? —Por algún lado había que cortar el hielo entre los dos. De momento se había creado entre ambos una barrera invisible que impedía mostrar cualquier sentimiento al que habíamos dado rienda suelta en la red.

Por un momento la angustia me invadió sin piedad.

¿Pero qué estaba haciendo? Frente a mí había una persona que no se parecía en nada a lo que yo había creado en mi cabeza.

Un cuerpo, una voz, un todo diferente a lo que mi imaginación había estado construyendo durante todos estos meses.

¿Serán así los encuentros de todas las citas que tiene la gente que ha iniciado sus relaciones a distancia?

¿Tendrá este hombre la misma visión de mí de la que yo estoy teniendo en estos momentos de él? ¿Cómo será el verdadero Marc?

La ansiedad me impedía pensar con claridad.

Los dioses habían unido nuestros caminos. Ahora nosotros teníamos que hacer que ese sendero siguiese adelante o que quedase en el más absoluto de los olvidos.