CAPÍTULO 36
Cuando bajamos a una de las salas de reunión, que se encontraba junto al hall de entrada, Asier ya tenía preparado todo. Había un proyector encendido y al fondo de la misma varias carpetas de cartón presidían la mesa con toda la información relativa al proyecto.
—Perdona, pero nos hemos entretenido con las habitaciones, son una pasada. —Tenía que romper el hielo con él y empezar a llevarnos bien.
—Sí —dijo él escuetamente—. Vamos a empezar a ver las líneas de este trabajo, ya que quiero llegar con todo bien atado a la reunión de esta tarde. Zoe, ¿en qué has pensado?
Saqué apresuradamente dos folios con anotaciones que tenía en el bolso y me coloqué en el otro extremo de la mesa frente a él.
—La clave de esta campaña va a ser el conseguir eliminar la asociación que hacemos entre incontinencia y edad.
Si quitamos esta losa, la campaña es nuestra.
—Asier y Clara me miraban atentamente sin pestañear—.
A ver, Clara —continué—, ¿tú me podrías decir alguna persona de la oficina que conozcas a la que se le escape la típica gotita cuando se ríe o que tras los embarazos recurra a los ejercicios de suelo pélvico porque sus músculos han quedado destrozados?
Pues a ese público es el que tiene que estar dirigida la campaña.
A nosotros nos tiene que importar poco la gente mayor que ya usa el producto porque ya está fidelizada pero las personas jóvenes que tienen que recurrir a ello y no se atreven a usarlo son nuestro objetivo.
—Me parece bien —asintió Asier mientras tomaba notas en un cuaderno.
—Puedo diseñar unos gráficos de población y buscar a ver si se ha hecho algún estudio de incontinencia entre población joven. En un par de horas lo tengo.
—Zoe, prepárate la presentación porque la vas a hacer tú.
—En cuanto Asier pronunció esa frase el estómago se me encogió y me empezaron a temblar las piernas.
El superjefe había delegado toda la responsabilidad en mí—.
Yo voy a elaborar la campaña para redes sociales y tú, Clara, aparte de los gráficos de población, diseña las líneas de medios de comunicación.
—Tenemos que acercarnos a las oficinas de la empresa que están como a quince minutos de aquí en coche, así que a las tres y media nos vemos en este lugar de nuevo. —Asier quería ganar la campaña como fuese e iba a ir a por todas.
Yo solía trabajar mejor bajo presión. Dejaba siempre las cosas para el final y era cuando mejor me salían.
Mi cabeza se ponía a funcionar como una máquina y rendía al cien por cien.
El resto del tiempo mi cabeza estaba en modo stand-by o pensando en las cien mil cosas que tenía que hacer a lo largo del día.
—Clara, si no te importa prefiero estar sola. Tengo que concentrarme.
—Por supuesto, no te preocupes. Voy a ir a la mesa que hay al fondo de la sala y me voy a poner con lo mío.
Me senté en uno de los sillones que había en el hall y cerré los ojos.
Enseguida empezaron a pasar por mi mente imágenes de cómo habían sido los últimos meses de mi vida: La imagen de Marc la primera vez que nos habíamos encontrado en aquel local, colocando su chaqueta junto a la mía y desnudándome con la mirada.
Sofía con su atuendo de femme fatale robando mis sueños.
Alfonso sentado enfrente de su ordenador con el Excel abierto y sin ofrecerme ninguna mirada de cariño, o el abrazo de mis hijos cuando les iba a recoger del colegio.
El último recuerdo, la imagen de Asier desnudo junto a mí abrazándome tiernamente y deseando mi cuerpo como nadie lo había hecho jamás.
No sé cuánto duró ese momento, pero cuando abrí los ojos me sentí una mujer renovada.
Esas imágenes habían sido parte de la evolución de Zoe como persona.
Unas instantáneas que habían hecho que me diese cuenta de muchas cosas en estos últimos meses y sobre todo me habían hecho abrir los ojos sobre lo que quería en mi vida.
Me levanté y me acerqué a la recepción del hotel.
—Por favor, ¿la cafetería? Muchas gracias.
—A mano derecha —me contestó amablemente el botones.
Me senté junto a la barra y pedí un café solo con hielo. Tenía que estar lúcida en mi exposición. Mientras estaba saboreando el café llegó Asier y se sentó a mi lado.
—¿Puedo? —susurró amablemente.
—Sí. —Ahora mismo no iba a centrarme en él. Tenía que dejar mi cerebro en blanco así que prefería no desconcentrarme ni lo más mínimo.
—Uno con leche, por favor. Con dos sacarinas. —Me pareció muy raro que un hombre pidiese sacarina con el café, a lo mejor era una de las manías de mi jefe que desconocía.
—No te voy a desconcentrar, solo quería decirte que lo vas a hacer muy bien.
—Muchas gracias, cuando termine la reunión hablamos.
—Sí —dijo en tono solemne—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente. —Cogió su café y se dirigió a una de las mesas al fondo de la barra.
Ahora lo más importante era que nos diesen el proyecto. La conversación con Asier podía esperar.
Había dejado el móvil en silencio y no me había percatado de que tenía varias llamadas perdidas de Sofía.
Era una costumbre que tenía antes de todas las reuniones.
Tenía la manía de molestar, sí, de molestar porque en realidad no ayudaba nada antes de cualquier reunión importante que te llamasen para saber qué ibas a hacer.
Siempre lo hacía para demostrar a todos sus empleados quién era la que mandaba en la oficina.
En pocas semanas había pasado de ser una mosquita muerta a convertirse en una piraña, capaz de acabar con cualquiera que se pudiera cruzar en su camino.
Seguramente quería preguntar los detalles de la reunión, aunque no tenía ni idea de que yo iba a ser la responsable de la misma.
No iba a descolgar el teléfono ni marcar su número.
Durante años había estado sometida a esa presión invisible que ejercía sobre mí sin que me diese cuenta, haciéndome sentir en muchas ocasiones como una auténtica basura y sin que percibiese en ningún momento que estaba ejerciendo un maltrato psicológico invisible a los ojos del mundo, pero demoledor ante el trabajador desvalido.
Dediqué unos segundos a centrarme y abrí el ordenador.
En pocos minutos había ordenado mis ideas y realizado un pequeño esquema de cómo iba a llevar la reunión.
No tenía nada que perder. Las líneas de mi exposición iban a ser tres: seguridad en mí misma, creer en el producto y mantener una postura firme.
Tres puntos fundamentales que me podrían catapultar al éxito.
Si algo me habían enseñado las clases de Oratoria en mi época de estudiante es que a la gente había que darle lo que pedía y el discurso tenía que estar orientado a salir siempre victorioso de una forma u otra.
Tenía que conseguir llevar a estos empresarios a mi terreno y atraerles de tal forma que no pudiesen escapar de mis redes.
Este método nunca fallaba y conseguía unos resultados fabulosos en publicidad, así que era la táctica que iba a poner en marcha.
Estaba terminando de redactar el último informe cuando vi a Asier que se acercaba apresuradamente y me hacía un gesto con la mirada para que terminase ya.
Mientras apagaba el ordenador pensé de nuevo en el torso de él. Su cuerpo atlético no tenía que envidiar nada a las estatuas griegas que muestran su naturaleza para ser admiradas y deseadas por el resto de los mortales.
Me puse en pie y me dirigí a donde estaba él. Vi a Clara que se acercaba por el fondo del pasillo. Los tres ya estábamos preparados para la batalla.