CAPÍTULO 37
Mientras el taxi recorría La Rambla barcelonesa a toda velocidad, cada uno de nosotros ojeaba las últimas anotaciones sobre los puntos que se iban a tratar en la reunión.
De fondo se podían escuchar las noticias del día, pero ninguno de nosotros estábamos pendientes de lo que sucedía en el mundo.
Tiempo y espacio se habían detenido y ese momento era nuestro.
—Con tarjeta, por favor. —Asier acercó su teléfono al dispositivo de cobro y esperó el visto bueno del taxista para salir del automóvil.
Desde ese momento los tres nos mantuvimos en silencio. Cada uno ensimismado en sus pensamientos buscaba su momento de reflexión, un instante en el que pudiésemos tomar profundamente aire antes de enfrentarnos a nuestro próximo objetivo: el cliente “incontinente”.
Cuando estaba nerviosa me salían este tipo de chistes malos. Los nervios solían jugarme malas pasadas en estas ocasiones y una palabra inoportuna pronunciada a destiempo podía llevar al traste la operación así que me tenía que contener.
La entrada al edificio donde estaba situada la empresa era descomunal.
Una puerta con enormes cristales cubiertos con rejas de forja negras custodiaba muchos de los secretos empresariales más importantes del país.
La buena firma de un contrato podría suponer el lanzamiento de una pequeña empresa al estrellato empresarial.
Clara me agarró de la mano mientras esperábamos la entrada al ascensor.
Hasta ahora había estado relajada, pero en el momento en que me la agarró noté que lo que íbamos a hacer era mucho más importante de lo que a mí me había parecido.
Ella sabía de números y de lo que nos estábamos jugando con el cierre de esta operación, factor que yo había ignorado desde un primer momento y, por otro lado, casi mejor que no lo hubiese sabido en ningún momento.
Las puertas se abrieron y apareció un hombre de unos cincuenta años, complexión menuda y aspecto muy juvenil que portaba un pequeño cuaderno de anotaciones y un bolígrafo azul.
—Asier Uribe, ¡cuánto tiempo sin saber de ti! —Se dirigió directamente a nuestro jefe y le estrechó la mano en un gesto amigable.
—Marcos, ¿qué tal te va? —No me podía creer que estos dos se conociesen y que Asier no hubiese abierto la boca.
—Esta noche nos vemos ¿no? —Asier asintió con la cabeza—. Y estas dos señoritas con las que has venido, ¿quiénes son? —El señor se abalanzó hacia nosotras para darnos un fuerte beso en las mejillas.
—Estas son las dos compañeras con las que he llevado a cabo el proyecto. Zoe, Clara, este es Marcos, un antiguo compañero de trabajo y juergas. —Los dos se miraron con sonrisa pícara—. Trabaja en esta empresa, la pena es que no le hayan dado la supervisión de nuestro trabajo.
—Como amigo os digo que os ha tocado un hueso duro de roer.
El grupo que os va a hacer el interrogatorio está formado por tres hombres y una mujer, lo que hace que tengan menos empatía a la hora de solidarizarse con cualquier tema relacionado con la incontinencia y más cuando es un terreno culturalmente relacionado con las mujeres.
Un consejo: cambiad el discurso y desconcertarles.
Cambiar el discurso a algo que les desconcierte… Esto era algo nuevo para mí. Yo ya tenía algo preparado para focalizar la atención en mujeres jóvenes pero las palabras de ese hombre hicieron que se me ocurriese una idea que podía funcionar, o no, pero tenía que jugar todo a esa carta.
Mientras subíamos en el ascensor empecé a notar un cosquilleo en el estómago.
Era la misma sensación que tenía cuando hacía los exámenes en la universidad.
El miedo, junto con la excitación de enfrentarme a lo desconocido, era algo que me había acompañado durante toda mi época de estudiante y ahora, veinte años después, volvía a repetirse.
Las puertas del ascensor se abrieron y respiré profundamente.
Había llegado mi momento.
La chica que estaba en la recepción se acercó y nos acompañó amablemente a la sala de reuniones. Asier entró en primer lugar y saludó a nuestros “cuatro jueces”, que ya estaban sentados alrededor de la mesa con sus ordenadores preparados para teclear el veredicto.
Eché un vistazo rápido a la sala. Al fondo se podía ver un gran ventanal que daba a la parte antigua de la ciudad y por donde entraba una inmensa claridad.
Se podía casi tocar el cielo con la mirada y percibir una serenidad asombrosa.
Me sentí cómoda en ese lugar. Después dirigí la vista a las cuatro personas que clavarían la mirada sobre nosotros durante media hora.
Una mujer, de mediana edad, rubia con un traje chaqueta tweed, que me recordó a las actrices protagonistas de las películas de Alfred Hitchcock, y tres hombres, dos de ellos rozando la jubilación y un jovencito con apariencia de no haber roto un plato, pero con el que tenía que tener cuidado.
De hecho, ya había hecho mi elección: la víctima sería él.
Nos sentamos frente a ellos. Asier estaba nervioso.
Se notaba por la forma en la que movía sus dedos de sus manos: meñique, anular, índice.
Esa era la secuencia y los agitaba como si fuese tocando una melodía interminable.
Clara miraba al frente con la espalda fijada fuertemente al respaldo de la silla y casi sin pestañear.
—Cuando quieran —dijo con una voz grave y varonil el mayor de ellos.
Me levanté, respiré hondo, miré hacia el infinito y comencé a hablar con voz dulce y pausada.
—Una pregunta. —Dirigí la mirada hacia el más joven—. ¿Saliste anoche?
—Ehhh. —El chico me miró con cara de pánico, no esperaba ese tipo de pregunta—. No, ayer no, estuve preparando la reunión.
—¿Y el pasado fin de semana? Seguro que sí. —Tenía que llevar a este muchacho a mi terreno.
—Sí, bueno, un poco. —El pobre no sabía dónde meterse.
—Y… ¿cuánto bebiste? —le pregunté con una sonrisa cómplice—. No te preocupes, no tienes por qué contestar, es parte de este juego.
Me acerqué a los otros tres individuos. La mujer bajó la cabeza para no formar parte del interrogatorio.
—La bebida y el café son uno de los factores que pueden desencadenar la incontinencia en los hombres.
La mujer siempre lleva el lastre asociado a la pérdida de orina, pero el hombre también lo tiene, y es más común de lo que puedan pensar, pero es una cosa que en nuestra sociedad se ha convertido en un tema tabú.
Parecía que mi discurso estaba dando resultado, por lo menos por las caras que veía en los participantes. Nadie esperaba que fuese por ahí, pero tenía que mostrar una realidad que era invisible para casi todos nosotros.
—Y no solo hombres mayores. Cada vez es mayor el número de jóvenes que tienen incontinencia por el alcohol, el café o el estrés al que estamos sometidos diariamente. Y esto de cara al público genera falta de autoestima y vergüenza social.
La primera parte había terminado y no iba a dejar que interrumpiesen mi discurso.
—¿Y las mujeres? —Clavé la mirada en la mujer de mediana edad que bajó de nuevo la cabeza e hizo como que estaba escribiendo algo para que no dirigiese ninguna pregunta incisiva hacia ella—.
Café, alcohol, diuréticos, antidepresivos o laxantes entre otras muchas cosas causan incontinencia en un 13 por ciento de la población joven que no sabe dónde meterse cuando en una fiesta sus amigas le dicen que tiene el pantalón mojado o cuando tiene que llevar siempre una compresa de incontinencia en el bolso, escondida en el bolsillo interior.
Volví a respirar hondo para emitir la conclusión a mi intervención.
—Esto es una realidad, y aquí estamos nosotros para salvar a toda esta gente con un producto revolucionario que pueden usar tanto hombres como mujeres, y que va a ir dirigido, no solamente a la población mayor, sino a todas aquellas personas que por unas causas u otras se han cruzado con la incontinencia en su camino.
Los miré a los ojos uno a uno. —Muchas gracias por escucharme y por darme un poquito de su valioso tiempo, concluí.
Volví a mi sitio y me senté. Por el momento había sido suficiente. Parecía que me había caído una losa encima. No notaba las piernas. Sentía que me estaba mareando así que cogí una de las botellas de agua que había encima de la mesa y la eché por encima de mi cabeza.
—Ahora me encuentro mucho mejor. ¿Me permiten que salga un momento al aseo por favor? —Cogí la mano de Clara y la agarré fuertemente—. Acompáñame, por favor, que si no, no llego.
Salimos de la sala mientras percibía en la lejanía el murmullo de la estancia.
Llegamos al baño como pudimos y me tumbé en el suelo.
Necesitaba sentir como el frío azulejo entraba en mi cuerpo.
Empecé a notar una sensación placentera, como si estuviera en un sueño del que no quería despertar, relajada y con la percepción de haber hecho mi trabajo bien.
No sé cuántos minutos habrían pasado, pero cuando volví en si vi frente a mí la cara de Asier asustado, llamándome y ofreciéndome una bebida.
—Estoy bien, no pasa nada, es que tengo la tensión muy baja y me mareo con facilidad, creo que me ha dado una lipotimia del calor. —Clara me abrazó fuertemente mientras yo intentaba ponerme en pie de nuevo.
—No me des más sustos de estos, por favor, Zoe. —La cara de Asier era de absoluta preocupación —. ¿Quieres que llamemos a un médico?
—No, estoy bien, de verdad, id de nuevo allí a terminar la reunión. Yo, si no os importa, os espero fuera, que necesito que me dé un poco el aire.
Asier y Clara asintieron con la cabeza y volvieron de nuevo a la sala de reuniones. Mientras en el servicio me lavé un poco la cara y sequé el pelo como pude con unas toallitas de papel de manos que había al lado del lavabo.
«Eres idiota, Zoe —es lo primero que pensé cuando estaba abandonando la oficina—, siempre haciendo alguna de las tuyas.
Si no vomitas, es porque estás mareada, y si no, porque presentas los documentos llenos de grasa de tus hijos o llegas tarde porque has tenido un incidente en el colegio.
Eres un desastre, Sofía tiene toda la razón, ¿no vas a madurar nunca?
No me extraña que no te confíen ningún proyecto, yo tampoco lo haría, eres una soñadora desastrosa sumida en un caos del que no vas a salir nunca.
No sueñes porque con este proyecto se romperán todas las ilusiones que tenías por ascender y por demostrar a Asier que tú podías sacar adelante esto.
No luches contra molinos de viento como hizo Don Quijote, porque al final vas a acabar inmersa en un estado de locura como él».
Mi conciencia ya había hablado. Me senté en un banco y un soplo de aire fresco rozó mis mejillas. Era lo mejor del día. Aquí esperaría el veredicto final.