Atrapados en la nube CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El taxi me dejó en la puerta de casa sobre las tres de la madrugada.

Mi cabeza daba vueltas sin parar. No dejaba de pensar en la doble oferta que me había hecho aquel hombre: por un lado presentar de nuevo mi proyecto sin la mirada inquisidora de Sofía ni la aprobación de mi jefe, y por otro acostarme con él.

También pensé en lo que dijo sobre Asier.

Él no había tenido nada que ver con el veto de mi idea, pero tampoco había hecho nada por parar las ansias de gloria de Sofía.

Para mí había terminado como hombre y como jefe.

Ya no le vería nunca con los mismos ojos y la decepción había sido tal que yo creo que nunca podría perdonarle.

Tenía que actuar con rapidez porque la campaña estaba en marcha, y en breve querían mostrarla en redes sociales.

Por la mañana escribiría a Sandy para ver si había disfrutado de la noche con su ligue y de paso si tenía alguna información más para poder encajar todas las piezas y diseñar el plan que íbamos a seguir.

Por lo pronto tenía que recuperar el trabajo que entregué a Asier y a Sofía. Busqué en el correo electrónico los mensajes enviados y descargué de nuevo el dosier que les había pasado.

Ahora necesitaba tener el informe con las modificaciones finales que habían entregado ellos.

Normalmente solían dejar una copia en papel en los cajones de su despacho, pero no creo que en este caso lo hubiesen hecho porque esto podía haber delatado a Sofía.

La única persona que tenía acceso al ordenador de ella era Clara.

Ni siquiera Asier podía meterse en las entrañas de esa computadora.

Sofía sabía muy bien a quién le dejaba las claves de todas sus cosas porque Clara nunca la iba a traicionar.

Ella era la persona más fiel que jamás había visto: discreta, servicial y leal.

Pero también es cierto que desde el día que descubrió que Asier y yo habíamos estado juntos ya no había sido la misma.

Clara y yo teníamos muy buena relación. Era mi confidente. Su madre apresaba sus inquietudes, sus sueños y sus ideas mientras que yo alentaba sus deseos de llegar a ser algo más que una secretaria que no podía dar a conocer todo su potencial.

En cierto modo las dos éramos muy parecidas y nos encantaba imaginar situaciones que podríamos vivir algún día, pero su madre se había encargado de cortar sus alas en todos los sentidos: trabajo, relaciones sentimentales e ilusiones ante una vida que posiblemente no podría tener nunca.

Durante días me había preguntado si el hecho de verme con Asier había provocado en ella unos sentimientos de miedo y frustración que la habían llevado a rechazarme por completo. Eso era algo que no podía dejar de pensar cada día.

Ahora necesitaba la ayuda de Clara, pero antes tenía que aclarar por qué huía de mí y no se atrevía ni a mirarme a la cara. Ella era la primera que llegaba a la oficina, así que iría un poco antes para encontrarnos frente a frente.

Estuve hasta las seis de la mañana releyendo el borrador de mi idea. No es porque lo hubiese hecho yo, pero era brillante. Ni yo misma podía creer que hubiese redactado esto, parecía que las musas se habían puesto de mi lado, pero el destino había vuelto a enterrar todo mi trabajo.

Desperté a los niños y les llevé una hora antes al colegio. Los pobres iban refunfuñando porque tendrían que quedarse en la jornada de madrugadores y ahí solían quedarse con los niños pequeños cuyos padres trabajaban y no tenían posibilidad de llevarlos a su hora.

Bajaron del coche y cuando vi que habían traspasado las puertas del colegio marqué el número de Sandy.

Saltó el contestador. Lo mismo había apagado el móvil para no ser interrumpida en su noche de pasión con el empresario o quizás se le había acabado la batería, lo cual se convertía para mí en una tragedia porque no me iba a enterar de nada nuevo, por lo menos hasta mediodía, a no ser que a ella se le ocurriese enviarme un audio por si había que trazar algún plan de emergencia.

Llegué muy pronto a la oficina. Posiblemente no habría nadie y yo no tenía las llaves de entrada así que me daría tiempo a tomar un capuchino en el Calypso. Desde allí podría ver cuando entraba Clara por la puerta.

—¡¡Buenos días!! Necesito un capuchino de esos que hacéis tan ricos, con mucho chocolate, por favor, y en una taza grande.

—Marrrrchando. —Me encantaba oír esa palabra a primera hora del día. Era como la llave que arranca el motor de un coche para aguantar todo un día de trabajo.

Me senté en una de las mesas al lado de la ventana por la que se veía la puerta de entrada a la oficina y empecé a disfrutar tranquilamente de uno de los mejores placeres del mundo. De repente alguien me tocó el hombro.

—Buenos días, Zoe. —Ni siquiera me di la vuelta. La voz de Asier estremeció todo mi cuerpo—. Qué madrugadora.

—Buenos días, Asier —continué con la mirada hacia el horizonte en busca de Clara.

—¿Puedo sentarme junto a ti? —No dio tiempo a que le dijese que no quería que volviese a acercase a mí cuando ya se había sentado a mi lado—. Ponme otro capuchino, por favor.

En ese momento vi que Clara aparecía por la esquina de la calle.

Llevaba dos maletines, uno en cada mano, que debían contener toda la documentación y contratos que se tenían que firmar durante la semana.

La chica iba cabizbaja y parecía cansada.

Seguramente habría tenido un fin de semana agotador con su madre.

—Perdona, pero tengo que irme—. Me levanté y sin mirarle cogí el bolso.

Asier me cogió fuertemente de la muñeca e hizo que me volviese a sentar en el sitio.

—Zoe, tengo una conversación pendiente contigo. Quiero que hoy a las doce estés en mi despacho. Y esto te lo digo como jefe. Me has evitado durante estos días y no estoy dispuesto a estar con esta tensión.

—Por supuesto que estaré allí. No te tengo miedo.

Cuando salí de la cafetería me temblaban las piernas. Nunca había visto a Asier tan fuera de sí. Había descubierto lo que le sacaba de quicio: el que una mujer se encarase con él.