CAPÍTULO 33
Llamé a la puerta del despacho de Asier a las doce en punto. No tenía ganas de que me tachase de impuntual. Tampoco iba a ir como una guerrera ninja e inmolarme a la primera de cambio.
—Pasa Zoe, te estaba esperando.
Parecía mentira que hubiésemos vivido esos momentos tan especiales juntos y ahora nos tratásemos como perfectos desconocidos.
—La otra noche me dieron recuerdos unos amigos tuyos.
—La primera frase que pronunciase tenía que dejarle descolocado.
Eso lo aprendí cuando mis hijos eran pequeños y tenían rabietas.
Había que desviar su ira centrando la atención en algo que no esperaba.
Así toda la rabia contenida de Asier quedaría bloqueada por lo menos unos instantes en su mente.
—No sé a qué te refieres. —Frunció el ceño y me miró extrañado.
—Sí, nuestros clientes, bueno, rectifico, vuestros clientes porque yo aquí no pinto nada. Salí a tomar unas copas con una amiga y casualmente nos encontramos con ellos en un local. Siento decirte que son mucho más animados que tú.
—Me alegro —dijo con tono grave y rotundo.
La voz de mi conciencia me avisó que esta vez me había pasado y que no tenía que flagelarle cada vez que tenía una conversación con él. Las cosas habían pasado así y seguramente le había dolido mucho más que a mí el hecho de no estar incluida en el proyecto.
—No he venido para pelear contigo. Quiero proponerte para que lleves un nuevo proyecto. De momento no he hablado nada con Sofía. Tiene que pasar su visto bueno, pero creo que es bastante interesante.
—¿De qué se trata? —respondí con tono desinteresado.
—Es para Shinemadurity, una empresa de productos para incontinencia femenina quiere cambiar totalmente su imagen.
Siempre se ha asociado la incontinencia a personas mayores, pero hay muchas mujeres jóvenes que sufren estas pérdidas y quieren que su campaña vaya dirigida a ellas.
La edad principal a la que iría dirigida sería mujeres a partir de 40 años.
Mientras Asier me estaba dando el discurso sobre la incontinencia femenina mi cabeza estaba decidiendo si eso me lo tenía que tomar como una humillación o como un halago.
¿Me estaría llamando vieja? ¿Podría pensar que tenía incontinencia y que entonces me sentiría completamente identificada con esas mujeres?
O, por otro lado, ¿habría pensado en mí como creativa capaz de cambiar la mentalidad de un mercado destinado únicamente a mujeres mayores?
De una forma u otra podía volver a estar dentro de lo que a mí me gustaba hacer: sacar adelante proyectos imposibles.
—No sé. Primero tengo que ver el dosier que os han dado y las posibilidades de que esto salga a flote o no.
Lo que tenía claro es que, a partir de ahora, no me iba a someter a nada más. Si no me gustaba lo que me ofrecía con decir que no era suficiente. Iba a ser objetiva y fría y no me iba a dejar los cuernos en un proyecto para que luego viniese otro a quitármelo.
Asier se acercó a uno de sus cajones y sacó una carpeta que mostraba el logo de la empresa.
—Aquí lo tienes. Échale un vistazo y me cuentas.
—Vale. Ya te daré una respuesta. ¿Me puedo ir ya? —No quería dilatar más la conversación con él.
—La empresa quiere una respuesta el lunes. Tenemos una reunión en Barcelona. Si al final accedes tendría que sacar los billetes de avión, así que, por favor, te pido que seas lo más rápida posible en tu respuesta.
—No te preocupes, así lo haré. —Me levanté y cerré la puerta de un golpe.
Mientras me dirigía a mi sitio noté como unos ojos se clavaban en mí.
Sofía había estado vigilando toda la escena desde la distancia.
En cuanto me senté en mi sitio escuché como sus tacones se ponían en movimiento hacia el despacho de Asier.
Ni siquiera merecía la pena que volviese la vista hacia ella.
Clara, desde la distancia de su mesa, no dejaba de observarme como si la fuese a delatar. Tenía que ir a hablar con ella y aprovecharía cuando Sofía se metiese en el despacho de Asier.
En cuanto entró por la puerta fui directa a la mesa de Clara.
—Tengo que hablar contigo, Clara. Es urgente. ¿Tienes dos minutos?
Clara palideció de nuevo y me miró fijamente. Sus ojeras se habían multiplicado por tres de repente. Se levantó como una persona que asume su destino antes de morir y se acercó a mí.
—Vamos al office que te invito a un café. —No quería que la chica continuase su sufrimiento.
Al fin y al cabo, no me importaba en absoluto que se hubiese inmiscuido en el despacho de Asier, o de Sofia o de quién ella quisiera. De hecho, a mí me iba a venir de perlas haberla pillado in fraganti porque estaba segura de que sería incapaz de rechazar mis peticiones.
Las dos nos situamos frente a la máquina de café sin mediar palabra. No sabía por dónde empezar, pero iba a empezar mi estrategia tirando la bola hacia su tejado.
—Clara, como te he dicho antes, no he visto nada. Por mí puedes estar tranquila, aunque me pregunto por qué estabas en el despacho de Asier y qué pretendías. No hace falta que contestes. No quiero que me des ninguna explicación. Solo me sorprende que una persona tan íntegra como tú haya hecho eso.
No obtuve ninguna respuesta por su parte.
El silencio se había apoderado de ella y su mano izquierda empezó a temblar.
En ese momento volví a ver a esa Clara débil, indefensa y totalmente hundida.
Agarré sus dos manos y las junté con las mías.
Un sudor frío recorría sus dedos. La abracé y rompió a llorar.
—Te entiendo tanto… —Sabía perfectamente cómo se sentía en ese momento —.
Si en algún momento quieres hablar sabes que me tienes para lo que necesites.
No tengo mucho tiempo, solo quiero pedirte una cosa, Clara, y sé que no me vas a fallar.
Necesito que consigas el informe que elaboraron Sofía y Asier para los clientes que firmaron hace unos días mi proyecto.
Quiero cotejar las líneas de negocio que firmaron, con las que había elaborado yo en un principio. Es lo único que quiero de ti.
Después de unos minutos en los que no pudo contener las lágrimas, Clara fue tranquilizándose poco a poco. Le ofrecí una infusión, que agradeció enormemente, y yo me tomé mi café bien cargado y sin pronunciar ninguna palabra más las dos nos dirigimos a nuestros respectivos sitios.
Todo había quedado cerrado entre nosotras.
Sabía que ella había hecho algo que le había obligado a hacer Sofía, pero no podía ejercer una acusación tan grave alegremente, y ella, con la petición que yo le acababa de hacer podría imaginar que por mi cabeza se pasaba el destruir a mi jefa, o al menos demostrar que ese trabajo lo había hecho yo y no ella.
Unos minutos después Sofía salió del despacho de Asier con una gran sonrisa.
Parece que la vida la estaba premiando en todos los aspectos y ahora se mostraba como una mujer poderosa y segura de sí misma.
Sus inseguridades y su actitud de defensa permanente habían quedado diluidas desde que era la dueña y señora de los proyectos que más dinero iban a dar en ese momento a la empresa.
Regresé a mi sitio y abrí el correo:
Asunto: Viaje a Barcelona
Buenas tardes, Asier.
Acepto el proyecto. Puedes coger los billetes cuando quieras. Condición indispensable: que Clara venga con nosotros.
Un saludo.