Atrapados en la nube CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Alfonso me había dado el visto bueno al viaje. Tampoco le había dado detalles de lo que íbamos a hacer allí, pero a él le daba prácticamente igual. Tenía que cuadrar números de varias cuentas antes de que acabase el mes, así que eso le mantenía ocupado las veinticuatro horas del día.

Los niños seguían teniendo colegio por lo que había tenido que hacer malabares para cuadrar horarios y que en todo momento estuviesen atendidos: por la mañana les recogería una mamá del cole que vivía relativamente cerca y les podía dejar en la entrada; por la tarde me había tocado contratar a una persona que los fuese a buscar al colegio y llevarlos a todas las actividades extraescolares.

Antes de las nueve de la noche estaría Alfonso de vuelta, que se encargaría de las cenas, y a dormir.

De momento todo estaba controlado.

Clara se había quedado perpleja cuando le dije que una de las condiciones que había puesto a Asier para aceptar ese proyecto era que ella viniese con nosotros. Mi decisión no había sido al azar. Quería tener una aliada a mi lado y sabía que ofreciéndole esa oportunidad no me iba a fallar nunca.

A Clara nunca se le había reconocido su labor como trabajadora. Es cierto que siempre estaba a la sombra de Sofía, al igual que yo, pero en su caso esa timidez e inseguridad innatas habían jugado siempre en su contra.

Después de nuestra conversación en el office, Clara había entrado en el almacenamiento del ordenador de Sofía sacando toda la información que le había pedido.

Para no dejar huellas, lo había hecho desde el portátil de Asier.

Si había que acusar a alguien de haberse apropiado de datos de la empresa podían establecer una guerra entre ellos mismos.

Todavía no me había dado tiempo a analizar los puntos débiles de “su proyecto” para enviar al empresario simpático los puntos fuertes que tendría el mío.

Ahora debía estar concentrada en hacer una campaña totalmente innovadora sobre los productos de incontinencia femenina y tenía que dedicar todos mis esfuerzos a que saliera bien.

Vi a Asier, que se acercaba corriendo a toda prisa con una maleta de cabina y un maletín de cuero negro que debía contener todos los documentos necesarios para la firma del contrato.

—Perdonad el retraso, creía que no llegaba a tiempo.

Ninguna de las dos justificamos su retraso y dimos la callada por respuesta. No teníamos ni cuerpo ni ganas de empezar a pelotear a nuestro jefe ni reírle las gracias.

Sacó el móvil buscando ansiosamente los billetes emitidos electrónicamente.

—Os mando por correo el billete de cada una.

—Muchas gracias —respondimos las dos al unísono.

Nos miramos y sonreímos furtivamente. Asier estaba tranquilo y se notaba que le apetecía hacer ese viaje.

Aparte de los negocios que pudiese cerrar en Barcelona quería cambiar de aires unos días.

El ambiente en la oficina se había vuelto bastante tóxico desde la firma del último contrato y el aire muchas veces se hacía irrespirable.

Sofía se había empoderado de tal forma que a él le había hecho sentirse pequeño, o eso era lo que percibíamos todos en el despacho.

Me chocaba bastante que Asier no se hubiese revelado contra ella. Era un hombre de armas tomar y no iba a acobardarse por una aparente mosquita muerta como era Sofía. A no ser que estuviese persiguiendo algo más allá o que hubiese alguna cosa que no conocíamos y que escapaba a nuestro alcance.

Este era un viaje para aclarar muchas dudas.

En primer lugar, Clara me tendría que contar el porqué de su actitud y sus extrañas maniobras en los despachos.

Asier, por su parte, me daría explicaciones sobre qué demonios se le pasó por la cabeza para dar el visto bueno a la decisión de Sofía sabiendo de antemano que la campaña de los productos donde las mujeres de más de cuarenta años no teníamos cabida no iba a conseguir los mismos resultados que si me hubiesen dejado llevarla a mí.

Y, por último, tampoco se me iba a escapar atacarle directamente sobre nuestros sentimientos y, si lo que pasó ese día en la oficina fue para él puro divertimento o algo más. Así yo también podría poner capítulo final a esa historia de mi vida o seguir adelante con ella.

Pasamos el control de seguridad del aeropuerto y nos dirigimos directamente a la sala de embarque, que ya había dado luz verde a la entrada de pasajeros.

—Creo que los asientos van separados —comentó Asier antes de subir al avión—. El vuelo va repleto y es lo único que quedaba libre.

—A mí me da igual, el vuelo no dura más de 45 minutos —dije muy segura de mí misma.

En realidad, tenía pánico a los aviones.

Desde pequeña era algo con lo que me había obsesionado.

Cada vuelo se convertía en una bajada directa al infierno y cuando terminaba sentía una resurrección apoteósica.

Pero no podía dejar escapar una oportunidad así por mi miedo a las alturas, así que antes de despegar me tomaría un tranquilizante y a pasar las turbulencias como pudiera.

—Yo prefiero ventanilla, si no os importa. Me da claustrofobia estar en esa parte de ahí —dijo Clara señalando al grupo de asientos situados en la parte central del avión.

—Hay un asiento en ventanilla y los otros dos son estos de la zona central —contestó Asier.

Al final me iba a tocar estar al lado de él sí o sí.

Volvería a sentir su respiración pegada a la mía durante cuarenta y cinco minutos.

Me estaba empezando a entrar una ansiedad horrible.

Tenía que pensar que ya no había nada entre nosotros, pero era imposible eliminar la imagen de nuestros cuerpos sudorosos mostrando una pasión irrefrenable.

—¿Qué asiento prefieres? —Me tocó el hombro suavemente y con un tono pausado.

—Me da igual —respondí cortante.

En ese momento estaba pensando dónde había metido el ansiolítico porque empezaba a hiperventilar y aún el trayecto ni había comenzado. No quería que Asier me viese tomando nada porque iba a pensar que estaba medicada o que era una esquizofrénica sin solución.

—Voy un momento al baño antes de despegar. —Miré a Clara que estaba en el lado opuesto del avión y tenía la mirada perdida a través del cristal de la ventana.

Fui al baño y tomé mi ración de tranquilidad.

Enseguida el altavoz indicaba que despegaríamos en breve.

Me senté al lado de Asier y cogí la revista publicitaria del avión.

Ojeé rápidamente las primeras páginas y fui directa a la sección de snacks.

Me tranquilizaba mucho ver las combinaciones que podía hacer de bebida, snacks dulces y salados y tipos de sándwiches y calcular cuál era el precio si pedía unas cosas u otras.

Era simplemente ridículo, pero para mi cabeza suponía una sensación de control total.

Según íbamos acercándonos a la pista de despegue me iba encontrando fatal. Era muy pronto para que el tranquilizante hubiese hecho efecto, tenía que haberlo tomado veinte minutos antes, pero se me había olvidado.

Los motores del avión comenzaron a emitir su estridente sonido y apreté mis manos fuertemente en cada uno de los reposabrazos del asiento. Apreté los ojos y pensé si una cerveza y unas patatas fritas salían más económicas que una barrita de chocolate y un café.

Un sudor frío recorría mis manos y empecé a respirar rápidamente.

Enseguida noté una mano que cogía la mía. Miré a Asier. Permanecía erguido y mirando hacia el frente mientras la sujetaba fuertemente.

—No creía que eras tan blandita —me dijo sin inmutarse—. La próxima vez no te llevo.

No sabía si reír o llorar. Me había dejado descuadrada completamente.

Su mano continuaba fuertemente agarrada a la mía mientras el avión ejecutaba una gran pirueta en el aire.

Por un momento empecé a pensar en su torso tatuado y sus brazos musculados, y un escalofrío recorrió de nuevo mi cuerpo de abajo a arriba.

En un momento nos encontramos encima de las nubes con un sol magnífico.

—Gracias. —Despegué mi mano lentamente de la suya y él dejó de hacer fuerza con la mano y la levantó suavemente.

El vuelo se hizo eterno y el ansiolítico no hizo el efecto que esperaba. Asier no me dirigió la mirada en ningún momento y estuvimos los dos mirando al frente como figuras de cera que, impasibles, miran hacia el infinito.

Eran algo más de las doce de la mañana cuando llegamos al hotel. La primera reunión con el cliente no empezaba hasta las cuatro de la tarde, así que teníamos un rato para planificar cómo iba a ser nuestra estrategia.

—Tres habitaciones individuales a nombre de Asier Uribe, por favor.

—¿Tres? ¿Por qué no has pedido una doble para Clara y para mí? Yo creo que a ninguna de las dos nos importa estar juntas. —Miré a mi compañera con una sonrisa cómplice.

—Je, je, no quiero que conspiréis contra mí —dijo con una sonrisa Asier.

Parecía que el cambio de aires le había sentado bien y se notaba que estaba bastante relajado—.

No he podido cogerlas contiguas así que nos tocará ir a cada uno a una planta.

Si queréis en media hora nos podemos reunir en una de las salas que hay al fondo a la derecha del hall para ver cómo vamos a vender esto al cliente.

—¡Perfecto! —dijimos las dos a la vez.

Mientras subíamos en el ascensor pensaba en qué se le estaría pasando por la cabeza a Asier. El vernos de nuevo juntos podía hacer que limásemos asperezas, pero en mi cabeza, por el momento, nada iba a volver a ser igual.

Llegamos a la planta número siete, donde Clara tenía su habitación.

—Bueno, en un rato os veo —comentó con un hilo de voz que casi se hacía inaudible.

Las puertas del ascensor se cerraron y tomé distancia con Asier. No quería oírle respirar a mi lado. Miré nerviosa la tarjeta de la habitación y enseguida el timbre de llegada sonó de nuevo.

—Esta es la planta 13. La mía. Ahora nos vemos. —Ni siquiera quería mirarle a la cara.

—Yo estoy en la 17 —dijo él mientras se cerraban las puertas.

Entré en la habitación decorada con motivos cinematográficos evocando ciertos toques de la famosa suite presidencial de la película Pretty Woman, en la que Richard Gere conquistó a Julia Roberts.

¿Sería casualidad o Asier habría elegido esa habitación a propósito?

Cuando bajase con ellos saldría de dudas.

Me acerqué al gran ventanal que había al fondo de la habitación y cuyas vistas permitían tener una visión global de la ciudad.

A la derecha había un sofá de color granate con dos cojines a juego y una gran alfombra blanca y negra con grandes vetas, imitando la forma de una margarita, que cubría esta estancia.

Una cama con bisel en color nácar de dos metros completaba la otra parte de la sala. Debía ser de al menos tres metros porque ahí podían retozar cómodamente por lo menos cuatro personas de mi tamaño.

El cuarto de baño tenía una gran bañera y una ducha aparte con columna de masaje.

Al lado del lavabo había una gran cantidad de productos de belleza para todo tipo de pieles y cremas hidratantes que harían las delicias de los apasionados al skin care.

Era una habitación de ensueño y solo para mí. Cogí el teléfono y llamé a los niños.

—Hola, chicos, ya he llegado. ¿Qué tal vosotros? Decidle a papá que os deje el móvil y hacemos videollamada.

Mientras enseñaba el baño a los niños llamaron a la puerta. Era Clara.

Enseguida les tuve que cortar, aunque les dije que llamaría más tarde para enseñarles bien la habitación.

—Zoe, ¿cuál te ha tocado? —Clara entró de sopetón con toda confianza—.

A mí la de Psicosis, ja, ja, ja… ¿por qué será?

—Hacía tiempo que no la oía reír como en ese momento.

Había sido buena idea el llevarla a Barcelona, aunque la pobre había tenido que remover Roma con Santiago para no dejar a su madre sola.

—La mía es superchula. Es como la peli de Pretty Woman. Un ni-dito de amor por todo lo alto. A ver si encuentro a mi príncipe azul entre las paredes de este hotel.

—Ya lo tienes, pero no lo quieres ver. —Clara me había tirado un dardo directo.

Hice como que no había escuchado nada y tiré de ella para enseñarle con todo detalle los lujos de la habitación.

—Aquí podríamos estar los tres perfectamente, pero el jefe se ha empeñado en que vivamos como auténticas princesas, aunque en una habitación como esta podemos hacer una fiesta y todo.

—Mi madre, cuando ha visto la habitación, me ha dicho que por qué no la había traído a ella, que era mucho cuarto para mí sola y que a ver qué iba a hacer yo esta noche. Ya me ha puesto enferma. —Clara ya estaba harta de la actitud posesiva y controladora de su madre.

—Pues esta noche ya sé lo que vamos a hacer. Cuando terminemos la reunión con Asier nos vamos de fiesta. ¿Qué te parece?

—Sácame de mi prisión, Zoe, necesito conocer gente y ser yo misma y lejos de mi madre lo voy a hacer.

—No hay duda de que este va a ser un viaje que nunca olvidaremos. —Me acerqué a ella y nos fundimos en un gran abrazo—. Las dos necesitábamos esto, Clara, tenemos que empezar a volar por nosotras mismas.