Atrapados en la nube CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Los servicios de urgencias del hospital estaban abarrotados.

No cabía ni un alfiler. Crucé las puertas automáticas y me acerqué a la ventanilla.

Una mujer estaba con su marido en silla de ruedas despotricando sobre lo mal que estaba la sanidad pública y que llevaba más de dos horas esperando y todavía no había sido atendida.

A la izquierda de ellos una pareja de ancianos aguardaba impaciente alguna notificación por parte de algún doctor que se acercase a darles el parte.

—Señorita, por favor. —El anciano se acercó a mí con voz temblorosa—. Sería tan amable de preguntar a algún doctor por el estado de nuestro hijo, se llama Rodolfo García y se ha tomado un bote de pastillas. Estamos desesperados, se lo han llevado hace más de tres horas y no sabemos nada.

—No se preocupe, ahora pregunto a alguien.

Me acerqué a una de las ventanillas donde dos mujeres tecleaban en un ordenador sin parar los síntomas de los pacientes que iban llegando a cuentagotas.

—Por favor. —Toque el grueso cristal que separaba la zona de administración y la de los pacientes ansiosos de atención médica lo más pronto posible.

—Espere un momento. —La mujer ni levantó la cabeza. Siguió tecleando a toda prisa y el sonido del golpe de sus dedos salía por el altavoz incrustado en el cristal como si fuese golpes de martillo sobre una piedra.

Después de esperar unos tres minutos la señora levantó la cabeza.

—¿Qué quiere?

—Pues esa pareja de ancianos de allí me ha dicho que no sabe nada de su hijo, que si alguien les puede decir algo.

—¿Nombre? —Los monosílabos con los que hablaba la mujer indicaban que estaba harta de responder siempre a las mismas preguntas.

—Ehh… Rodolfo, me parece que ha dicho ese nombre. Sí, Rodolfo García.

—Espere. —La mujer empezó a golpear nuevamente el teclado y dio un gran suspiro.

—Se queda ingresado. Le tienen que hacer un lavado de estómago. Dígales a esos señores que se vayan a casa y que ya les llamarán. ¿Han dado ya sus datos para que les localicen?

—Un momento, voy a preguntarlo. —Me acerqué rápidamente a la pareja, que asustada me miraba esperando una respuesta que les diese un halo de esperanza.

—No se preocupen, todo va a salir bien, ahora le tienen que hacer un lavado de estómago, pero tendrá que estar unos días en el hospital. ¿Han dado sus datos para que les llamen?

—Sí, sí, ya se lo hemos dado a una señorita que nos los ha pedido.

—Pues váyanse a casa a descansar, ya les avisarán.

La mujer, asustada, miraba al marido, perdida.

—No quiero que mi hijo se quede aquí solo, por Dios bendito. Por qué lo ha hecho si tenía todo, una familia, un trabajo, las comodidades que él quería.

—Pero a lo mejor no era feliz. Ahora es el momento de que él empiece una nueva vida y valore lo importante y ahora se dará cuenta de que tiene el apoyo de sus padres que es lo importante.

Abracé a la mujer, que comenzó a llorar desconsoladamente. Habría pasado tanto, y no solo ella, su marido, su hijo y todo su entorno. A veces tienen que pasar estas cosas para que nos demos cuenta de la fragilidad del ser humano. Somos un pequeño punto en este gran universo de la vida.

Mientras la abrazaba pude distinguir al fondo de la enorme sala a Alfonso junto a su padre.

—Perdonen. —Me dirigí amablemente a la mujer que se había aferrado a mí como si la vida le fuese en ello—. Me tengo que ir, pero seguro que todo va a ir bien. Les dejo mi teléfono por si necesitan cualquier cosa.

Mientras les apuntaba mi número en un pequeño papel que había encontrado en el bolso, pensaba en lo frágiles que nos hacemos cuando no podemos tener control de los acontecimientos que se van sucediendo en nuestras vidas.

Un repentino chasquido puede cambiar nuestros destinos por completo y eso es algo para lo que ninguno de nosotros estamos preparados.

Empecé a caminar hacia el final de la sala.

Caminaba despacio. No me apetecía llegar al final de la misma.

Era como si hubiesen echado encima de mí dos bloques de cemento que me impedían llegar a reencontrarme con mi marido.

En realidad, yo ahí no pintaba nada. Sentí la sensación como si no conociese a esa familia.

¿Realmente la había conocido alguna vez o eran extraños que durante un tiempo entraron en mi vida?

Ahora empezaban a asaltarme dudas que nunca me había planteado.

Tenía que cumplir. Era mi obligación como nuera.

Alfonso estaba de espaldas a la entrada. Toqué levemente uno de sus hombros y saltó como si fuese el resorte.

—¿Qué haces tú aquí?

—Cuando he llegado me han avisado los chicos, pero no me cogías el teléfono. ¿Por qué no me has llamado?

—¿Para qué? —respondió en un tono socarrón—. ¿Habrías podido hacer algo?

Decidí ignorar su respuesta. Él podría estar nervioso, pero yo estaba cansada de estar apartada de todo, siempre me hacía quedar mal ante los demás, aunque lo hiciese inconscientemente.

Me acerqué a saludar a su padre. El hombre estaba igual de nervioso que su hijo, pero era mucho más receptivo. Me dio un abrazo, pero no podía articular palabra.

—¿Os han dicho algo ya?

—No, están haciéndole pruebas ahora. Los médicos han dicho que van a comprobar si tiene algo roto o la caída le ha provocado algún coágulo y ya nos dirán. Nos quedamos mi padre y yo, no hace falta que estemos perdiendo el tiempo todos aquí.

—Si queréis ir a descansar me quedo yo sin problemas.

—No —contestó tajante—. Tú vete con los niños y con lo que sea, yo te digo.

Me despedí de él con un beso frio en su mejilla. Ya no teníamos nada en común. Ni siquiera en una situación como esta donde un familiar estaba enfermo sentía ningún tipo de cariño o empatía hacia los suyos.

Salí del hospital con una sensación agridulce. Por un lado, con el sentimiento de que esto suponía el principio del fin en nuestra relación como pareja y por otro con el alivio de saber que un nuevo universo se abría ante mí.

Saqué el teléfono del bolso y marqué inmediatamente el teléfono de Sandy. En ese momento necesitaba oír su voz porque los dioses estaban empezando a mover sus piezas para que el sueño de conocer a Marc se hiciese realidad.

—Sandy, necesito tu ayuda. Es una operación a vida o muerte.

—Zoe, me estás asustando. ¿Qué es lo que quieres?

—Que te ocupes de mis hijos durante dos días.

La naturaleza estaba trabajando para restaurar un equilibrio en mi vida que había sido arrebatado durante años por la creencia de buscarlo en personas que me habían hecho daño durante años. Ahora era el momento que el karma se reconciliase de nuevo conmigo.